Una investigación liderada por la Universidad de Granada analizó durante dos semanas cómo ciertos alimentos consumidos en la noche afectaban la calidad del descanso y modificaban el comportamiento alimentario al despertar
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz
La relación entre lo que una persona come en la cena y cómo duerme esa misma noche volvió a quedar bajo análisis en una investigación desarrollada por la Universidad de Granada (UGR), en España. El trabajo, publicado en la revista European Journal of Nutrition, observó cómo determinados alimentos y hábitos nocturnos podían empeorar el descanso y alterar posteriormente las decisiones alimenticias del desayuno del día siguiente.
El estudio fue realizado con hombres y mujeres adultos con obesidad en condiciones de vida cotidiana y no en laboratorio, una característica que, según los investigadores, permite observar comportamientos más cercanos a la realidad diaria. Durante 14 días consecutivos, los participantes utilizaron un monitor de sueño mientras los científicos registraban con detalle lo que comían, especialmente en la cena y el desayuno.
Los resultados mostraron asociaciones claras entre algunos tipos de alimentos consumidos por la noche y una peor calidad del sueño. Las cenas con mayor contenido energético y con abundancia de grasas, colesterol, alcohol, proteínas, carne roja y patatas fritas se relacionaron con un descanso nocturno más deficiente. En cambio, las cenas que incorporaban hidratos de carbono, pescado azul y aceite de oliva se vincularon con mejores indicadores de sueño.
Qué descubrieron los investigadores
Uno de los hallazgos más llamativos del trabajo fue que dormir peor no solo afectaba el descanso inmediato, sino también el comportamiento alimentario de la mañana siguiente. Los participantes que registraban peor calidad de sueño tendían a despertarse más tarde y a consumir desayunos con mayor cantidad de azúcares y menos fibra.
Los investigadores interpretaron estos resultados como parte de una relación bidireccional entre alimentación y sueño. Es decir, la forma de comer influye en el descanso, pero al mismo tiempo el descanso condiciona las decisiones alimenticias posteriores.
El estudio estuvo liderado por el investigador Juan José Martín Olmedo y por Lucas Jurado Fasoli, autor sénior del trabajo. Ambos señalaron que analizar estos hábitos en condiciones reales de vida aporta una visión potencialmente más generalizable sobre cómo interactúan sueño y alimentación en adultos con obesidad.
La investigación fue desarrollada en el Instituto Mixto Universitario Deporte y Salud (iMUDS) de la Universidad de Granada y contó con la colaboración del CIBER de Obesidad (CIBEROBN), el ibs.Granada y los hospitales Clínico San Cecilio y Virgen de las Nieves de Granada.
Qué alimentos se asociaron con mejor descanso
El trabajo identificó varios componentes alimentarios vinculados con una mejor calidad de sueño. Entre ellos aparecieron los hidratos de carbono, el pescado azul y el aceite de oliva, elementos característicos de patrones alimentarios mediterráneos.
Paralelamente, otras investigaciones recientes también mencionadas en el contexto del estudio han explorado el papel de alimentos ricos en melatonina y triptófano, sustancias relacionadas con la regulación del sueño. Algunas observaciones previas encontraron asociaciones positivas con el consumo de kiwi, jugo de cereza ácida, tomates, nueces, avena, pistachos y semillas.
La profesora Marie-Pierre St-Onge, especialista en medicina nutricional de la Universidad de Columbia, explicó en trabajos recientes que varios de estos alimentos contienen melatonina natural o nutrientes necesarios para que el cuerpo produzca esta hormona vinculada al ciclo sueño-vigilia.
Otros especialistas remarcaron que no se trata únicamente de consumir un alimento específico antes de dormir, sino de mantener un patrón alimentario equilibrado y horarios estables. La dieta mediterránea, rica en vegetales, grasas saludables y alimentos poco procesados, fue asociada en distintos análisis con menos síntomas de insomnio y menos despertares nocturnos.
El papel de la cena y los horarios nocturnos
Además del tipo de alimentos, la investigación también reforzó la importancia de los horarios de comida. Algunos estudios recientes mostraron que terminar de comer al menos dos o tres horas antes de acostarse favorece una mejor sincronización de los ritmos circadianos, el sistema biológico que regula funciones como el sueño, la presión arterial y el metabolismo.
Investigaciones desarrolladas por la Northwestern University, en Estados Unidos, observaron que extender el ayuno nocturno entre 13 y 16 horas podía mejorar parámetros cardiovasculares y metabólicos en adultos de mediana edad y mayores. Entre los efectos detectados aparecieron reducciones en la presión arterial nocturna y en la frecuencia cardíaca durante el sueño.
Los especialistas consideran que cenar tarde, especialmente comidas abundantes o con exceso de grasas y ultraprocesados, puede interferir con los mecanismos biológicos que el organismo necesita para entrar en una fase adecuada de descanso y recuperación.
Qué implica esta relación entre alimentación y sueño
Los investigadores españoles consideran que estos resultados pueden servir para futuras estrategias de abordaje de la obesidad, incorporando no solo el análisis de la dieta, sino también la calidad y los horarios del sueño.
El trabajo también refuerza la idea de que las decisiones nocturnas no terminan al apagar la luz. Lo que una persona consume en la cena puede influir directamente en cómo duerme y, posteriormente, en qué y cuánto comerá al despertar al día siguiente.
Referencias
Infobae — “Qué alimentos conviene comer en la cena para dormir mejor, según un nuevo estudio”
European Journal of Nutrition
Universidad de Granada (UGR)
Instituto Mixto Universitario Deporte y Salud (iMUDS)
CIBEROBN
Hospital Clínico San Cecilio de Granada
Hospital Virgen de las Nieves de Granada
