El aumento de casos tras la pandemia preocupa a especialistas en Estados Unidos, con más de 10.600 diagnósticos confirmados en 2024 y foco en detección temprana, vigilancia y tratamiento oportuno
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Karem Díaz S.
La tuberculosis volvió a ocupar un lugar sensible en la agenda sanitaria de Estados Unidos después de varios años marcados por interrupciones en los controles médicos, retrasos diagnósticos y debilitamiento de los equipos de salud pública. La enfermedad, conocida históricamente como la “plaga blanca”, registra desde la pandemia un aumento sostenido que preocupa a profesionales e instituciones sanitarias por su capacidad de reactivarse en personas con infección latente y por el riesgo de generar brotes si no se detecta y trata a tiempo.
El dato central que explica la alarma es concreto: los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, CDC, confirmaron en 2024 más de 10.600 casos de tuberculosis, equivalentes a tres personas por cada 100.000 habitantes. Ese registro representa el nivel anual más alto desde 2013 y marca el tercer incremento consecutivo después del inicio de la pandemia. Aunque la tasa estadounidense sigue siendo muy inferior al promedio mundial estimado por la Organización Mundial de la Salud, de 131 casos por cada 100.000 habitantes, la tendencia ascendente rompió con la trayectoria de descenso que se había observado al comienzo de la emergencia por COVID-19.
La explicación que ofrecen los especialistas apunta a un efecto acumulado. Renuga Vivekanandan, profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Creighton y directora médica de CHI Health Physician Enterprise en el Midwest, vinculó el repunte con infecciones latentes que no fueron detectadas ni tratadas entre 2020 y 2022. La interrupción de servicios sanitarios durante la pandemia suspendió rutinas de seguimiento, redujo oportunidades de diagnóstico y dejó a muchas personas fuera del circuito de prevención. Esa cadena tiene una consecuencia directa: infección latente no identificada, falta de tratamiento preventivo y posterior activación de la enfermedad.
El regreso de los viajes internacionales y el aumento de la inmigración procedente de países con alta carga de tuberculosis también aparecen dentro del contexto descrito por Vivekanandan. A esto se suma un problema operativo: muchas regiones aún no cuentan con suficiente personal local y estatal de salud pública para recuperar plenamente la vigilancia epidemiológica y el acompañamiento terapéutico. En una enfermedad transmisible por vía aérea, esa pérdida de capacidad institucional puede dificultar la contención temprana.
La tuberculosis es una infección bacteriana curable que afecta sobre todo a los pulmones, aunque puede comprometer otros órganos. La Universidad Johns Hopkins describe su transmisión por el aire, mediante partículas expulsadas por personas infectadas al toser, hablar o estornudar. No todas las personas con la bacteria contagian: solo quienes desarrollan la forma activa pulmonar o de garganta pueden transmitirla. La fase latente, en cambio, no es contagiosa, pero puede evolucionar hacia enfermedad activa en entre 5 % y 10 % de los infectados.
Ese punto es clave para entender el desafío sanitario. Se estima que hasta una cuarta parte de la población estadounidense pudo haber estado expuesta al bacilo, aunque solo una fracción desarrolla la enfermedad activa. Por eso, la detección no se limita a identificar síntomas avanzados, sino también a reconocer quiénes necesitan controles por riesgo elevado. El diagnóstico suele comenzar con una prueba cutánea o sanguínea y, cuando hay sospecha de enfermedad activa, continúa con estudios de imagen o análisis de esputo, de acuerdo con los CDC.
El tratamiento estándar exige constancia. La terapia habitual requiere antibióticos diarios durante cuatro a seis meses, con medicamentos como isoniazida, rifampicina, pirazinamida y etambutol. La falta de adherencia no solo reduce la eficacia del tratamiento, sino que puede favorecer la aparición de cepas resistentes, más difíciles de tratar y asociadas a terapias más largas, costosas y complejas.
La doctora Masae Kawamura, exdirectora de control de tuberculosis en San Francisco y actual miembro de Vital Strategies, remarcó otro elemento clínico relevante: aunque la tuberculosis puede afectar cualquier órgano, produce daño pulmonar en más del 80 % de los casos. Esa predominancia pulmonar la convierte en una amenaza particular para la salud pública, porque facilita su transmisión en espacios donde una persona con enfermedad activa convive, trabaja o permanece en contacto cercano con otras.
Los síntomas que deben activar la consulta médica incluyen tos persistente, dolor torácico, cansancio, debilidad, fiebre, sudores nocturnos y pérdida de peso. En cuadros más graves puede aparecer expectoración con sangre. Kawamura advirtió que algunas personas presentan molestias leves o interpretan la tos ocasional como alergia o resfriado, lo que retrasa la búsqueda de atención y permite que la enfermedad avance.
Los grupos de mayor riesgo incluyen a personas nacidas en países con alta incidencia o que viajan con frecuencia a esas zonas, quienes viven en condiciones de hacinamiento, individuos inmunosuprimidos, pacientes con diabetes, personas con desnutrición o consumo excesivo de tabaco y alcohol, además de bebés y niños. La prevención, por tanto, no se plantea como una campaña indiscriminada para toda la población, sino como una estrategia dirigida.
La Fuerza de Tareas de Servicios Preventivos de Estados Unidos recomienda limitar el tamizaje a personas con alto riesgo, en lugar de aplicarlo de forma generalizada. Esa orientación busca concentrar recursos donde existe mayor probabilidad de infección latente o exposición. El criterio práctico es claro: encontrar los casos antes de que evolucionen hacia formas activas y contagiosas.
La urgencia se refuerza por un dato clínico contundente: la tuberculosis no tratada puede tener una mortalidad cercana al 50 %. Por eso, el repunte estadounidense no debe leerse solo como una variación estadística, sino como una señal de presión sobre la vigilancia, el diagnóstico oportuno, la continuidad terapéutica y la capacidad de respuesta de los sistemas locales de salud.
Estados Unidos mantiene una incidencia mucho menor que la media mundial, pero el aumento sostenido desde la pandemia revela una vulnerabilidad concreta. Cuando los programas de control se interrumpen, las infecciones latentes quedan sin seguimiento y los equipos de salud pública pierden capacidad operativa, una enfermedad curable puede volver a ganar terreno. La respuesta sanitaria dependerá de reconstruir esa cadena: detectar mejor, tratar a tiempo, acompañar la adherencia y proteger a las poblaciones más expuestas.
Referencias
Infobae. Francesco Enrico. “La tuberculosis reaparece con fuerza en Estados Unidos y despierta alarma entre profesionales de la salud”. Publicado el 29 de marzo de 2026.
