Alteraciones de beta amiloide y tau pueden desarrollarse durante una etapa sin síntomas evidentes; especialistas explican qué cambios cognitivos persistentes justifican una evaluación médica
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz
La enfermedad de Alzheimer puede iniciar su proceso biológico muchos años antes de que aparezcan problemas evidentes de memoria, orientación o autonomía. Durante ese periodo silencioso, una persona puede continuar trabajando, relacionándose y realizando sus actividades cotidianas mientras en el cerebro comienzan a desarrollarse alteraciones asociadas con la enfermedad.
Especialistas del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) y del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro explicaron, en vísperas del Día Mundial del Alzheimer del 21 de septiembre, que esta diferencia entre el comienzo biológico y la aparición de síntomas está modificando la manera en que la medicina investiga y detecta la enfermedad.
El Alzheimer es la causa más frecuente de demencia y representa entre el 60% y el 80% de los casos. Las demencias afectan actualmente a más de 60 millones de personas en el mundo, mientras el envejecimiento de la población incrementa el desafío para los sistemas sanitarios.
Beta amiloide y tau pueden alterarse antes de los síntomas
El Alzheimer es un proceso neurodegenerativo progresivo asociado, entre otros fenómenos, con alteraciones de las proteínas beta amiloide y tau. Estos cambios pueden comenzar mucho antes de que una persona o su entorno detecten dificultades cognitivas.
La beta amiloide puede acumularse formando placas fuera de las neuronas, mientras las alteraciones de tau están relacionadas con la formación de ovillos dentro de las células nerviosas. Ambos procesos forman parte de la biología característica de la enfermedad, aunque su presencia y evolución deben interpretarse dentro de un contexto clínico completo.
La investigación está permitiendo observar esas alteraciones cada vez antes. En esa línea, un nuevo trazador PET estudiado por la Universidad de Pittsburgh mostró mayor capacidad para identificar depósitos tempranos de tau que una técnica utilizada como referencia, un avance dirigido precisamente a visualizar cambios que pueden preceder al deterioro clínico.
El doctor Guido Dorman, jefe del Departamento de Neurología Cognitiva de INECO, señaló que durante la fase biológica inicial una persona puede no presentar dificultades cognitivas evidentes y mantener una vida normal. Esta etapa es uno de los principales focos actuales de investigación sobre Alzheimer.
La reserva cognitiva puede ayudar al cerebro a mantener sus funciones
Una de las razones por las que los cambios cerebrales no se traducen inmediatamente en síntomas visibles está relacionada con la reserva cognitiva. Este concepto describe la capacidad del cerebro para sostener su funcionamiento frente a determinadas alteraciones y está vinculado con experiencias acumuladas a lo largo de la vida.
La educación, el aprendizaje, la actividad laboral, las relaciones sociales y la estimulación cognitiva forman parte de los factores asociados con esa reserva. Esto no significa que una elevada reserva cognitiva impida desarrollar Alzheimer, sino que puede influir en la manera y el momento en que sus efectos clínicos se hacen evidentes.
La enfermedad tampoco depende de un único mecanismo. Investigaciones recientes han mostrado la complejidad de los procesos celulares involucrados. Por ejemplo, el estudio de diferentes subtipos de microglía ha identificado respuestas celulares potencialmente protectoras frente a la patología del Alzheimer, lo que amplía el conocimiento sobre cómo el cerebro responde a la acumulación de materiales anormales.
Los biomarcadores permiten observar una fase antes invisible
Los avances en biomarcadores están haciendo posible detectar algunos cambios asociados con el Alzheimer mediante técnicas de imagen cerebral, análisis del líquido cefalorraquídeo y, más recientemente, determinados análisis de sangre.
La disponibilidad de estas herramientas está cambiando la investigación clínica. Existen ensayos que estudian a personas que presentan alteraciones biológicas relacionadas con Alzheimer pero todavía no tienen síntomas cognitivos, con el objetivo de determinar si intervenir en etapas más tempranas puede modificar la evolución posterior de la enfermedad.
Este enfoque no significa que todas las personas sanas deban someterse a pruebas de biomarcadores. INECO subraya que estos resultados deben interpretarse dentro de una evaluación clínica y que actualmente no existe una indicación general para realizar este tipo de estudios a toda persona sin síntomas.
La evolución de las herramientas diagnósticas también incluye técnicas sanguíneas capaces de medir proteínas relacionadas con la enfermedad. Su desarrollo busca complementar la evaluación clínica y facilitar la identificación de patología cerebral sin depender exclusivamente de procedimientos más complejos o costosos.
La memoria reciente es importante, pero no es la única señal
La dificultad persistente para recordar información reciente constituye una de las manifestaciones características del Alzheimer. Una persona puede olvidar conversaciones recientes, repetir preguntas o perder información que antes conseguía retener con normalidad.
Sin embargo, la enfermedad no se manifiesta exclusivamente mediante la memoria. También pueden aparecer dificultades para encontrar palabras, orientarse en lugares conocidos, resolver situaciones cotidianas o completar actividades que anteriormente se realizaban sin problemas.
Los cambios en el ánimo, la conducta o el carácter también pueden acompañar el deterioro cognitivo. La importancia clínica está en observar modificaciones persistentes respecto del funcionamiento habitual de cada persona, especialmente cuando aumentan progresivamente o empiezan a interferir con su autonomía.
Investigaciones sobre la actividad cerebral han mostrado además que la neurodegeneración puede modificar la dinámica de las redes neuronales. Un análisis publicado anteriormente por Mundo de la Salud describió diferencias en la forma en que se activan los circuitos cerebrales en personas con deterioro cognitivo leve y Alzheimer, aunque estos hallazgos continúan en investigación y no constituyen por sí solos una prueba diagnóstica.
Seis pautas para observar posibles cambios cognitivos
Los especialistas plantean seis criterios prácticos para decidir cuándo prestar mayor atención. El primero es observar cambios persistentes en la memoria u otras capacidades cognitivas que antes no estaban presentes, en lugar de interpretar un olvido aislado como señal de enfermedad.
La segunda pauta consiste en valorar la frecuencia, progresión y contexto de los olvidos. Perder ocasionalmente un nombre, una palabra o algún detalle puede ocurrir a cualquier edad y no equivale a padecer Alzheimer.
El tercer criterio es observar si aparecen dificultades para realizar actividades anteriormente habituales, desorientación en lugares conocidos o un deterioro cognitivo progresivo. Cuando estos cambios afectan el desenvolvimiento cotidiano, justifican una consulta profesional.
La cuarta recomendación es recurrir a una evaluación clínica para determinar qué está ocurriendo y establecer si son necesarios estudios adicionales. La valoración puede incluir historia clínica, pruebas cognitivas y, dependiendo del caso, estudios complementarios.
El quinto punto es recordar que existen numerosas causas de problemas cognitivos y algunas son potencialmente tratables. El estrés, la falta de sueño, determinados medicamentos y los problemas emocionales pueden afectar la memoria y la atención, entre otros factores.
La sexta pauta se relaciona con los avances científicos: los biomarcadores y los ensayos realizados en personas sin síntomas están permitiendo investigar etapas cada vez más tempranas, pero estas herramientas no sustituyen la evaluación médica ni deben interpretarse aisladamente.
Un olvido ocasional no equivale a Alzheimer
Diferenciar los olvidos cotidianos de un cambio persistente es fundamental para evitar tanto la alarma innecesaria como la normalización de síntomas que deberían evaluarse. La memoria puede fluctuar por cansancio, estrés, problemas de sueño, estado emocional, medicamentos y múltiples condiciones médicas.
El sueño merece particular atención porque participa en procesos vinculados con la memoria y la fisiología cerebral. Investigaciones han encontrado asociaciones entre el descanso y proteínas relacionadas con el Alzheimer. Mundo de la Salud informó que incluso una noche de privación de sueño puede producir cambios medibles en beta amiloide, aunque un episodio aislado de insomnio no significa que una persona tenga o vaya a desarrollar la enfermedad.
Otros estudios han observado una relación entre el sueño profundo y tau. En personas mayores, una menor cantidad de sueño de ondas lentas se ha asociado con niveles más elevados de tau, reforzando el interés científico por la interacción entre descanso, envejecimiento y neurodegeneración.
El diagnóstico temprano permite organizar mejor la atención
El doctor Ignacio Flores, neurólogo del Centro de la Memoria del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, explicó que el Alzheimer continúa siendo una enfermedad sin cura y de progresión lenta, pero dispone de tratamiento. Una identificación temprana permite organizar la atención, valorar las opciones terapéuticas y acompañar al paciente y a su familia desde fases menos avanzadas.
La detección temprana adquiere mayor importancia a medida que se desarrollan tratamientos y estrategias dirigidas a etapas iniciales. También existen investigaciones experimentales que exploran mecanismos diferentes. En Barcelona, por ejemplo, un ensayo clínico estudia una intervención quirúrgica experimental en personas con Alzheimer temprano para evaluar si favorecer el drenaje cerebral puede influir sobre proteínas asociadas con la enfermedad.
La investigación también intenta comprender cómo tau se propaga dentro del cerebro. Un estudio publicado en Cell identificó un mecanismo relacionado con la proteína Arc que puede transportar tau tóxica entre neuronas. Los experimentos se realizaron principalmente en modelos animales y aportan una posible vía de investigación, no un tratamiento clínico establecido.
La edad sigue siendo el principal factor de riesgo
La edad es el principal factor de riesgo conocido para desarrollar Alzheimer, aunque envejecer no significa necesariamente desarrollar la enfermedad. El aumento de la expectativa de vida está elevando el número absoluto de personas expuestas a enfermedades neurodegenerativas y convierte a las demencias en un desafío creciente de salud pública.
El doctor Santiago O’Neill, jefe de la Clínica de la Memoria del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, destacó que actualmente más de 60 millones de personas viven con demencia en el mundo y que se estima que cada tres segundos aparece un nuevo caso.
Frente a este escenario, la investigación está desplazando parte de su atención hacia las etapas anteriores a los síntomas: cuándo empiezan las alteraciones biológicas, por qué algunas personas mantienen durante más tiempo sus capacidades cognitivas y qué intervenciones podrían resultar útiles antes de que el deterioro afecte la vida cotidiana.
Para las personas y sus familias, el mensaje inmediato es más concreto: no interpretar cualquier olvido como Alzheimer, pero tampoco ignorar cambios persistentes o progresivos en memoria, lenguaje, orientación, resolución de tareas, conducta o autonomía. La evaluación profesional es la que permite determinar su origen y decidir si se necesitan estudios adicionales.
Fuentes referenciales:
Infobae
INECO
