A nivel global, expertos advierten sobre el aumento de cortes y rasguños como forma de gestionar emociones difíciles en jóvenes
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Javier Morales O.
El incremento de las autolesiones en adolescentes ha encendido alertas en el ámbito de la salud mental. Cortes, rasguños u otras formas de daño físico intencional están siendo identificados con mayor frecuencia, no como intentos de suicidio, sino como manifestaciones de un malestar emocional profundo que muchos jóvenes no logran expresar de otra manera.
Este fenómeno refleja una realidad compleja en la que el cuerpo se convierte en un canal para liberar tensiones internas. Aunque el objetivo no es acabar con la vida, los especialistas coinciden en que estas conductas deben interpretarse como una señal clara de sufrimiento psicológico que requiere atención y acompañamiento.
Cuando el dolor emocional se transforma en daño físico
En muchos casos, los adolescentes que se autolesionan lo hacen como una forma de regular emociones intensas que no saben cómo gestionar. La ansiedad, la tristeza o la frustración pueden acumularse hasta alcanzar niveles difíciles de tolerar, y el daño físico aparece como una vía para aliviar momentáneamente esa carga emocional.
Este tipo de comportamiento no responde a un deseo de morir, sino a la necesidad de encontrar una salida a un malestar interno que resulta abrumador. La acción de lastimarse puede generar una sensación temporal de control o alivio, lo que refuerza su repetición en determinados contextos.
Sin embargo, este alivio es pasajero y no resuelve las causas subyacentes, lo que perpetúa el ciclo de sufrimiento y autolesión.
Una práctica que muchas veces permanece oculta
Uno de los aspectos más preocupantes de las autolesiones en adolescentes es su carácter silencioso. En numerosos casos, los jóvenes ocultan estas conductas por vergüenza, miedo o dificultad para expresar lo que sienten.
Esta invisibilidad dificulta la detección temprana y retrasa la intervención. Los signos pueden pasar desapercibidos o ser interpretados de manera errónea, lo que contribuye a que el problema se prolongue en el tiempo.
La falta de comunicación abierta sobre el tema también influye en que muchos adolescentes no busquen ayuda, reforzando la sensación de aislamiento.
Factores emocionales detrás del comportamiento
Las autolesiones no surgen de manera aislada, sino que están vinculadas a una combinación de factores emocionales. La dificultad para identificar y expresar sentimientos, junto con la falta de herramientas para manejarlos, crea un terreno propicio para este tipo de conductas.
El entorno emocional en el que se desarrollan los adolescentes también juega un papel relevante. Las experiencias personales, las relaciones interpersonales y las presiones cotidianas pueden influir en la forma en que los jóvenes procesan sus emociones.
Cuando estas variables se combinan con una baja capacidad de regulación emocional, el riesgo de recurrir a la autolesión aumenta.
La importancia de reconocer las señales
Detectar a tiempo las autolesiones es fundamental para intervenir de manera adecuada. Más allá de las marcas físicas, existen señales emocionales y conductuales que pueden indicar la presencia de este problema.
Cambios en el estado de ánimo, aislamiento social o dificultades para gestionar emociones intensas pueden ser indicadores de alerta. Reconocer estas señales permite abrir espacios de diálogo y ofrecer apoyo antes de que la situación se agrave.
La clave está en comprender que estas conductas no deben ser minimizadas ni interpretadas como simples actos de rebeldía, sino como manifestaciones de un malestar que requiere atención especializada.
Un enfoque centrado en el acompañamiento
El abordaje de las autolesiones en adolescentes debe centrarse en el acompañamiento emocional. Escuchar sin juzgar, generar confianza y facilitar el acceso a ayuda profesional son pasos esenciales para romper el ciclo de daño.
Los especialistas coinciden en que el apoyo adecuado puede marcar una diferencia significativa en la recuperación. El objetivo no es solo detener la conducta, sino ayudar al adolescente a desarrollar herramientas que le permitan gestionar sus emociones de forma más saludable.
Este proceso implica trabajar en la identificación de sentimientos, la regulación emocional y la construcción de estrategias que sustituyan la autolesión como mecanismo de afrontamiento.
Un problema que exige mayor visibilidad
El aumento de las autolesiones en adolescentes pone de relieve la necesidad de visibilizar el problema y abordarlo desde una perspectiva integral. Se trata de un fenómeno que no puede entenderse únicamente desde el ámbito individual, sino también desde el contexto social y emocional en el que se desarrolla.
Dar visibilidad a estas conductas permite romper el silencio que las rodea y fomentar una mayor comprensión. Al mismo tiempo, contribuye a generar entornos más preparados para detectar y acompañar a quienes atraviesan este tipo de situaciones.
Reconocer la autolesión como una señal de sufrimiento, y no como un acto aislado, es un paso fundamental para avanzar hacia una respuesta más efectiva y humana frente a este desafío.
