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Acariciar a un perro puede preparar al cuerpo para afrontar el estrés


Un estudio de la Universidad de Innsbruck, en Austria, con 64 propietarios de perros encontró que el contacto físico no aceleró la recuperación tras una tarea estresante, pero sí atenuó la respuesta cerebral ante una segunda situación exigente.


Redacción: Redacción Mundo de la Salud
Editor: Karem Díaz S.


Acariciar a un perro durante una pausa después de una experiencia estresante podría ayudar al organismo a responder con menor intensidad ante una nueva situación de tensión. Esta es la principal conclusión de una investigación realizada por científicos de la Universidad de Innsbruck, en Austria, que examinaron los efectos del contacto físico con animales de compañía sobre la actividad cerebral y cardíaca de sus propietarios.

El estudio, publicado en octubre de 2026 en la revista científica Biological Psychology, reunió a 64 personas y sus propios perros para analizar si acariciar al animal producía una respuesta fisiológica diferente de la observada cuando el perro permanecía cerca, pero sin contacto físico.

Los investigadores encontraron un resultado que contradijo parcialmente su hipótesis inicial: acariciar al perro no permitió que el organismo se recuperara más rápidamente del estrés inmediatamente anterior. Sin embargo, quienes habían mantenido contacto físico con su mascota mostraron una respuesta cerebral más moderada cuando afrontaron una segunda tarea estresante.

La diferencia sugiere que el contacto afectuoso con un animal familiar podría desempeñar una función de protección frente a situaciones posteriores de tensión, aunque todavía se necesitan investigaciones adicionales para determinar su alcance y sus posibles aplicaciones.

Una investigación centrada en el contacto físico con los perros

El equipo científico quiso responder a una pregunta específica: ¿los beneficios atribuidos a la compañía de los perros dependen de su presencia o existe un efecto adicional cuando las personas los acarician?

Esta distinción resulta importante porque muchas investigaciones anteriores han estudiado situaciones en las que los participantes podían mirar, hablar y tocar a los animales simultáneamente.

Cuando estas formas de interacción ocurren juntas, resulta difícil identificar cuál de ellas contribuye a los cambios emocionales y fisiológicos observados.

Para abordar esa limitación, los investigadores diseñaron un experimento que permitió comparar la presencia del perro con una interacción que incluía contacto físico.

La investigación contó con 51 mujeres y 13 hombres, cuya edad media era de 34 años. Todos participaron acompañados de sus propios perros.

Los animales debían tener al menos dos años, encontrarse sanos y sentirse cómodos en ambientes desconocidos.

La elección de perros familiares permitió estudiar el contacto entre personas y animales que ya mantenían una relación cotidiana, en lugar de utilizar exclusivamente perros desconocidos para los participantes.

Los participantes afrontaron dos tareas diseñadas para generar tensión

Para provocar una respuesta de estrés en condiciones controladas, los científicos sometieron a los participantes a ejercicios mentales exigentes mientras recibían supervisión y comentarios negativos de un investigador mediante videollamada.

La primera tarea consistía en responder preguntas de conocimientos generales con un límite de cinco segundos para cada respuesta.

La segunda exigía realizar cálculos mentales, contando hacia atrás mediante restas sucesivas y siguiendo el ritmo impuesto por una señal visual roja intermitente.

La combinación de presión temporal, exigencia cognitiva y evaluación externa buscaba reproducir algunos componentes de las situaciones que generan tensión psicológica.

Los participantes completaron dos bloques experimentales durante el mismo día.

En uno de ellos podían acariciar, abrazar o mantener contacto físico con sus perros, que permanecían libres para desplazarse por la habitación.

En el otro, los perros estaban cerca de sus propietarios, sujetos con una correa corta. Las personas podían verlos y hablarles, pero no tocarlos.

Esta comparación permitió examinar el papel específico del contacto físico, manteniendo la presencia del animal en ambas condiciones.

El contacto no aceleró la recuperación inmediata

La hipótesis inicial de los investigadores era que acariciar al perro después de una tarea estresante ayudaría al organismo a recuperar más rápidamente su estado de reposo.

Para comprobarlo, el equipo registró la actividad eléctrica cerebral mediante electroencefalografía y la actividad cardíaca mediante electrocardiografía.

También pidió a los participantes que describieran su estado emocional en distintos momentos del experimento.

Las evaluaciones incluyeron sensaciones relacionadas con la calma, la excitación, el bienestar emocional y la percepción de control.

Sin embargo, el contacto físico no produjo una recuperación más rápida de los indicadores cerebrales y cardíacos después de la primera experiencia estresante.

Las medidas regresaron hacia sus niveles de reposo a velocidades semejantes tanto cuando las personas acariciaban a sus perros como cuando permanecían cerca de ellos sin tocarlos.

Este resultado es relevante porque muestra que los efectos de la interacción con animales no necesariamente aparecen en todas las fases de la respuesta fisiológica al estrés.

La recuperación posterior a una situación exigente y la preparación del organismo para afrontar otra experiencia estresante son procesos relacionados, pero no equivalentes.

Acariciar al perro modificó la respuesta ante un nuevo desafío

La principal diferencia apareció cuando los participantes afrontaron una segunda situación estresante.

Después de acariciar a sus perros durante una pausa de cinco minutos, los propietarios mostraron una respuesta fisiológica más moderada ante la nueva tarea.

El cambio se observó especialmente en los registros de actividad cerebral.

Los investigadores encontraron que la actividad de las ondas alfa se mantenía más elevada durante el segundo bloque experimental cuando los participantes habían tenido contacto físico con sus mascotas.

En determinadas condiciones, una mayor actividad alfa puede relacionarse con un estado de menor activación cortical. En este experimento, los autores interpretaron ese patrón como una señal compatible con una respuesta cerebral menos intensa frente al estrés.

La misma modificación no apareció de forma comparable cuando las personas habían pasado la pausa cerca de sus perros, pero sin acariciarlos.

Los resultados sugieren que el contacto físico podría contribuir a amortiguar la reacción del organismo ante una exigencia posterior, en lugar de acelerar directamente la recuperación de una experiencia ya terminada.

La distinción ayuda a comprender mejor cómo se relacionan las respuestas del cerebro y del cuerpo durante las situaciones de estrés, un proceso en el que participan mecanismos nerviosos y cardiovasculares.

Qué revelan las ondas alfa sobre la respuesta cerebral

Las ondas alfa son oscilaciones de la actividad eléctrica cerebral que pueden registrarse mediante electroencefalografía.

Su comportamiento varía según las condiciones de atención, el estado de reposo y la actividad mental.

En algunos contextos experimentales, una mayor presencia de actividad alfa se asocia con una menor activación de determinadas regiones cerebrales.

Sin embargo, estas ondas no constituyen una medida universal de relajación ni permiten determinar por sí solas el estado emocional completo de una persona.

En el estudio de la Universidad de Innsbruck, el mantenimiento de una actividad alfa más elevada durante la segunda tarea se interpretó como un indicador de que el cerebro respondía con menor intensidad después del contacto con el perro.

Los científicos también observaron que las valoraciones emocionales de los participantes no siempre coincidían con los registros fisiológicos.

Una persona podía describir su experiencia de una manera que no reflejaba exactamente los cambios detectados en su actividad cerebral o cardíaca.

Este resultado subraya la importancia de combinar medidas subjetivas y objetivas al investigar el estrés.

La compañía animal y el contacto físico no producen necesariamente los mismos efectos

Los resultados ofrecen una explicación parcial de por qué diferentes investigaciones sobre mascotas y bienestar han encontrado conclusiones heterogéneas.

Convivir con un animal puede implicar compañía, rutinas, actividad física y vínculos afectivos, pero esos componentes no necesariamente producen los mismos cambios fisiológicos.

La investigación austríaca aisló una variable concreta: la posibilidad de acariciar al perro después de una experiencia estresante.

La comparación mostró que el contacto físico podía aportar un efecto adicional frente a la simple presencia del animal en una situación experimental específica.

Esto complementa las investigaciones sobre la convivencia con mascotas, las rutinas cotidianas y el apoyo emocional, que examinan beneficios y responsabilidades de alcance más amplio.

La diferencia entre los efectos inmediatos de acariciar a un perro y las consecuencias de convivir durante años con animales es fundamental.

Un resultado favorable obtenido durante una sesión de laboratorio no demuestra que tener una mascota produzca automáticamente mejoras duraderas en la salud mental.

La percepción emocional no siempre coincide con las señales del organismo

Una de las observaciones del estudio fue la diferencia entre los estados emocionales comunicados por los participantes y las respuestas registradas mediante los instrumentos fisiológicos.

Los investigadores solicitaron valoraciones subjetivas sobre cómo se sentían las personas en distintos momentos, mientras registraban de manera independiente la actividad cerebral y cardíaca.

Esta combinación permitió detectar cambios que no siempre se reflejaban de forma equivalente en las respuestas de los cuestionarios.

La percepción del estrés depende de numerosos factores, como la interpretación de una situación, las experiencias previas, las expectativas y el contexto emocional.

Por su parte, el organismo puede mostrar variaciones en la frecuencia cardíaca o en la actividad cerebral sin que la persona identifique conscientemente cada modificación.

Esta relación entre experiencia subjetiva y respuesta corporal también aparece al estudiar los cambios transitorios de presión arterial asociados con episodios de ansiedad, donde las sensaciones físicas y las mediciones clínicas requieren interpretaciones diferenciadas.

Los autores del nuevo estudio consideran que el registro simultáneo de distintas señales permite obtener una visión más completa de los posibles efectos del contacto con animales.

Por qué los resultados no demuestran un beneficio universal

La investigación presenta varias características que deben considerarse antes de extrapolar sus conclusiones.

La muestra estuvo formada por 64 personas, una cantidad que permite estudiar diferencias experimentales, pero que limita la capacidad para generalizar los resultados a toda la población.

Además, participaron exclusivamente propietarios de perros que acudieron acompañados de sus propias mascotas.

Por tanto, no se puede asegurar que el mismo efecto aparezca en personas que no tienen perros, que sienten temor hacia estos animales o que interactúan con perros desconocidos.

También se evaluaron respuestas fisiológicas durante tareas de laboratorio y no desenlaces clínicos como la reducción de trastornos de ansiedad, depresión o enfermedades cardiovasculares.

Los hallazgos tampoco permiten determinar cuánto tiempo podría mantenerse el efecto observado después de acariciar al animal.

La evidencia científica sobre la tenencia de mascotas sigue siendo diversa. Por ejemplo, una investigación realizada durante la pandemia no encontró mejoras sostenidas del bienestar asociadas con la adquisición de una mascota.

Ambos trabajos examinan preguntas diferentes: uno analiza respuestas fisiológicas inmediatas ante el contacto físico, mientras que el otro estudia cambios en el bienestar durante períodos más prolongados.

Sus resultados no son necesariamente contradictorios, sino que muestran la importancia de distinguir entre los distintos tipos de beneficios atribuidos a los animales de compañía.

Una posible vía para estudiar intervenciones de apoyo frente al estrés

El descubrimiento abre nuevas preguntas sobre el papel del contacto físico con animales familiares en la regulación de las respuestas fisiológicas.

Los investigadores podrían examinar si el efecto se reproduce en muestras mayores, en diferentes grupos de edad y ante situaciones estresantes de distinta naturaleza.

También sería importante establecer si existen diferencias según la calidad del vínculo entre la persona y el animal, la duración del contacto o las características individuales de los participantes.

La investigación no demuestra que acariciar a un perro sea un tratamiento clínico para los trastornos relacionados con el estrés.

Sin embargo, aporta evidencia experimental de que una interacción breve y familiar puede influir en la forma en que el cerebro responde a una exigencia posterior.

Los resultados también recuerdan que cualquier interacción debe respetar el bienestar del animal. El contacto físico debe ser voluntario y agradable para el perro, sin obligarlo a permanecer en una situación que le provoque incomodidad.

El contacto afectuoso podría influir en la preparación ante nuevas tensiones

El principal aporte del estudio consiste en diferenciar dos procesos que suelen confundirse: recuperarse de una experiencia estresante y responder ante otra que ocurre posteriormente.

Acariciar al perro no aceleró la recuperación inmediata de la actividad cerebral y cardíaca después de la primera tarea.

No obstante, el contacto físico durante una pausa breve se relacionó con una menor respuesta cerebral cuando los participantes afrontaron una segunda exigencia.

El trabajo proporciona una base para investigar cómo determinadas interacciones afectivas pueden modificar temporalmente la respuesta fisiológica al estrés.

Los autores publicaron sus resultados en el artículo científico Pet-induced stress buffering depends on touch: Evidence from brain and cardiac measures, encabezado por Vanessa Kaufmann y colaboradores, en la revista Biological Psychology.

El estudio tiene el identificador DOI: 10.1016/j.biopsycho.2026.109366.

Sus resultados respaldan la necesidad de estudiar el contacto físico como un componente específico de la relación entre seres humanos y animales, sin asumir que todos los beneficios atribuidos a las mascotas tienen el mismo origen o se presentan en todas las personas.

Fuentes referenciales:
Biological Psychology — Pet-induced stress buffering depends on touch: Evidence from brain and cardiac measures
Medical Xpress — Información sobre el estudio de la Universidad de Innsbruck