Estado de la Salud Global

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VacunaciónBrechas bajo atenciónLas autoridades sanitarias intensifican la recuperación de esquemas contra sarampión, polio y otras enfermedades prevenibles.
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Salud mentalDemanda sostenidaPersisten las necesidades de atención comunitaria, prevención del suicidio y apoyo psicosocial accesible, especialmente entre jóvenes.
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NutriciónDoble carga nutricionalLa malnutrición, las carencias de micronutrientes y el aumento del sobrepeso continúan coexistiendo en numerosos países.
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CrónicasAtención insuficienteEnfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes y afecciones respiratorias crónicas mantienen una elevada presión sobre los sistemas sanitarios.
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AlertasÉbola y vectores en vigilanciaLa respuesta al ébola en África central coincide con el seguimiento de dengue, virus del Nilo Occidental y otras infecciones transmitidas por vectores.
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InvestigaciónRespuesta científica activaAvanzan estudios de vacunas, diagnósticos rápidos, inteligencia epidemiológica y tecnologías para una atención más precisa.

La pandemia dejó huellas duraderas en la salud mental


El neurólogo Luis Ignacio Brusco define la “peripandemia” como una etapa marcada por ansiedad persistente, aislamiento, cambios sociales y una relación más compleja con la tecnología


Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz


La emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 dejó de ocupar el centro de la vida cotidiana, pero muchos de sus efectos continúan presentes en la salud mental, las relaciones personales y la organización social. El neurólogo y psiquiatra Luis Ignacio Brusco utiliza el término peripandemia para describir esta etapa en la que la crisis aguda terminó, aunque sus consecuencias siguen modificando conductas, emociones y vínculos.

Brusco, decano de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires, sostiene que la pandemia no debe analizarse únicamente como un episodio sanitario del pasado. El confinamiento, el miedo al contagio, la incertidumbre y la interrupción de las rutinas produjeron transformaciones estructurales que todavía influyen en la manera de relacionarse, trabajar, estudiar y afrontar situaciones de riesgo.

El especialista desarrolla estas ideas en su libro El mundo después del mundo: peripandemia, publicado por Ediciones Arce. Su planteamiento central es que las alteraciones psicológicas y sociales causadas por la crisis no constituyen efectos secundarios aislados, sino parte fundamental de la experiencia colectiva que comenzó con la propagación del coronavirus.

La persistencia de estas consecuencias también ha sido observada en investigaciones sobre cómo la experiencia de la pandemia pudo afectar el envejecimiento cerebral, incluso entre personas que no desarrollaron una infección grave. El aislamiento, la incertidumbre y los cambios de hábitos pueden haber influido en procesos cognitivos y emocionales durante varios años.

La peripandemia no equivale a una etapa completamente superada

El concepto de peripandemia se diferencia de la idea habitual de pospandemia. No representa un periodo en el que todo volvió a la normalidad, sino una fase caracterizada por la permanencia de cambios que surgieron durante la emergencia y se integraron en la vida diaria.

Las rutinas se alteraron, los modos de vinculación cambiaron y determinadas respuestas emocionales se intensificaron. Brusco identifica un aumento de la ansiedad, los episodios depresivos, las crisis familiares y las expresiones de violencia social, acompañado por una disminución de la empatía y una menor tolerancia en distintos ámbitos.

La pandemia quedó establecida como un punto de ruptura en la historia reciente porque permite diferenciar cómo se vivía antes y cómo se organizan actualmente las relaciones, el trabajo, la educación y el cuidado de la salud. Para el neurólogo, esta división temporal no responde únicamente a la memoria o la nostalgia, sino al reconocimiento de que determinadas transformaciones continúan activas.

La experiencia también modificó la percepción de las amenazas sanitarias. El miedo que acompañó los primeros años del COVID-19 dejó una memoria colectiva capaz de influir en la respuesta ante nuevos brotes, un fenómeno analizado al abordar por qué el temor puede adelantarse a la evaluación objetiva de los datos.

Ansiedad, agotamiento e insomnio se volvieron persistentes

Brusco advierte que el estrés y la ansiedad dejaron de presentarse únicamente como reacciones puntuales y se transformaron, en muchos casos, en condiciones crónicas. Esta continuidad afecta el bienestar individual, pero también puede influir en la forma en que las sociedades toman decisiones, procesan la información y responden ante situaciones de incertidumbre.

El agotamiento mental, la vulnerabilidad psicológica y la ansiedad persistente se reflejan en problemas como insomnio, depresión, fobias, conductas suicidas y violencia social. El especialista también observa un aumento de la agresividad pasiva y una reducción de la tolerancia frente a las dificultades cotidianas.

Los ritmos biológicos sufrieron alteraciones durante el confinamiento. Muchas personas modificaron sus horarios, permanecieron activas durante la noche y comenzaron a dormir durante el día. Algunos de esos patrones continuaron después de la emergencia, como una especie de desfase horario prolongado que afecta el descanso y la organización de las actividades.

La permanencia de estas alteraciones obliga a considerar la salud mental como una dimensión central de la recuperación sanitaria. La disminución de los contagios y de las hospitalizaciones no implica necesariamente que hayan desaparecido las consecuencias psicológicas asociadas con el aislamiento, el duelo y la incertidumbre.

La soledad profundizó la vulnerabilidad de los adultos mayores

El aislamiento social constituye uno de los ejes centrales del análisis de Brusco. El especialista considera que envejecer en soledad no debe entenderse únicamente como un problema individual, sino como una señal de fragilidad colectiva y de insuficiencia en las redes de apoyo familiares, comunitarias y sanitarias.

La Comisión de The Lancet sobre demencia reconoce el aislamiento social como un factor de riesgo modificable para la enfermedad de Alzheimer. La soledad sostenida puede asociarse con un mayor riesgo de deterioro cognitivo, además de influir sobre el estado de ánimo, la actividad física y la capacidad para mantener rutinas saludables.

Los adultos mayores que permanecieron solos durante largos periodos del confinamiento quedaron especialmente expuestos a la depresión, las alteraciones del sueño y el deterioro de sus funciones cognitivas. Brusco también menciona investigaciones que registraron un aumento de casos de enfermedades como Alzheimer y Parkinson entre personas que tuvieron COVID-19, aunque la relación entre infección, aislamiento y neurodegeneración continúa bajo estudio.

La soledad no afecta exclusivamente a las personas mayores. La reducción del contacto presencial también modificó el desarrollo emocional de niños y adolescentes, mientras que estudios recientes han advertido que la falta de vínculos de amistad puede afectar el bienestar infantil y la adquisición de habilidades sociales.

La virtualidad transformó la atención y la comunicación

La pandemia aceleró la digitalización, el teletrabajo, la educación virtual y el uso cotidiano de plataformas de videoconferencia. Procesos que probablemente habrían requerido varios años se incorporaron de manera abrupta en pocos meses y pasaron a ocupar un lugar central en la vida laboral y educativa.

Brusco reconoce que estas herramientas facilitaron la continuidad de numerosas actividades, especialmente para quienes viven lejos de los centros educativos o laborales. Sin embargo, advierte que la interacción a través de pantallas puede limitar la intersubjetividad, la comunicación empática y la profundidad del intercambio humano.

El especialista explica que las llamadas neuronas espejo se activan tanto cuando una persona realiza una acción como cuando observa a otra ejecutarla. La falta de contacto presencial y la comunicación bidimensional pueden limitar los estímulos vinculados con la expresión facial, el lenguaje corporal y la interpretación emocional.

La exposición prolongada a las videollamadas también favoreció la aparición de fatiga virtual y de la denominada dismorfia por Zoom, una alteración de la percepción de la propia imagen asociada con la observación constante del rostro en pantalla. Este fenómeno incrementó el malestar corporal y, en algunos casos, la búsqueda de procedimientos estéticos.

Niños y adolescentes perdieron experiencias presenciales decisivas

En la infancia y la adolescencia, el impacto del confinamiento fue menos visible, pero potencialmente profundo. El desarrollo del cerebro social, el aprendizaje del lenguaje y la adquisición de habilidades emocionales dependen de periodos críticos de estimulación que fueron interrumpidos o reducidos durante la emergencia.

Brusco considera que la expresión “aislamiento social” fue inadecuada y que habría sido preferible hablar de aislamiento físico. Los niños necesitaban mantener la interacción, aunque no pudieran compartir el mismo espacio, porque el contacto con rostros, voces, gestos y expresiones resulta esencial para su desarrollo.

Durante el primer año de vida, los bebés incorporan fonemas y reconocen caras con una gran rapidez. El uso generalizado de mascarillas y la reducción del encuentro presencial limitaron parte de estos estímulos, al tiempo que el distanciamiento redujo el contacto físico que forma parte del desarrollo sensorial y afectivo.

La pandemia también modificó los rituales de aprendizaje, juego y socialización. La comunicación digital permitió mantener clases y conversaciones, pero no sustituyó completamente la complejidad de la presencia física, especialmente en etapas en las que la interacción directa contribuye a construir el lenguaje, la empatía y la comprensión de las emociones.

Los nuevos hábitos pueden facilitar respuestas futuras y perpetuar el miedo

El uso de mascarillas, el lavado frecuente de manos, el alcohol en gel y los saludos sin contacto se integraron rápidamente en la conducta cotidiana. Estos hábitos demostraron que las poblaciones pueden adaptarse con rapidez cuando enfrentan una emergencia sanitaria.

Brusco señala que, ante una nueva pandemia, muchas de estas prácticas podrían recuperarse sin la resistencia inicial observada durante 2020. La experiencia dejó conocimientos y conductas preventivas que pueden resultar útiles frente a futuras amenazas.

Al mismo tiempo, determinados hábitos de temor pueden permanecer enquistados. La exposición prolongada a la posibilidad de enfermar o morir modificó la conciencia sobre la vulnerabilidad humana y llevó a algunas personas a mantener conductas de alerta incluso cuando el peligro inmediato disminuyó.

Las consecuencias emocionales no siempre pueden medirse mediante una única variable. Un estudio sobre la convivencia con mascotas durante el confinamiento, por ejemplo, no encontró un beneficio emocional duradero y uniforme, lo que muestra que las respuestas psicológicas dependieron de múltiples circunstancias personales y sociales.

La infodemia deterioró la confianza y la interpretación de la realidad

La sobreabundancia de información, conocida como infodemia, creó otra consecuencia persistente. Durante la emergencia circularon contenidos verdaderos, falsos, contradictorios o descontextualizados, lo que dificultó la comprensión de los riesgos y debilitó la confianza en instituciones sanitarias, científicas y políticas.

Brusco advierte que la desinformación se potencia en sociedades ansiosas, donde los mensajes se interpretan de acuerdo con prejuicios y sesgos personales. Las redes sociales cumplieron una función importante para mantener el contacto, pero también alimentaron la dispersión, la ansiedad y nuevas formas de dependencia cognitiva.

La aceleración tecnológica impulsó además la incorporación de la inteligencia artificial en la salud, la educación y la economía. Su adopción ofreció herramientas útiles, pero también abrió debates sobre sesgos, desigualdad, privacidad, sostenibilidad y delegación de decisiones humanas en sistemas algorítmicos.

Para Brusco, el problema no se limita a determinar si una información es verdadera o falsa. También importa la forma en que se transmiten los mensajes y el impacto emocional que producen, especialmente en poblaciones sometidas durante años a incertidumbre, miedo y polarización.

La recuperación requiere presencia, empatía y escucha activa

El especialista considera que el primer paso consiste en reconocer que estas transformaciones ocurrieron y que sus efectos no desaparecieron con el final de las restricciones. La reconstrucción de los vínculos exige recuperar la presencia, la comunicación y la capacidad de escuchar a otras personas sin la intermediación permanente de pantallas.

Entre las respuestas posibles menciona aumentar la empatía, fortalecer el diálogo, promover la escucha activa y desacelerar el ritmo cotidiano. Estas medidas no conforman una técnica universal, pero pueden contribuir a disminuir el aislamiento y a recuperar experiencias humanas debilitadas durante la pandemia.

La interrupción de rituales y despedidas también afectó la elaboración del duelo. Muchas personas no pudieron acompañar a familiares enfermos ni realizar ceremonias funerarias, por lo que las pérdidas fueron humanas, afectivas y simbólicas. La dificultad para reconstruir sentido frente al dolor continúa formando parte de la experiencia peripandémica.

La peripandemia plantea así un desafío que excede la atención clínica individual. Requiere políticas de salud mental, redes comunitarias, educación emocional y una revisión de los hábitos tecnológicos y sociales que se consolidaron durante el confinamiento y permanecen integrados en la vida cotidiana.

Fuente(s) referenciales

Infobae