

Elena Mainer Pardos, Universidad San Jorge and Rafael Albalad Aiguabella, Universidad San Jorge
Durante la adolescencia, el cuerpo cambia a gran velocidad. Los huesos crecen, los músculos se desarrollan y el equilibrio se altera. A simple vista, parece una etapa llena de energía, pero en realidad es un periodo delicado para el control del movimiento.
Muchos adolescentes pierden capacidad de coordinación. Tropiezan con facilidad o pierden precisión en tareas que antes dominaban. No es torpeza, es biología. El cuerpo cambia más rápido de lo que el cerebro puede adaptarse.
Entrenar el cerebro
Y aquí es donde entra en juego el entrenamiento neuromuscular. Este tipo de ejercicio ayuda a coordinar los músculos de forma eficiente, rápida y segura, ya que afina la precisión con la que el cerebro les indica cuándo y cuánto activarse.
En pocas palabras, se podría decir que mejora la forma en que el cerebro interpreta la información del entorno y responde ante ella. Por ejemplo, cuando una persona pierde el equilibrio, el sistema nervioso detecta el cambio y activa los músculos correctos en milésimas de segundo. Un cerebro adiestrado aprende a reaccionar antes y evita movimientos peligrosos o desajustados.
La ciencia ha demostrado que, realizados con buena técnica y bajo supervisión, los ejercicios neuromusculares mejoran el cambio de dirección, el equilibrio, la velocidad de reacción y la coordinación entre músculos. También aumentan la estabilidad de las articulaciones y la eficiencia del movimiento, factores clave para prevenir lesiones y optimizar el rendimiento físico.
¿En qué consiste?
Un programa neuromuscular combina ejercicios de fuerza, equilibrio, coordinacion y agilidad. A diferencia de otros métodos, su meta no reside en levantar más peso ni hacer más repeticiones, sino en moverse mejor.
Para que lo visualice el lector, a continuación explicamos un ejemplo sencillo que no requiere material. Con una duración total de 10 a 12 minutos, se trata de dedicar 40 segundos de trabajo y 20 segundos de descanso a cada uno de los cinco ejercicios, con una frecuencia de 2 o 3 veces por semana:
Movilidad dinámica:
- Flexiones de cadera con equilibrio (elevación de rodilla y estiramiento suave).
- Rotaciones de columna y movilidad de hombros.
El objetivo es activar el cuerpo y mejorar la alineación antes de moverse.
Estabilidad y equilibrio:
- Sostenimiento sobre una pierna tocando puntos en el suelo delante, detrás y a los lados.
- Variante: cerrar ligeramente la base o girar la cabeza.
Objetivo: mejorar el control postural, que suele deteriorarse durante el estirón de la pubertad.
Fuerza del tronco y la cadera.
- Plancha con elevación alterna de piernas o brazos.
- Mantenimiento de la pelvis estable mientras se mueve una extremidad.
Objetivo: reforzar la musculatura que estabiliza la columna y las piernas.
Alineación de rodilla y aterrizaje seguro.
- Saltos verticales suaves centrados en “caer blando”: rodillas hacia delante, cadera atrás y pies separados a la anchura de hombros. El foco debe estar en cómo se aterriza, no en saltar a gran altura.
Objetivo: mejorar la técnica de aterrizaje y reducir riesgo de lesiones.
Agilidad y cambios de dirección.
- Desplazamientos en zigzag entre conos (o dos objetos si se hace en casa).
- Frenadas controladas antes de cambiar de dirección.
Objetivo: que el cerebro aprenda a frenar, estabilizar y reorientar el movimiento sin perder control.
Vulnerabilidad motriz
¿Y por qué es especialmente importante hacer este tipo de ejercicios en la adolescencia? Durante la pubertad, el cuerpo crece a ritmos irregulares. Primero lo hacen los huesos, luego los músculos y después las conexiones nerviosas. Esa desincronización puede afectar al equilibrio, la coordinación y el control postural. Por eso, muchos adolescentes atraviesan lo que se llama un “periodo de vulnerabilidad motriz”.
El entrenamiento neuromuscular puede ayudar a reeducar el control corporal. Además de enseñar al cerebro a adaptarse a un cuerpo que cambia cada pocos meses, también estimula la maduración del sistema nervioso y mejora la respuesta ante los estímulos externos. Es una clave no solo para el deporte, sino para la vida diaria: caminar, subir escaleras o reaccionar ante una caída.
Porque el valor del entrenamiento neuromuscular va más allá del deporte. En adolescentes, puede influir en su salud física y mental: mejora la postura, la conciencia corporal y la confianza en el movimiento, reduce el riesgo de lesiones en rodillas, tobillos o espalda y favorece la concentración y la atención.
En un mundo cada vez más sedentario y digital, enseñar a los jóvenes a moverse con control y equilibrio es casi una forma de alfabetización corporal. Por eso, incluir este tipo de trabajo en colegios, programas juveniles o rutinas de actividad física no debería ser un lujo para deportistas, sino una parte esencial del desarrollo saludable en la adolescencia.
Elena Mainer Pardos, Profesora e Investigadora Universidad San Jorge. Ciencias de la Actividad Física y del Deporte., Universidad San Jorge and Rafael Albalad Aiguabella, Personal Docente e Investigador – Ciencias de la Salud y del Deporte, Universidad San Jorge
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
Nota editorial:
Este artículo ha sido elaborado con fines divulgativos a partir de información pública y fuentes especializadas, adaptado al enfoque editorial del medio para facilitar su comprensión y contextualización.
