Estado de la Salud Global

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NutriciónMalnutrición sigue bajo atenciónDesnutrición, retraso del crecimiento y exceso de peso mantienen una doble carga nutricional especialmente relevante en la infancia.
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InvestigaciónNuevas herramientas preventivasVacunas, inteligencia artificial y digitalización sanitaria siguen ampliando las líneas de investigación y evaluación clínica.

Bajar de peso exige más que reducir las calorías


La OMS define la obesidad como una enfermedad crónica y recidivante en la que intervienen factores biológicos, genéticos, conductuales y ambientales, por lo que su abordaje requiere estrategias sostenidas e individualizadas


Redactor: Santiago Duarte
Editor: Eduardo Schmitz


La pérdida de peso requiere que el organismo utilice más energía de la que recibe durante un período determinado, pero reducir la alimentación a la consigna de “comer menos” no explica por sí sola cómo se regula el peso corporal. El apetito, el gasto energético, la genética, las hormonas, la actividad física, el sueño, determinadas enfermedades y medicamentos, y las condiciones del entorno pueden modificar tanto la pérdida de peso como la capacidad para mantenerla.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica actualmente la obesidad como una enfermedad crónica y recidivante que surge de interacciones complejas entre genética, neurobiología, comportamientos alimentarios, acceso a una dieta saludable, fuerzas del mercado y el entorno. Este enfoque desplaza la interpretación del problema como una simple cuestión de voluntad individual y plantea la necesidad de combinar prevención, evaluación clínica, hábitos sostenibles y, cuando está indicado, tratamiento médico.

La dimensión del problema es global. En 2022, alrededor de 2.500 millones de adultos tenían sobrepeso y más de 890 millones vivían con obesidad. Esto representaba el 43 % y el 16 % de los adultos, respectivamente. La prevalencia mundial de obesidad en adultos se había más que duplicado desde 1990.

El peso corporal responde a múltiples mecanismos

Para perder peso debe existir un balance energético negativo, pero el organismo no funciona como una calculadora con valores invariables. Al disminuir la masa corporal también pueden modificarse las necesidades energéticas, mientras que distintas respuestas fisiológicas pueden favorecer un aumento del apetito y una reducción del gasto energético.

Estas adaptaciones ayudan a explicar por qué algunas personas recuperan parte del peso perdido y por qué repetir dietas restrictivas no garantiza resultados permanentes. La evidencia revisada anteriormente sobre el efecto yoyó y las adaptaciones del metabolismo muestra precisamente la importancia de distinguir entre las fluctuaciones del peso y la idea de un metabolismo supuestamente dañado de manera irreversible.

Las diferencias individuales también importan. Dos personas que reciben recomendaciones alimentarias similares pueden experimentar respuestas distintas debido a su composición corporal, gasto energético, genética, medicamentos, estado metabólico, sueño, actividad física y otras circunstancias clínicas o ambientales.

La obesidad no puede evaluarse únicamente con una balanza

La OMS utiliza el índice de masa corporal (IMC) como una medida inicial para clasificar el sobrepeso y la obesidad en adultos: un IMC igual o superior a 25 corresponde al sobrepeso y uno igual o superior a 30, a la obesidad. Sin embargo, el propio organismo internacional lo considera un marcador indirecto de adiposidad y señala que otras mediciones, como la circunferencia de cintura, pueden complementar la evaluación.

La necesidad de ampliar esa valoración quedó reflejada en una investigación reciente sobre una clasificación de la obesidad más allá del IMC. En 2.316 candidatos a cirugía metabólica y bariátrica, personas con valores de IMC semejantes mostraron diferencias importantes en afectación orgánica, capacidad funcional y riesgo cardiovascular.

Esta perspectiva no implica descartar el IMC, que continúa siendo útil para estudios poblacionales y como herramienta de evaluación inicial. Significa que el número resultante de dividir el peso por la altura al cuadrado no describe por sí solo la distribución de la grasa, la función de los órganos ni todas las consecuencias clínicas asociadas al exceso de adiposidad.

Perder peso activa respuestas que pueden dificultar mantenerlo

Cuando una persona adelgaza, su cuerpo necesita menos energía porque tiene una masa corporal menor. A este cambio se pueden sumar adaptaciones fisiológicas que alteran el hambre y el gasto energético. La intensidad y duración de esas respuestas no son idénticas en todas las personas.

Esta capacidad de adaptación ayuda a comprender por qué el mantenimiento constituye una etapa diferenciada del tratamiento. Alcanzar una reducción inicial del peso no elimina automáticamente los factores que favorecieron su aumento ni las respuestas biológicas que pueden contribuir a recuperarlo.

Además, las consecuencias biológicas de la obesidad pueden ser más complejas de lo que refleja la evolución de la balanza. Investigaciones recientes han encontrado que algunas alteraciones inmunitarias asociadas con la obesidad pueden persistir después de perder peso, un campo que continúa siendo objeto de investigación para determinar su alcance clínico.

Actividad física: beneficios incluso sin grandes cambios de peso

El ejercicio y el movimiento cotidiano forman parte del manejo del peso, pero sus beneficios no deberían juzgarse exclusivamente por los kilogramos perdidos. La actividad física regular favorece la salud cardiovascular, el metabolismo, la movilidad, la capacidad funcional y el bienestar mental, incluso cuando la reducción del peso es modesta.

Para los adultos, la OMS recomienda entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica de intensidad moderada o entre 75 y 150 minutos de actividad vigorosa, además de ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana. La actividad debe ajustarse a la edad, capacidad funcional y estado de salud de cada persona.

La regularidad puede resultar tan importante como plantearse objetivos demasiado exigentes al comienzo. Convertir el movimiento en una rutina sostenible es uno de los desafíos del cambio conductual, y la evidencia sobre cómo transformar el ejercicio en un hábito indica que la experiencia positiva y la constancia pueden facilitar su mantenimiento.

El entorno influye sobre las decisiones alimentarias

La OMS advierte que el aumento mundial de la obesidad no puede analizarse únicamente desde las decisiones individuales. El precio y la disponibilidad de alimentos, la comercialización de productos, el acceso a opciones nutritivas y la existencia de espacios seguros para caminar o realizar actividad física forman parte del entorno que condiciona las posibilidades cotidianas.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) también considera que los sistemas alimentarios y las políticas públicas desempeñan un papel en la prevención. Entre las medidas promovidas se encuentran el etiquetado nutricional, las políticas escolares de alimentación y actividad física, la regulación de la comercialización dirigida a niños y determinadas políticas fiscales destinadas a favorecer dietas saludables.

Los horarios y patrones de alimentación constituyen otra dimensión del comportamiento metabólico. Estudios sobre el picoteo nocturno y sus efectos sobre la microbiota intestinal han explorado cómo el momento de las comidas, el sueño y los ritmos biológicos pueden interactuar con la regulación de la glucosa y otros procesos metabólicos.

La prevención comienza antes de la edad adulta

El enfoque integral también concede importancia a las primeras etapas de la vida. La OMS plantea intervenciones que abarcan desde una adecuada nutrición durante el embarazo y la lactancia hasta la alimentación, actividad física, sueño y reducción del sedentarismo durante la infancia.

En 2022, más de 390 millones de niños y adolescentes de entre 5 y 19 años tenían sobrepeso, incluidos alrededor de 160 millones que vivían con obesidad. La prevención temprana busca reducir la aparición de diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular y otras enfermedades no transmisibles durante etapas posteriores de la vida.

La biología tampoco es idéntica entre todos los menores. Una investigación sobre obesidad infantil y cambios epigenéticos relacionados con la resistencia a la insulina identificó diferentes trayectorias metabólicas durante la pubertad, reforzando la necesidad de evitar intervenciones uniformes para situaciones clínicas que pueden evolucionar de manera distinta.

El tratamiento puede incorporar distintas herramientas clínicas

Una intervención profesional puede incluir evaluación nutricional, actividad física adaptada, apoyo conductual y seguimiento de enfermedades asociadas. En determinados pacientes también pueden considerarse tratamientos farmacológicos o cirugía metabólica y bariátrica, siempre después de una valoración médica y dentro de un plan integral.

En diciembre de 2025, la OMS publicó su primera guía sobre el uso de terapias basadas en GLP-1 para adultos con obesidad. La recomendación contempla estos medicamentos como una opción dentro de la atención crónica integral y no como una solución independiente de los demás componentes del tratamiento.

El desarrollo de medicamentos para la obesidad refleja precisamente el reconocimiento de mecanismos fisiológicos involucrados en la regulación del apetito y el metabolismo. Investigaciones con fármacos como tirzepatida para obesidad y control glucémico forman parte de una expansión de las opciones terapéuticas, cuya indicación requiere evaluar beneficios, riesgos, contraindicaciones y necesidades individuales.

El objetivo clínico tampoco tiene que limitarse a alcanzar un determinado número en la balanza. La evolución de la presión arterial, glucosa, lípidos, circunferencia de cintura, movilidad, capacidad funcional y enfermedades asociadas aporta información sobre la salud que el peso aislado no proporciona.

Seguimiento sostenido frente a una enfermedad crónica

Considerar la obesidad una enfermedad crónica implica asumir que su manejo puede necesitar continuidad. Una estrategia que funciona durante varias semanas no necesariamente garantiza el mantenimiento durante meses o años, especialmente si desaparece el seguimiento o permanecen las condiciones ambientales, psicológicas o biológicas que dificultan los cambios.

La OMS plantea por ello una combinación de responsabilidad individual, respuesta de los sistemas sanitarios y políticas que faciliten elecciones saludables. La prevención temprana, el acceso a alimentos nutritivos, las oportunidades para mantenerse físicamente activo y la disponibilidad de atención profesional forman parte de un mismo abordaje.

La pérdida de peso continúa dependiendo de cambios en el balance energético, pero reducir todo el proceso a comer menos deja fuera buena parte de los mecanismos que determinan cuánto peso pierde una persona, cómo responde su organismo y qué posibilidades tiene de mantener los resultados. El tratamiento debe ajustarse al estado de salud y a las circunstancias de cada paciente, evitando dietas extremas o tratamientos farmacológicos sin supervisión profesional.

Fuentes referenciales:
Infobae
Organización Mundial de la Salud
Organización Panamericana de la Salud