La métrica integra cognición, movilidad, sentidos, bienestar psicológico y vitalidad para detectar cambios funcionales antes de que aparezca una discapacidad
Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Eduardo Schmitz
La capacidad intrínseca gana espacio entre investigadores y especialistas en longevidad como una herramienta para evaluar el envejecimiento más allá del número de enfermedades diagnosticadas. La medida reúne distintas funciones físicas y mentales con el propósito de observar qué puede hacer una persona y detectar deterioros antes de que ocasionen una pérdida importante de autonomía.
El concepto fue definido formalmente por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2015, dentro de una estrategia orientada a promover el envejecimiento saludable. Su planteamiento desplaza el foco desde la ausencia de enfermedades hacia la conservación de las capacidades necesarias para desenvolverse, tomar decisiones y participar en la vida cotidiana.
Cinco dimensiones describen la capacidad de una persona
La puntuación de capacidad intrínseca se construye mediante cinco dominios: cognición, locomoción, capacidad sensorial, bienestar psicológico y vitalidad. La evaluación conjunta busca ofrecer una imagen más completa que la obtenida al examinar de forma aislada la memoria, la fuerza, la visión o el estado emocional.
La cognición comprende procesos como memoria, atención, orientación y capacidad para resolver problemas. La locomoción se relaciona con fuerza, equilibrio, velocidad al caminar y facilidad para desplazarse. El componente sensorial incluye principalmente la audición y la visión, dos funciones que influyen sobre la comunicación, la movilidad y la interacción social.
El bienestar psicológico considera aspectos como el estado de ánimo y la salud emocional. La vitalidad, por su parte, intenta representar la energía disponible, la nutrición y la resistencia del organismo frente a distintas exigencias físicas.
John Beard, profesor de envejecimiento productivo en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia y uno de los especialistas que ayudaron a desarrollar el concepto, explicó que la capacidad intrínseca reúne los atributos propios del individuo y observa su funcionamiento en conjunto.
El seguimiento importa más que una puntuación aislada
Varias de las pruebas utilizadas para valorar estos dominios ya forman parte de la atención de los adultos mayores. Entre ellas aparecen la medición de la fuerza de agarre, la velocidad al caminar, las evaluaciones cognitivas y los exámenes de audición y visión.
El principal valor clínico no estaría necesariamente en una medición única, sino en comparar los resultados a lo largo del tiempo. Una reducción gradual en uno o varios componentes podría advertir sobre un deterioro inicial incluso cuando la persona todavía se siente saludable y conserva su independencia.
Este enfoque coincide con la importancia atribuida a la fuerza muscular como indicador del envejecimiento funcional. La dificultad para levantarse de una silla, caminar con seguridad o mantener el equilibrio puede aparecer antes de que exista una discapacidad establecida.
También resulta relevante observar los cambios sostenidos en la memoria y la atención. Una dificultad ocasional para recordar un nombre no equivale a deterioro cognitivo, pero las alteraciones que interfieren con las actividades diarias requieren una evaluación profesional.
Detectar cambios antes de perder autonomía
La medicina tradicional suele intervenir cuando una enfermedad ya produce síntomas o cuando la capacidad funcional ha disminuido de forma evidente. La medición propuesta por la OMS busca abrir una etapa anterior de observación, en la que todavía sea posible identificar cambios pequeños y actuar sobre factores potencialmente modificables.
Una disminución de movilidad podría motivar una evaluación muscular, neurológica o articular. El empeoramiento sensorial permitiría revisar la visión o la audición, mientras una variación en el bienestar psicológico podría llevar a explorar depresión, ansiedad, aislamiento o alteraciones del sueño.
La pérdida simultánea de audición y visión merece especial atención porque puede afectar la orientación, la comunicación y la seguridad. Los efectos de la reducción sensorial sobre la fragilidad en adultos mayores muestran por qué estos cambios no deben considerarse consecuencias inevitables o irrelevantes de la edad.
La capacidad intrínseca tampoco sustituye un diagnóstico. Su función potencial sería señalar que una persona necesita estudios adicionales o una intervención específica, no identificar por sí sola la causa de un deterioro.
Francia prueba un sistema de evaluación periódica
El concepto se estudia actualmente en un ensayo realizado en condiciones de vida cotidiana en Francia. Los adultos mayores participantes completan periódicamente un cuestionario destinado a evaluar su capacidad intrínseca y reciben recomendaciones personalizadas de acuerdo con los resultados.
Cuando la puntuación comienza a descender, la persona es remitida a un médico o a un profesional de enfermería geriátrica capacitado para realizar pruebas complementarias y decidir si necesita tratamiento. El sistema intenta reducir el intervalo entre la aparición de una señal funcional y la intervención sanitaria.
Los investigadores todavía no disponen de resultados definitivos que demuestren que este método mejora la salud o prolonga la vida. La experiencia francesa permitirá determinar si el seguimiento periódico conduce a intervenciones oportunas y si estas consiguen preservar las capacidades.
La métrica también podría evaluar tratamientos de longevidad
La Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados para la Salud de Estados Unidos (ARPA-H), dependiente del Departamento de Salud y Servicios Humanos, financia un programa dedicado a estudiar la capacidad intrínseca como posible indicador para investigaciones sobre envejecimiento.
Uno de los obstáculos para desarrollar medicamentos destinados a prolongar la vida saludable es la dificultad de demostrar sus resultados. Comprobar si una sustancia aumenta la esperanza de vida podría exigir estudios de varias décadas, con costos elevados y numerosos factores capaces de alterar las conclusiones.
Los científicos buscan por ello un indicador intermedio que refleje cambios significativos en el funcionamiento del organismo. El programa de ARPA-H intenta determinar si la capacidad intrínseca se relaciona de manera consistente con el bienestar, el desempeño cotidiano, la discapacidad y la mortalidad.
También se investigará si la puntuación puede mejorar mediante ejercicio, modificaciones del estilo de vida o medicamentos existentes a los que se atribuyen posibles efectos sobre la longevidad, incluidos los fármacos GLP-1. Los responsables del proyecto advierten que todavía no saben si la métrica funcionará con esa finalidad.
El envejecimiento no está reconocido como una enfermedad
La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) no considera el envejecimiento una enfermedad. En consecuencia, no evalúa medicamentos por su capacidad general para modificar ese proceso, lo que obliga a los investigadores a establecer resultados clínicos concretos y medibles.
La OMS incorporó en 2022 el deterioro de la capacidad intrínseca asociado al envejecimiento en la undécima edición de la Clasificación Internacional de Enfermedades. Sin embargo, numerosos países, incluido Estados Unidos, continúan utilizando versiones anteriores de la clasificación.
Si la investigación demuestra que esta medida refleja cambios reales y puede responder a intervenciones, podría facilitar la evaluación de terapias destinadas a conservar funciones. Eso no significa que exista actualmente un medicamento aprobado capaz de detener el envejecimiento ni que una puntuación pueda determinar cuántos años vivirá una persona.
El estilo de vida influye en varias dimensiones
Los componentes de la capacidad intrínseca no evolucionan de manera independiente. La pérdida de fuerza puede reducir la movilidad y la participación social; una deficiencia auditiva puede favorecer el aislamiento; y un estado emocional deteriorado puede afectar el sueño, la alimentación y la actividad física.
El ejercicio progresivo, la atención de los problemas sensoriales, los vínculos sociales, el descanso y una alimentación adecuada pueden apoyar distintas funciones. La selección de alimentos nutritivos después de los 60 años, por ejemplo, ayuda a cubrir necesidades relacionadas con músculos, huesos, corazón y cerebro, aunque ningún alimento aislado garantiza un envejecimiento saludable.
Los científicos también estudian por qué algunas personas conservan una memoria excepcional durante décadas. Las investigaciones sobre los llamados superancianos y su resistencia al deterioro cognitivo sugieren que la actividad, la curiosidad, el bienestar emocional y los vínculos sociales pueden coexistir con características cerebrales particulares.
La capacidad intrínseca permanece por ahora como una herramienta de investigación y no como una prueba que pueda solicitarse rutinariamente en cualquier consulta. Su desarrollo dependerá de establecer métodos comparables, comprobar su utilidad clínica y determinar qué cambios justifican una intervención.
Fuente referencial:
Infobae / The New York Times
