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VacunaciónMpox refuerza la cooperación internacionalEl nuevo mecanismo mundial de reserva de vacunas busca acelerar el acceso de los países que necesiten responder a brotes de mpox.
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Salud mentalBrecha de atención todavía elevadaMás de mil millones de personas viven con alguna condición de salud mental y persisten importantes desigualdades en el acceso a servicios.
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NutriciónPrevención ligada a enfermedades crónicasLa alimentación saludable continúa siendo una herramienta central frente a enfermedades no transmisibles y otros factores de riesgo prevenibles.
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CrónicasSeguridad asistencial gana prioridadLa agenda sanitaria internacional refuerza la necesidad de reducir daños evitables durante la atención continuada de enfermedades no transmisibles.
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AlertasEbola Bundibugyo continúa bajo vigilanciaLa transmisión en la República Democrática del Congo sigue activa y la expansión geográfica mantiene elevada la presión sobre vigilancia y respuesta sanitaria.
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InvestigaciónIA sanitaria entra en fase de mayor supervisiónLa OMS presenta este 21 de septiembre nuevas orientaciones sobre supervisión ética de investigaciones sanitarias relacionadas con inteligencia artificial.

Alzheimer: señales de alerta y claves para cuidar el cerebro


En el Día Mundial del Alzheimer, especialistas explican cómo distinguir cambios normales de la edad, cuándo consultar y qué factores modificables pueden ayudar a reducir el riesgo de demencia


Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz

Cada 21 de septiembre, el Día Mundial del Alzheimer pone el foco sobre una enfermedad neurodegenerativa progresiva que constituye la causa más frecuente de demencia. La fecha de 2026 llega acompañada de nuevas recomendaciones internacionales sobre reducción del riesgo y de un mensaje central de los especialistas: los problemas persistentes de memoria, orientación, lenguaje o capacidad para realizar actividades cotidianas no deben considerarse automáticamente una consecuencia normal del envejecimiento.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 57 millones de personas vivían con demencia en 2021 y que cada año aparecen cerca de 10 millones de nuevos casos. Más del 60% de las personas afectadas reside en países de ingresos bajos y medios. La demencia, además, no designa una enfermedad específica, sino un conjunto de alteraciones que afectan la memoria y otras capacidades cognitivas hasta interferir significativamente con la vida diaria.

La edad es el factor de riesgo conocido más importante, pero la demencia no constituye una parte inevitable del envejecimiento. Comprender esa diferencia resulta especialmente relevante cuando aparecen cambios cognitivos. Algunos olvidos ocasionales pueden formar parte de la edad, mientras que las dificultades repetidas que afectan actividades habituales requieren evaluación profesional. Esta distinción también aparece al analizar las señales que muestran cómo está envejeciendo el cerebro.

Qué ocurre en el cerebro con la enfermedad de Alzheimer

La enfermedad puede comenzar a producir cambios biológicos muchos años antes de que sus manifestaciones clínicas sean evidentes. Entre los procesos característicos se encuentran alteraciones relacionadas con las proteínas beta-amiloide y tau, cuya acumulación anormal está vinculada con el daño progresivo de las células nerviosas y de las conexiones cerebrales.

Con el avance de la enfermedad, determinadas regiones cerebrales pierden volumen y se deterioran funciones necesarias para almacenar recuerdos, comunicarse, orientarse, planificar y desarrollar tareas cotidianas. Investigaciones sobre la actividad cerebral también han observado modificaciones en la dinámica de los circuitos neuronales en personas con deterioro cognitivo leve y Alzheimer, un campo abordado en estudios sobre las conexiones neuronales asociadas con el Alzheimer.

Alzheimer y demencia, por tanto, no son términos equivalentes. La demencia describe un síndrome caracterizado por un deterioro de capacidades cognitivas suficientemente importante para interferir con la autonomía. El Alzheimer es una enfermedad cerebral y constituye su causa más frecuente.

Qué señales justifican una consulta médica

Los problemas de memoria reciente figuran entre las manifestaciones tempranas más conocidas, pero no son las únicas. También pueden aparecer dificultades persistentes para concentrarse, organizar actividades, tomar decisiones, seguir una secuencia de pasos o resolver situaciones que antes resultaban habituales.

Otros cambios incluyen problemas para encontrar palabras o mantener una conversación, desorientación respecto del tiempo o el lugar y dificultades para interpretar correctamente el entorno. Algunas personas experimentan además modificaciones del estado de ánimo, ansiedad, irritabilidad, pérdida de interés por actividades habituales o cambios de personalidad.

La diferencia fundamental está en la frecuencia, progresión e impacto funcional de estas alteraciones. Olvidar ocasionalmente una fecha y recordarla después no equivale a perder reiteradamente la orientación temporal. Del mismo modo, tardar en encontrar una palabra puede ocurrir durante el envejecimiento normal, mientras que una dificultad creciente para comunicarse merece atención clínica.

La sensación de lentitud mental tampoco significa necesariamente que exista una enfermedad neurodegenerativa. Falta de sueño, estrés y otros factores pueden influir sobre la atención y la memoria, como ocurre con los hábitos cotidianos relacionados con la niebla mental y la pérdida de claridad. Precisamente por la diversidad de posibles causas, una evaluación profesional es necesaria ante cambios persistentes.

El diagnóstico temprano permite organizar mejor la atención

Actualmente no existe una cura para la enfermedad de Alzheimer, pero el diagnóstico oportuno permite evaluar las causas de los síntomas, establecer estrategias de tratamiento y atención y planificar el acompañamiento de la persona y su familia. Santiago O’Neill, jefe de la Clínica de la Memoria de la Fundación Favaloro, e Ignacio Flores, neurólogo del Centro de la Memoria de esa institución, destacan la importancia de la evaluación especializada frente a alteraciones cognitivas persistentes.

El proceso diagnóstico puede combinar la historia clínica, entrevistas con el paciente y familiares, evaluación neurológica, pruebas cognitivas y otros estudios seleccionados de acuerdo con cada caso. Los biomarcadores relacionados con la enfermedad han adquirido una importancia creciente en la investigación y en determinados contextos clínicos, aunque su indicación e interpretación corresponden a profesionales especializados.

La evolución tampoco es idéntica en todas las personas. La edad al diagnóstico, el estado general de salud, la presencia de otras enfermedades y las características individuales pueden modificar el curso clínico y las necesidades de asistencia.

La mayoría de los casos no responde a una herencia directa

Tener un familiar con demencia puede generar preocupación, pero la mayoría de los casos no se transmite directamente de padres a hijos mediante una mutación determinante. Existen formas hereditarias poco frecuentes, especialmente entre algunos casos de aparición muy temprana.

La genética puede contribuir al riesgo sin determinar por sí sola que una persona desarrollará la enfermedad. Edad, salud cardiovascular, condiciones metabólicas, ambiente y hábitos de vida forman parte de una interacción compleja que continúa siendo objeto de investigación.

Hasta el 45% del riesgo de demencia podría prevenirse o retrasarse

La OMS publicó en 2026 la segunda edición de sus directrices para reducir el riesgo de deterioro cognitivo y demencia. El organismo señala que actuar durante el curso de la vida sobre factores modificables puede prevenir o retrasar hasta aproximadamente el 45% del riesgo de demencia a escala poblacional. Esa estimación no significa que modificar hábitos garantice que una persona determinada nunca desarrollará Alzheimer.

Entre los factores sobre los que puede actuarse se encuentran hipertensión, diabetes, tabaquismo, inactividad física, obesidad, consumo excesivo de alcohol, pérdida auditiva, problemas de visión no tratados, colesterol LDL elevado, depresión, aislamiento social, lesiones cerebrales y exposición a contaminación atmosférica, además de factores relacionados con la educación y la estimulación cognitiva.

La actividad física ocupa un lugar destacado dentro de las medidas preventivas. Un metaanálisis internacional con más de 4,2 millones de participantes encontró que el ejercicio realizado durante el tiempo libre se asocia con menor riesgo de demencia, aunque este tipo de estudios identifica asociaciones y no permite garantizar protección individual.

Sueño, alimentación y vínculos también forman parte de la salud cerebral

El descanso adecuado participa en procesos esenciales para la memoria y el funcionamiento cerebral. Estudios experimentales han mostrado que incluso períodos breves de privación de sueño pueden producir cambios en marcadores relacionados con procesos neurológicos. La evidencia disponible sobre la relación entre insomnio, beta-amiloide y salud cerebral refuerza la importancia de atender los trastornos persistentes del sueño, sin interpretar una mala noche como señal de Alzheimer.

La alimentación también forma parte de un enfoque integral. No existe un alimento capaz de prevenir por sí solo la enfermedad, pero los patrones que priorizan vegetales, legumbres, cereales integrales, pescado, frutos secos, grasas insaturadas y alimentos ricos en fibra pueden contribuir a la salud cardiovascular y cerebral. Esta relación se refleja en las recomendaciones sobre alimentos y patrones nutricionales vinculados con la salud cerebral.

Mantener relaciones sociales, participar en actividades comunitarias y conservar oportunidades de aprendizaje y estimulación cognitiva son otras dimensiones relevantes. Reducir el aislamiento social forma parte de las intervenciones consideradas en las estrategias contemporáneas de prevención de la demencia.

Prevenir no significa responsabilizar a quien desarrolla Alzheimer

Las recomendaciones sobre hábitos saludables deben interpretarse como reducción de riesgo y no como una garantía. Una persona puede mantener un estilo de vida saludable y desarrollar Alzheimer, mientras que otra con varios factores de riesgo puede no presentar la enfermedad. La prevención trabaja sobre probabilidades poblacionales dentro de una enfermedad en la que intervienen edad, biología, genética, ambiente y condiciones sociales.

Por esa razón, el mensaje sanitario combina dos objetivos: actuar sobre los factores modificables desde etapas tempranas de la vida y facilitar el diagnóstico cuando aparecen síntomas. Ante pérdidas de memoria progresivas, desorientación, dificultades para comunicarse, cambios importantes de comportamiento o problemas para realizar actividades habituales, la consulta médica permite investigar la causa y determinar los pasos adecuados.

Fuentes referenciales:
Infobae Salud
Organización Mundial de la Salud: demencia
Organización Mundial de la Salud: directrices 2026 para reducir el riesgo de deterioro cognitivo y demencia