Estado de la Salud Global

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Salud mental · 15/09/2026Atención tempranaEl acceso oportuno, el acompañamiento comunitario y la prevención del suicidio siguen entre las prioridades sanitarias.
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Nutrición · 15/09/2026Dieta diversaFrutas, verduras, legumbres y alimentos mínimamente procesados respaldan una alimentación equilibrada.
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Crónicas · 15/09/2026Cuidado más seguroLa seguridad de pacientes con enfermedades no transmisibles centra la jornada mundial del 17 de septiembre.
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Alertas · 15/09/2026Respuesta activaBrotes infecciosos, inundaciones y crisis humanitarias mantienen movilizados a los sistemas de vigilancia.
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Investigación · 15/09/2026IA aplicada a saludLa iniciativa mundial sobre inteligencia artificial sanitaria se reúne del 16 al 18 de septiembre.

Dormir menos no es una consecuencia inevitable de envejecer


El sueño puede volverse más ligero y fragmentado con la edad, pero los adultos mayores continúan necesitando un descanso suficiente y sus hábitos diurnos influyen decisivamente en la noche


Redactor: Luis Ortega
Editor: Karem Díaz S.


El envejecimiento modifica la estructura del sueño, pero no elimina la necesidad de dormir bien. Aunque las personas mayores pueden despertarse con más frecuencia, acostarse antes o experimentar menos fases de sueño profundo, estas variaciones no significan que deban conformarse con noches breves, fragmentadas o poco reparadoras.

La evidencia revisada por especialistas distingue entre los cambios normales asociados con la edad y los trastornos que requieren atención. El National Institute on Aging de Estados Unidos mantiene una recomendación general de entre siete y nueve horas de sueño para los adultos mayores, mientras que una revisión científica publicada en 2026 señala que la reducción del sueño profundo y REM no debe confundirse automáticamente con una enfermedad.

Esta diferencia resulta importante porque atribuir cualquier dificultad para dormir a la edad puede retrasar la identificación de insomnio, apnea del sueño, dolor, ansiedad, síndrome de piernas inquietas o efectos adversos de medicamentos. Como explica un artículo relacionado sobre la influencia de la luz matutina en el descanso durante la vejez, las señales ambientales y las rutinas cotidianas ayudan a regular el ciclo entre vigilia y sueño.

El sueño cambia, pero la necesidad de descanso permanece

Con el paso de los años, el reloj circadiano suele adelantarse. Esto puede provocar que una persona tenga sueño temprano por la noche y despierte antes del amanecer. También aumenta la posibilidad de interrupciones debido a la necesidad de ir al baño, molestias físicas, enfermedades crónicas o una mayor sensibilidad al ruido y a la luz.

Dormir de una forma diferente, sin embargo, no equivale a necesitar menos horas. Una noche de cuatro horas acompañada de cansancio, irritabilidad, dificultades de concentración o angustia no debería considerarse normal únicamente porque la persona tiene 65, 75 o 85 años. Las interrupciones persistentes merecen una evaluación de sus posibles causas.

Entre esas causas se encuentra la apnea, que no siempre presenta las manifestaciones más reconocibles. La información sobre las señales de apnea del sueño incluso sin ronquidos muestra la importancia de observar otros síntomas y recurrir a una valoración profesional cuando el descanso no resulta reparador.

La actividad durante el día prepara el descanso nocturno

La calidad de la noche empieza a construirse desde la mañana. Permanecer despierto y activo permite acumular la denominada presión homeostática del sueño, es decir, la necesidad fisiológica de descansar que aumenta a lo largo del día. La exposición a la luz matutina también contribuye a sincronizar el reloj biológico.

La actividad física puede reforzar estas señales. Un metaanálisis publicado en 2023, que reunió 13 estudios y 2.612 participantes, encontró mejoras significativas en la calidad y la eficiencia del sueño de los adultos mayores que realizaban ejercicio. Esta relación coincide con investigaciones sobre el efecto de distintas modalidades de ejercicio en el sueño.

En sentido contrario, pasar gran parte del día en la cama, reducir drásticamente el movimiento, mantener horarios irregulares o dormir siestas prolongadas puede debilitar la separación entre el día y la noche. No se trata de imponer actividad excesiva, sino de adaptar el movimiento a la capacidad y al estado de salud de cada persona.

Intervenciones realizadas en residencias para mayores han combinado más luz diurna, actividad física, horarios claros, menos permanencia en cama durante el día y una reducción de las interrupciones nocturnas. Varios de esos ensayos registraron mejoras en el patrón de sueño y vigilia sin depender exclusivamente de medicamentos.

Ansiedad, insomnio y medicación requieren una evaluación diferenciada

La ansiedad y la depresión pueden pasar inadvertidas durante la vejez porque no siempre se manifiestan mediante una preocupación expresada abiertamente. En ocasiones aparecen como cansancio, inquietud, dolores, palpitaciones, molestias digestivas o dificultades persistentes para dormir.

Además, la relación entre ansiedad e insomnio puede funcionar en ambas direcciones: la preocupación dificulta conciliar el sueño y una noche deficiente aumenta la vulnerabilidad emocional al día siguiente. El temor anticipado a no dormir también puede mantener a la persona despierta, especialmente cuando la cama comienza a asociarse con frustración, vigilancia del reloj y cálculos sobre las horas restantes.

Para el insomnio persistente, la terapia cognitivo-conductual específica para este trastorno es considerada una intervención de primera línea. Este abordaje trabaja con los horarios, las asociaciones entre cama y vigilia, el tiempo excesivo dedicado a intentar dormir y las creencias que alimentan la ansiedad nocturna. Una explicación complementaria sobre las causas de las interrupciones nocturnas y la recuperación del descanso permite comprender por qué no existe una única solución para todos los pacientes.

Los medicamentos pueden ser apropiados en situaciones determinadas y bajo supervisión profesional, pero su uso prolongado exige precaución. En los adultos mayores, las benzodiacepinas pueden asociarse con sedación diurna, deterioro cognitivo, tolerancia, dependencia y un mayor riesgo de caídas y fracturas.

El elevado consumo de sedantes plantea un desafío sanitario

Un estudio realizado sobre 3.864.949 afiliados argentinos de PAMI de 65 años o más encontró que, durante 2018, el 30,3% había recibido al menos una benzodiacepina o un fármaco Z. La proporción alcanzó el 35,6% entre las mujeres y el 22% entre los hombres. Estas medicinas no se prescriben solamente para el insomnio, ya que también se emplean frente a la ansiedad y otras condiciones.

Otra investigación con más de 430.000 afiliados de una obra social nacional observó que, cuando se podía determinar el diagnóstico que originó la indicación, el 88,4% correspondía a ansiedad y el 11,6% a insomnio. Los datos reflejan hasta qué punto el sueño, la salud mental y la medicación se encuentran conectados en la atención de las personas mayores.

La recomendación central no consiste en suspender tratamientos por cuenta propia ni en reducir el problema a una lista rígida de hábitos. Los despertares frecuentes pueden responder a múltiples factores y deben evaluarse según la historia clínica, los síntomas, las rutinas y los medicamentos de cada persona. Reconocer que dormir mal no es una consecuencia obligatoria de la edad permite buscar las causas y ofrecer una atención más adecuada.

Fuente referencial:
Infobae