Un estudio con adultos jóvenes encontró mejoras inmediatas en el estado de ánimo y la función ejecutiva tras correr a solo 3–6 km/h
Redactor: Luis Ortega
Editor: Eduardo Schmitz
Correr durante apenas diez minutos a una velocidad cercana a la de una caminata rápida puede producir cambios medibles en la actividad cerebral y mejorar temporalmente el estado de ánimo y determinadas funciones cognitivas. Investigadores de la Universidad de Tsukuba, en Japón, observaron estos efectos después de someter a adultos jóvenes sanos a una sesión de trote de muy baja intensidad.
El trabajo, publicado en la revista científica Imaging Neuroscience, examinó qué ocurre cuando la carrera se realiza con una exigencia física mínima. Los participantes trotaron a aproximadamente el 35 % de su consumo máximo de oxígeno, equivalente en el experimento a velocidades de entre 3 y 6 kilómetros por hora. Después de diez minutos, mostraron tiempos de interferencia más cortos en una prueba de función ejecutiva, un estado de ánimo más positivo y una mayor activación de regiones de la corteza prefrontal izquierda.
Los resultados se suman a una línea creciente de investigaciones sobre la comunicación entre el ejercicio físico, los músculos y el cerebro, aunque el nuevo experimento se concentró específicamente en los efectos inmediatos de una sesión muy breve de carrera lenta.
El experimento comparó diez minutos de trote con reposo
El estudio incluyó a 24 adultos jóvenes sanos. Cada participante completó dos condiciones en días diferentes: en una permaneció sentado sobre una cinta de correr detenida y en la otra realizó diez minutos de carrera muy lenta. Este diseño permitió comparar los cambios producidos por el ejercicio con los observados durante una situación de reposo.
La intensidad no se estableció mediante una velocidad idéntica para todos. Los investigadores la ajustaron a la capacidad aeróbica individual, fijándola aproximadamente en el 35 % del consumo máximo de oxígeno de cada participante. En la práctica, esto produjo velocidades cercanas a los 3–6 km/h, consideradas de intensidad muy ligera.
La baja exigencia del protocolo resulta especialmente relevante porque gran parte de las recomendaciones sobre actividad física se asocian popularmente con esfuerzos moderados o vigorosos. Otros trabajos han mostrado, sin embargo, que la relación entre movimiento y salud cerebral depende de numerosos factores. Un metaanálisis reciente encontró, por ejemplo, diferencias entre el ejercicio realizado voluntariamente durante el ocio y la actividad física asociada al trabajo.
La prueba de Stroop midió la función ejecutiva
Antes y después de las sesiones, los participantes realizaron una prueba de Stroop. Este test exige resolver información que entra en conflicto y se utiliza para evaluar procesos de control ejecutivo, entre ellos la capacidad para inhibir una respuesta automática y mantener la atención sobre la información relevante.
Después de correr lentamente, el tiempo de interferencia de Stroop disminuyó. Esto significa que los participantes respondieron con mayor rapidez ante el conflicto cognitivo evaluado por la prueba. El resultado no implica que diez minutos de trote mejoren todas las capacidades intelectuales, sino que en este grupo se observó una mejora aguda en una medida concreta de función ejecutiva.
Los participantes también informaron un estado de ánimo más agradable después del ejercicio en comparación con la condición de reposo. Los investigadores evaluaron simultáneamente lo que sucedía en el cerebro para determinar si esos cambios conductuales estaban acompañados por modificaciones en la actividad cortical.
La corteza prefrontal izquierda mostró mayor actividad
El equipo utilizó espectroscopía funcional de infrarrojo cercano, conocida como fNIRS. Esta técnica registra cambios en la oxigenación sanguínea de la corteza y permite estudiar de manera no invasiva la respuesta cerebral durante tareas cognitivas.
Los registros mostraron un incremento de la actividad en regiones prefrontales relacionadas con la función ejecutiva y la regulación del estado de ánimo. Los cambios fueron especialmente visibles en la corteza prefrontal dorsolateral izquierda y la corteza frontopolar izquierda.
La corteza prefrontal interviene en procesos como el control de la conducta, la atención y la toma de decisiones. La investigación sobre los efectos de la actividad física en estas funciones abarca desde respuestas inmediatas hasta posibles adaptaciones producidas por el entrenamiento sostenido. En este contexto, estudios anteriores han analizado cómo el ejercicio aeróbico regular puede relacionarse con el envejecimiento cerebral durante etapas posteriores de la vida.
El movimiento vertical al correr podría tener un papel
Además de controlar la intensidad del ejercicio, los investigadores colocaron un acelerómetro en la cabeza de los participantes para registrar las oscilaciones verticales producidas durante la carrera. Este componente permitió explorar una característica que diferencia el trote de otros movimientos de baja intensidad.
El análisis encontró una asociación entre una mayor aceleración vertical de la cabeza y una mejora más pronunciada del estado de ánimo. Los autores plantean que el movimiento rítmico de ascenso y descenso característico de la carrera podría contribuir a algunos de los efectos observados.
Se trata, no obstante, de una asociación dentro de un experimento pequeño y no demuestra por sí sola que el movimiento de la cabeza sea el mecanismo responsable de la mejoría emocional. El hallazgo proporciona una hipótesis para nuevas investigaciones destinadas a diferenciar los efectos de correr de los correspondientes a otras modalidades de actividad física.
Una intensidad muy ligera también puede estimular el cerebro
Uno de los aspectos destacados del trabajo es que los cambios aparecieron sin necesidad de realizar un entrenamiento exigente. Los investigadores eligieron deliberadamente una intensidad muy baja para determinar si existía un umbral mínimo de carrera capaz de generar una respuesta cognitiva y emocional detectable.
La observación coincide con evidencias más amplias que relacionan la actividad física con diferentes procesos cerebrales. Una revisión científica reciente planteó que el ejercicio regular podría favorecer procesos vinculados con la eliminación de desechos cerebrales durante el sueño, aunque esos posibles mecanismos corresponden a un ámbito diferente del efecto agudo estudiado en el experimento japonés.
La facilidad para incorporar una actividad también puede determinar si se mantiene en el tiempo. Investigaciones sobre adherencia muestran que disfrutar del ejercicio y adaptarlo a las preferencias personales favorece su conversión en un hábito, un factor importante cuando se diseñan estrategias de actividad física sostenibles.
Los resultados no pueden generalizarse a toda la población
El estudio presenta una limitación importante: participaron únicamente 24 adultos jóvenes sanos. Por ello, los resultados no permiten afirmar que la misma respuesta se produzca en adultos mayores, niños, personas sedentarias, pacientes con enfermedades neurológicas o psiquiátricas, ni individuos con limitaciones cardiovasculares o de movilidad.
Tampoco se evaluaron beneficios mantenidos durante semanas o meses. El experimento analizó los efectos inmediatos de una sola sesión de diez minutos, por lo que no permite determinar si repetir este tipo de trote produce adaptaciones cognitivas duraderas.
Los propios investigadores señalan que la muy baja exigencia fisiológica podría convertir al trote lento en una modalidad accesible para algunas personas con menor condición física o poca confianza para realizar ejercicio convencional. Esa posibilidad necesita ser evaluada específicamente en poblaciones diferentes antes de extender las conclusiones.
La evidencia disponible tampoco significa que correr sea apropiado para todas las personas. El tipo, intensidad y duración de la actividad deben adaptarse a la condición física, edad, enfermedades existentes y posibles limitaciones articulares o cardiovasculares. El principal aporte del estudio es demostrar que, al menos en adultos jóvenes sanos, una sesión breve y de muy baja intensidad fue suficiente para producir cambios inmediatos y medibles en el ánimo, la función ejecutiva y la actividad prefrontal.
Fuentes referenciales:
Infobae
Universidad de Tsukuba
Imaging Neuroscience

