La psicóloga Sonia Almada advierte que el uso de dispositivos para silenciar el malestar puede interferir con el sueño, la alimentación y la expresión emocional de los niños
Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Karem Díaz S.
El uso de una pantalla para calmar sistemáticamente el llanto, los berrinches o la angustia de un niño puede ofrecer alivio inmediato a una familia agotada, pero también ocultar necesidades emocionales que requieren la presencia de un adulto. La psicóloga argentina Sonia Almada plantea que el problema no reside únicamente en la tecnología, sino en el lugar que esta ocupa cuando reemplaza de manera repetida el acompañamiento, el juego y la interacción.
La especialista expuso el caso de una familia que consultó por un niño de tres años con dificultades para comer y dormir, rabietas intensas y una conducta de arrancarse el cabello cuando le retiraban la tableta. Los padres habían comenzado a ofrecerle el dispositivo con mayor frecuencia después del nacimiento de otro hijo, en un contexto de cansancio y falta de apoyo.
El relato no permite establecer por sí solo que las pantallas hayan causado todos los síntomas ni puede generalizarse a cualquier niño que utilice dispositivos. Funciona como una observación clínica sobre lo que puede suceder cuando el contenido digital se convierte en el principal recurso para regular emociones, conciliar el sueño o conseguir que un menor coma.
La pantalla interrumpe el berrinche, pero no resuelve su origen
Las rabietas forman parte del desarrollo infantil y expresan frustración, enojo, cansancio, miedo o necesidad de contacto. Un adulto no siempre puede eliminar ese malestar, pero su presencia ayuda al niño a reconocerlo, expresarlo y atravesarlo de una forma progresivamente más organizada.
Cuando el dispositivo aparece de inmediato ante cualquier protesta, la conducta visible puede detenerse sin que la necesidad emocional haya sido atendida. La atención queda capturada por sonidos, imágenes y recompensas rápidas, mientras la causa del enojo o la angustia permanece sin elaborar.
Almada sostiene que el impulso agresivo infantil necesita encontrar un destinatario capaz de recibirlo y ponerle límites sin abandonar al niño. Si esa respuesta relacional falta de manera persistente, el malestar puede expresarse mediante el cuerpo, con dificultades para comer o dormir, conductas disruptivas o acciones dirigidas contra sí mismo.
La explicación se apoya en una perspectiva clínica y psicoanalítica, no en una demostración de que la exposición digital produzca inevitablemente esos síntomas. La relación entre tecnología y bienestar depende también de la edad, el contenido, el momento de uso, el entorno familiar y las condiciones emocionales previas. Un análisis sobre cuándo el celular puede ayudar o perjudicar destaca precisamente que contar minutos no basta para evaluar cada situación.
El vínculo adulto sigue siendo una necesidad del desarrollo
Para ilustrar la importancia del cuidado estable, Almada recupera las observaciones realizadas en la década de 1940 por el psicoanalista René Spitz sobre bebés que recibían alimentación, higiene y atención médica, pero carecían de una figura afectiva constante. Sus trabajos describieron el deterioro físico y emocional que podía acompañar a una privación afectiva extrema.
La psicóloga aclara que aquellas condiciones institucionales no son comparables con la vida cotidiana de un niño atendido por su familia. El punto de contacto reside en la función del vínculo: durante los primeros años, los cuidados materiales son indispensables, pero no sustituyen la mirada, la voz, el contacto y la respuesta de una persona disponible.
Una tableta puede entretener, mostrar contenido educativo o facilitar una actividad compartida, pero no interpreta un gesto, no reconoce el motivo de una protesta y no acompaña emocionalmente al niño. Por eso, el riesgo no depende solo de la presencia del aparato, sino de qué experiencias desplaza y de si su uso se vuelve imprescindible para realizar actividades básicas.
Esta distinción evita presentar toda tecnología como perjudicial. Las pantallas pueden servir para aprender, crear o comunicarse cuando se emplean de forma apropiada para la edad y con participación adulta. Las señales de preocupación aparecen cuando interfieren con el sueño, las comidas, el movimiento, el juego presencial o los vínculos familiares.
El sueño y la alimentación ofrecen señales concretas
La necesidad de mirar una pantalla para conciliar el sueño merece atención porque puede consolidar una asociación difícil de modificar. La estimulación del contenido, las notificaciones y la exposición nocturna también pueden retrasar el descanso y aumentar la resistencia a apagar el dispositivo.
En adolescentes se ha observado que el uso nocturno puede funcionar como una forma de afrontar sentimientos difíciles. Las estrategias para proteger el sueño mediante apoyo y comunicación familiar sugieren que imponer restricciones sin comprender el estrés subyacente puede resultar insuficiente.
En niños pequeños, negarse a comer sin un teléfono o una tableta puede indicar que la comida quedó condicionada a una fuente constante de estímulos. Utilizar ocasionalmente un video durante una situación excepcional no equivale a depender de él en cada comida, pero la repetición puede reducir las oportunidades de reconocer el hambre, la saciedad y la interacción familiar.
También deben observarse la irritabilidad intensa al desconectarse, la imposibilidad de interesarse por otros juegos, el abandono de actividades habituales y los intentos repetidos de recuperar el dispositivo. Estas manifestaciones no constituyen por sí solas un diagnóstico, pero justifican revisar las rutinas y consultar a un profesional si son persistentes o afectan el funcionamiento cotidiano.
Los límites funcionan mejor cuando incluyen presencia adulta
Retirar todos los dispositivos de forma repentina no resuelve necesariamente el malestar que llevó al niño a buscarlos. Almada propone recuperar el lugar del adulto como receptor de la protesta: escuchar, nombrar lo que ocurre, sostener el límite y ofrecer alternativas de contacto, movimiento y juego.
El cambio puede realizarse mediante rutinas previsibles y progresivas. Reservar momentos sin pantallas durante las comidas, evitar dispositivos en el dormitorio, anticipar cuándo terminará una actividad digital y acompañar la transición hacia otra tarea reduce la sensación de una prohibición inesperada.
Los adultos también cumplen una función de modelo. Las reglas resultan más comprensibles cuando el teléfono no interrumpe constantemente las conversaciones familiares y cuando cuidadores y menores comparten periodos de desconexión. En jóvenes mayores, la pérdida de control y la interferencia con la vida diaria son indicadores más relevantes que una cifra aislada de horas, como muestra la investigación sobre uso problemático de redes sociales y síntomas de atención.
Las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud para menores de cinco años integran el tiempo de pantalla con el movimiento, el descanso y las actividades compartidas. La OMS no recomienda el tiempo sedentario frente a pantallas para menores de un año ni para niños de un año; a los dos años y entre los tres y cuatro años aconseja no superar una hora diaria y señala que una exposición menor resulta preferible.
Estas pautas poblacionales deben adaptarse a la situación de cada familia y no reemplazan una evaluación clínica. Cuando aparecen autolesiones, rechazo persistente de alimentos, alteraciones importantes del sueño, pérdida de habilidades o un sufrimiento que no puede manejarse en el hogar, corresponde buscar orientación pediátrica o de salud mental infantil.
La intervención no consiste en culpabilizar a padres sometidos a cansancio, trabajo y falta de redes de apoyo. Su objetivo es impedir que la tecnología cargue con una tarea que no puede cumplir: recibir y organizar por sí sola el malestar de un niño que todavía necesita de otros para aprender a regularlo.
Fuentes referenciales:
Infobae
Organización Mundial de la Salud
