
Marta Taida García Ascaso, Fundación para la Investigación Biomédica del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús (FIBHNJS)
Los antibióticos están entre los medicamentos más utilizados en niños, tanto en el hospital como en los hogares. Junto con las vacunas, la mejora de la nutrición y las medidas de higiene y prevención, han contribuido decisivamente a reducir la mortalidad infantil en las últimas décadas. Pero que sean muy útiles no significa que sean inocuos.
Desde el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming en 1928, los antibióticos han transformado la medicina. También desde muy pronto quedó claro que las bacterias podían desarrollar resistencia a ellos. Hoy, el abuso y el mal uso de estos fármacos –en medicina humana y veterinaria, así como por la automedicación o la presión asistencial– han favorecido la expansión de bacterias resistentes, hasta convertir infecciones que antes eran fáciles de tratar en problemas cada vez más complicados de resolver.
Impacto en la microbiota
Sin embargo, el problema no se limita a las resistencias. En los últimos años, el avance en el conocimiento de la microbiota humana ha abierto otra línea de preocupación.
La microbiota es el conjunto de microorganismos que habitan nuestro cuerpo, especialmente el intestino, y participa en funciones clave como la digestión, la regulación inmunológica y la señalización neuroendocrina (comunicación entre hormonas y neuronas para controlar las funciones del cuerpo). Cuando administramos antibióticos, no solo eliminamos bacterias patógenas: también alteramos esas comunidades microbianas beneficiosas y el equilibrio natural.
Dicho desequilibrio preocupa especialmente en la infancia, ya que es una etapa crítica para la colonización bacteriana normal. Cuanto más pequeño es el niño, mayor puede ser el impacto de los antibióticos sobre la microbiota. Por eso, en neonatología y pediatría, la prescripción de estos tratamientos debe valorarse con especial cuidado: no se trata de negar un antibiótico necesario, sino de usarlo solo cuando esté indicado, con el fármaco más adecuado y durante el menor tiempo que sea eficaz.
Efectos más allá de la infección
La evidencia reciente sugiere, de hecho, que los efectos de los antibióticos pueden ir más allá del episodio infeccioso agudo. Un estudio publicado en Nature Communications observó que la exposición neonatal a estos medicamentos se asociaba con alteraciones persistentes de la microbiota intestinal y con un crecimiento más desfavorable en peso y talla durante los seis primeros años de vida en algunos grupos de niños. Es un hallazgo especialmente relevante porque apunta a que intervenir sobre la comunidad microbiana intestinal en etapas muy tempranas podría tener consecuencias prolongadas.
Otros trabajos han relacionado la exposición precoz con un mayor riesgo posterior de sobrepeso u obesidad. Por ejemplo, uno de ellos descubrió una asociación entre antibióticos en el primer año de vida, cambios en la microbiota y más riesgo de exceso de peso. No todos los estudios encuentran la misma magnitud del efecto, pero la hipótesis de que el uso temprano de antibióticos pueda influir en el metabolismo infantil está cada vez más presente en la investigación.
También han aparecido asociaciones con enfermedades inmunológicas e inflamatorias. Una revisión sistemática concluyó que el uso de antibióticos en los dos primeros años de vida se relacionaba con un mayor riesgo de trastornos gastrointestinales crónicos, sobre todo enfermedad inflamatoria intestinal y enfermedad celíaca.
En paralelo, otro trabajo poblacional halló una vinculación entre exposición antibiótica temprana y algunas trayectorias de asma infantil persistente. Eso sí, conviene interpretar tales resultados con prudencia: en ese tipo de estudios no siempre es fácil distinguir cuánto corresponde al antibiótico y cuánto a la propia infección que motivó su uso.
Uno de los efectos adversos mejor conocidos es la diarrea asociada a antibióticos. En su forma más grave puede aparecer la infección por Clostridioides difficile, una bacteria capaz de causar colitis severa e incluso complicaciones muy importantes en pacientes vulnerables. Hoy continúa siendo una de las principales complicaciones infecciosas asociadas al uso previo de estos medicamentos en niños.
Además, pueden producir los efectos nocivos “clásicos” de cualquier fármaco: diarrea, exantemas, anemia, alteraciones hepáticas o renales y, en algunos casos, reacciones alérgicas graves. Una investigación en niños hospitalizados encontró que más de uno de cada cinco tratamientos antibióticos se asociaba a algún de esos acontecimientos adversos.
¿Y qué ocurre con el neurodesarrollo? Es un terreno de gran interés, pero también uno de los más delicados. Están apareciendo estudios que relacionan la exposición muy precoz a antibióticos con síntomas emocionales o conductuales posteriores. Sin embargo, la evidencia sigue siendo heterogénea y todavía no permite extraer conclusiones firmes sobre trastornos concretos.
El mensaje final, por tanto, debe ser de responsabilidad y equilibrio. Los antibióticos siguen salvando vidas y ningún niño con una infección bacteriana importante debe quedarse sin tratamiento por miedo a sus efectos adversos. Pero precisamente porque son fármacos valiosos, deben utilizarse bien: solo cuando están indicados, con la molécula adecuada, la dosis correcta y la duración mínima eficaz.
Prescribir menos antibióticos cuando no hacen falta no es tratar peor, sino todo lo contrario.
Marta Taida García Ascaso, Responsable de la Sección de Enfermedades Infecciosas Pediátricas Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, Fundación para la Investigación Biomédica del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús (FIBHNJS)
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
