Una encuesta publicada en JAMA Psychiatry estimó que el 32% de adultos con trastornos de conducta alimentaria en Estados Unidos probó agonistas GLP-1 y el 10% reportó patrones de uso indebido.
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Karem Díaz S.
El crecimiento del uso de medicamentos inyectables para perder peso abrió una nueva preocupación en salud mental y medicina metabólica. Un estudio publicado en JAMA Psychiatry advirtió que los agonistas del receptor GLP-1, utilizados en diabetes tipo 2 y obesidad, también están llegando a personas con trastornos de conducta alimentaria en formas que pueden agravar conductas de restricción, pérdida rápida de peso y uso sin supervisión médica.
La investigación fue realizada por un equipo del University of Louisville, en Estados Unidos, y analizó una muestra de 436 adultos diagnosticados con trastornos alimentarios. Entre diciembre de 2025 y enero de 2026, los participantes fueron reclutados mediante redes nacionales y plataformas online como parte de un análisis transversal integrado a un proyecto longitudinal más amplio.
Qué son los agonistas GLP-1 y por qué preocupan
Los agonistas del receptor GLP-1 incluyen fármacos como semaglutida, tirzepatida, dulaglutida, liraglutida y exenatida. Su uso se expandió por su eficacia en el control glucémico y la reducción de peso, con indicaciones oficiales para diabetes tipo 2 y obesidad.
El problema señalado por los investigadores no está en el uso médico indicado y supervisado, sino en el consumo fuera de indicación, la manipulación de dosis, el acceso sin receta o el uso de versiones compuestas de calidad desconocida. En personas con trastornos alimentarios, ese escenario puede convertirse en un entorno de riesgo.
El debate sobre estos medicamentos también se ha ampliado en la investigación biomédica, especialmente por sus posibles efectos más allá del peso corporal y la glucosa. Estudios recientes sobre medicamentos GLP-1 muestran que la respuesta del organismo a estas terapias sigue siendo un campo activo de estudio.
Una encuesta con 436 adultos en Estados Unidos
La muestra estudiada tuvo una edad promedio de 34 años y una fuerte predominancia femenina: el 94% de los participantes se identificó como mujer. El grupo incluyó diagnósticos diversos, entre ellos anorexia nerviosa, bulimia, anorexia atípica, trastorno por atracón y cuadros en remisión.
Los datos también mostraron una elevada carga de comorbilidades psiquiátricas. Más del 70% de los participantes reportó antecedentes de trastornos del ánimo y el 88% informó ansiedad. Este punto resulta relevante porque los autores advierten que los riesgos del uso indebido pueden aumentar cuando existen condiciones médicas y psiquiátricas simultáneas.
El 32% probó estos fármacos y el 10% reportó mal uso
El resultado principal fue que 140 personas, equivalentes al 32,1% de la muestra, declararon haber usado alguna vez un agonista GLP-1. De ese grupo, 96 participantes, es decir el 22% del total, reportaron uso actual.
El uso indebido fue identificado en 44 casos, equivalentes al 10,1% de los encuestados. Los investigadores definieron ese mal uso como consumir dosis superiores o inferiores a las prescritas, utilizar el medicamento sin indicación médica, manipular el dispositivo de inyección o compartir el fármaco con otra persona.
Además, el 9,9% de los encuestados reportó uso de fórmulas compuestas no comerciales, algunas de procedencia dudosa o fuera del control regulatorio habitual. Para los autores, este punto amplía la necesidad de farmacovigilancia específica.
Efectos adversos reportados
Entre quienes usaron agonistas GLP-1, los eventos adversos fueron frecuentes. El 81% reportó pérdida significativa de apetito, el 66% náuseas, el 56% trastornos gastrointestinales, el 32% dolor estomacal y el 22% cefaleas.
En una población con trastornos alimentarios, la pérdida marcada de apetito no es un dato menor. Puede reforzar patrones de restricción, pérdida rápida de peso o control corporal que ya forman parte del problema clínico. Por eso los autores subrayaron la necesidad de seguimiento médico y psicológico cuando estos medicamentos aparecen en este contexto.
Por qué los autores piden mayor vigilancia
El estudio advierte que no existe aprobación para utilizar agonistas GLP-1 como tratamiento de trastornos alimentarios, ni siquiera en subtipos con alto riesgo cardiometabólico, como el trastorno por atracón o la anorexia atípica.
El equipo, dirigido por Nicholas C. Peiper, planteó que estos fármacos pueden estar siendo consumidos por algunas personas con trastornos alimentarios para mantener conductas patológicas de restricción y pérdida rápida de peso. La preocupación aumenta porque el mercado avanza hacia versiones orales y agonistas duales o triples, lo que podría ampliar la exposición.
Los investigadores reconocieron límites metodológicos: se trató de un estudio transversal, con muestreo no probabilístico y datos autorreportados. Por esa razón, los porcentajes podrían variar en investigaciones representativas a escala nacional. Sin embargo, el trabajo ofrece una primera estimación directa del fenómeno en una cohorte de pacientes con trastornos de conducta alimentaria.
Una señal para médicos, pacientes y familias
El hallazgo no cuestiona el uso médico indicado de estos tratamientos en diabetes tipo 2 u obesidad. La advertencia se concentra en el acceso sin control, el uso fuera de indicación y la posibilidad de que estos medicamentos refuercen conductas alimentarias de riesgo.
Para médicos, pacientes y familias, el estudio aporta una señal concreta: cuando una persona con antecedentes de anorexia, bulimia, trastorno por atracón u otra alteración de la conducta alimentaria busca medicamentos para bajar de peso, la evaluación debe ser integral. El peso corporal no puede separarse de la salud mental, la historia clínica, la alimentación, el riesgo metabólico y la supervisión profesional.
