Un experimento con 279 participantes revela que las preferencias por determinados alimentos dificultan aprender nuevas asociaciones y que el orden de las experiencias puede influir en la capacidad de adaptación.
Redacción: Redacción Mundo de la Salud
Editor: Eduardo Schmitz
Modificar los hábitos alimentarios puede resultar difícil incluso cuando una persona comprende los beneficios de una dieta más saludable. Una investigación de la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale, en Estados Unidos, ha encontrado que las preferencias y rechazos establecidos hacia determinados alimentos pueden interferir con el aprendizaje de nuevas asociaciones, especialmente cuando las primeras experiencias refuerzan esas inclinaciones.
El estudio, publicado el 9 de octubre de 2026 en la revista científica Communications Psychology, examinó cómo las valoraciones emocionales previas influyen en la capacidad de modificar respuestas relacionadas con la comida. Los investigadores observaron que las personas tenían mayores dificultades para adaptarse cuando primero recibían información que coincidía con sus gustos y posteriormente debían aprender una regla contraria.
El resultado aporta una explicación experimental sobre la resistencia de algunas preferencias alimentarias, aunque no demuestra que una técnica determinada permita cambiar de manera duradera la dieta cotidiana.
La investigación fue desarrollada por un equipo encabezado por Ifat Levy, profesora de Medicina Comparada de Yale, con la participación de Alex Rich, antiguo investigador de su laboratorio y actualmente vinculado al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).
Las preferencias alimentarias influyen en el aprendizaje
La elección de los alimentos no depende exclusivamente de sus características nutricionales. También intervienen las experiencias personales, los recuerdos, las emociones y las asociaciones construidas durante años.
Una comida puede despertar agrado por su sabor, por su relación con momentos familiares o por la frecuencia con la que se consume. Del mismo modo, determinados alimentos pueden generar rechazo debido a experiencias anteriores o preferencias establecidas desde la infancia.
Estas valoraciones forman parte del aprendizaje cotidiano y pueden mantenerse incluso cuando aparecen nuevas razones para modificar la alimentación.
La investigación de Yale se concentró precisamente en esa interacción entre las preferencias previas y la adquisición de nuevas reglas.
En lugar de estudiar directamente cuánto comían los participantes, los científicos diseñaron una tarea experimental para determinar si podían aprender asociaciones positivas y negativas que contradijeran sus gustos personales.
El enfoque permitió separar dos cuestiones relacionadas, pero diferentes: sentir agrado por un alimento y aprender que ese alimento tiene una consecuencia determinada dentro de una actividad.
Esta distinción resulta importante para comprender por qué conocer las recomendaciones nutricionales no siempre se traduce automáticamente en cambios de comportamiento.
El experimento utilizó alimentos que despertaban agrado o rechazo
Los investigadores trabajaron con 279 participantes distribuidos en grupos experimentales.
Cada persona debía seleccionar cuatro alimentos hacia los que tuviera preferencias claramente definidas: dos que le gustaran y dos que le desagradaran.
Posteriormente, los participantes realizaron una tarea informática en la que tenían que predecir si determinados alimentos recibirían puntos positivos o negativos.
En algunas fases, las reglas coincidían con sus preferencias. Los alimentos apreciados recibían puntuaciones positivas y los rechazados, negativas.
En otras fases, las asociaciones se invertían. Los participantes debían aprender que un alimento que les gustaba recibiría puntos negativos, mientras que uno que rechazaban obtendría una puntuación positiva.
La dificultad consistía en adaptar sus predicciones a las reglas del experimento, aunque estas contradijeran las valoraciones personales.
Por ejemplo, alguien que disfrutaba del helado y rechazaba el brócoli podía encontrarse primero con una regla favorable al helado y desfavorable al brócoli. Después debía aprender la asociación contraria.
La tarea no pretendía modificar directamente el sabor percibido ni obligar a consumir esos productos. Su objetivo era medir la flexibilidad para aprender nuevas relaciones entre alimentos y resultados.
Reforzar primero una preferencia dificultó cambiarla después
El hallazgo más relevante apareció al comparar el orden en que se presentaban las reglas.
Los participantes que comenzaron con asociaciones compatibles con sus preferencias tuvieron mayores dificultades para adaptarse cuando las condiciones cambiaron.
En cambio, quienes se enfrentaron desde el principio a reglas que contradecían sus gustos mostraron una mayor facilidad relativa para modificar posteriormente sus respuestas.
Los investigadores interpretaron este patrón como una posible manifestación del efecto de primacía, un fenómeno por el cual la información o las experiencias iniciales influyen en la manera de procesar lo que aparece después.
En el experimento, comenzar con una regla que confirmaba una preferencia parecía reforzar la asociación ya existente, dificultando su sustitución cuando el sistema exigía una respuesta diferente.
Alex Rich describió este resultado como inesperado por la intensidad de la diferencia observada entre las condiciones experimentales.
La investigación sugiere que no solo importa qué información recibe una persona, sino también cuándo la recibe y cómo se relaciona con sus experiencias anteriores.
Sin embargo, los resultados no permiten concluir que presentar información contradictoria al inicio de cualquier programa nutricional garantice cambios de conducta. Esa posibilidad necesitaría comprobarse mediante intervenciones específicas.
Las emociones pueden hacer más resistentes las decisiones sobre comida
Los investigadores explicaron que las emociones participan activamente en los procesos de aprendizaje.
El agrado puede favorecer la repetición de una experiencia, mientras que el disgusto puede impulsar su evitación. En la alimentación, estas respuestas adquieren especial importancia porque los alimentos forman parte de actividades cotidianas que se repiten durante años.
La comida también posee un componente emocional que no siempre está presente en otros objetos utilizados en experimentos psicológicos.
En investigaciones anteriores, las personas podían modificar con relativa facilidad sus respuestas cuando trabajaban con figuras geométricas u otros estímulos sin una valoración afectiva importante.
Con los alimentos, la situación resultó diferente.
Los participantes tuvieron dificultades para asignar resultados negativos a productos que apreciaban y resultados positivos a aquellos que rechazaban.
La profesora Ifat Levy destacó que las preferencias preexistentes pueden ser especialmente resistentes, aunque pequeñas modificaciones en la forma de presentar una experiencia podrían influir en el aprendizaje.
Estos resultados se relacionan con una cuestión más amplia de la investigación sanitaria: la interacción entre los procesos cognitivos y las decisiones cotidianas que influyen en la salud.
La importancia de mantener hábitos que favorezcan el funcionamiento cerebral incluye tanto las conductas repetidas como la capacidad de aprender y adaptarse a nuevas circunstancias.
Fue más sencillo modificar asociaciones con alimentos rechazados
Otro resultado llamó la atención del equipo investigador.
Los participantes mostraron una mayor facilidad para aprender nuevas asociaciones relacionadas con alimentos que inicialmente no les gustaban que para modificar las correspondientes a productos apreciados.
Esta diferencia sugiere que el rechazo y el agrado no necesariamente presentan la misma resistencia al cambio dentro de una tarea de aprendizaje.
Los autores plantearon que el hallazgo podría ayudar a comprender por qué algunas personas encuentran más sencillo incorporar determinados alimentos a su dieta que abandonar otros que disfrutan especialmente.
Rich utilizó un ejemplo cotidiano para ilustrar esa posibilidad: podría resultar más fácil comenzar a incluir brócoli en la alimentación que dejar de consumir helado.
No obstante, se trata de una interpretación preliminar.
El experimento no comparó dietas reales ni midió si los participantes incorporaron verduras, redujeron alimentos dulces o modificaron su peso corporal después de completar la prueba.
Por tanto, los resultados permiten formular nuevas preguntas sobre la modificación de hábitos, pero no constituyen una demostración clínica de que añadir alimentos saludables sea siempre más eficaz que restringir otros.
Qué implicaciones podría tener para las intervenciones nutricionales
Los programas destinados a mejorar la alimentación suelen incluir recomendaciones sobre la calidad de los alimentos, el tamaño de las porciones y la frecuencia de consumo.
Sin embargo, cumplir esas recomendaciones puede resultar complicado cuando entran en conflicto con preferencias establecidas.
La investigación de Yale sugiere que las intervenciones futuras podrían beneficiarse de una mayor atención a las asociaciones emocionales que las personas mantienen con la comida.
También plantea la posibilidad de estudiar cómo influye el orden de las experiencias educativas en la aceptación de nuevas pautas alimentarias.
Estas hipótesis podrían investigarse mediante programas que comparen diferentes maneras de presentar información, introducir alimentos o trabajar sobre las preferencias previas.
Para comprobar su utilidad sería necesario observar resultados concretos, como cambios sostenidos en la selección de alimentos, adherencia a recomendaciones nutricionales y efectos sobre indicadores de salud.
La calidad general de la alimentación continúa siendo un aspecto central de la prevención sanitaria. Investigaciones anteriores han destacado que una dieta vegetal de buena calidad puede asociarse con beneficios para la salud cerebral, aunque esos estudios analizan resultados distintos de los examinados por Yale.
La dificultad para adoptar un patrón alimentario saludable no elimina sus posibles beneficios, pero recuerda que la información nutricional debe acompañarse de estrategias realistas para facilitar su incorporación a la vida diaria.
El estudio no demuestra cambios permanentes en la alimentación
Una de las principales limitaciones de la investigación es que sus resultados proceden de una tarea experimental basada en puntuaciones.
Los participantes debían aprender asociaciones dentro de un programa informático, no modificar sus compras, preparar comidas diferentes o mantener una dieta durante semanas o meses.
Por esta razón, no puede establecerse que las diferencias observadas produzcan necesariamente cambios duraderos en los hábitos alimentarios.
La investigación tampoco permite determinar cuánto tiempo persiste el efecto de las experiencias iniciales ni si aparece de la misma manera en personas con necesidades nutricionales particulares.
Las decisiones alimentarias están condicionadas por factores adicionales, entre ellos la disponibilidad de productos, los ingresos económicos, el tiempo para cocinar, las costumbres familiares y determinadas condiciones médicas.
Estas circunstancias pueden facilitar o dificultar el seguimiento de una recomendación, independientemente de las preferencias personales.
Además, los mecanismos psicológicos relacionados con la selección de alimentos no deben confundirse automáticamente con los procesos biológicos que regulan el apetito y la saciedad.
La investigación sobre la relación entre nutrición, microbiota intestinal y cerebro examina otras vías mediante las cuales la alimentación puede interactuar con el organismo, pero no demuestra por sí misma los mecanismos responsables del efecto de primacía observado en este experimento.
La alimentación saludable también depende de patrones sostenidos
Las recomendaciones nutricionales suelen destacar la importancia de mantener una alimentación variada que incluya verduras, frutas, legumbres, cereales integrales y fuentes adecuadas de proteínas y grasas saludables.
La elección de estos alimentos puede contribuir a la salud cardiovascular, metabólica y cerebral cuando forma parte de un patrón equilibrado.
Sin embargo, conocer sus beneficios no significa que todas las personas puedan incorporarlos con la misma facilidad.
Los resultados de Yale ayudan a explicar una parte del problema: las valoraciones previas pueden interferir con el aprendizaje de nuevas asociaciones, incluso cuando las reglas que deben seguirse son claras.
En ese contexto, las intervenciones nutricionales necesitan considerar tanto la información científica como las experiencias personales que influyen sobre las decisiones.
La investigación sobre alimentos asociados con la salud cerebral muestra la relevancia de la calidad del patrón alimentario, mientras que el nuevo trabajo aporta una perspectiva complementaria sobre las dificultades psicológicas que pueden surgir al intentar modificarlo.
La combinación de ambos enfoques puede orientar futuras investigaciones, aunque todavía no existe evidencia suficiente para convertir los resultados del experimento en un protocolo de intervención nutricional.
Los investigadores buscan comprender mejor la flexibilidad alimentaria
Alex Rich ha trabajado anteriormente en investigaciones relacionadas con trastornos de la conducta alimentaria y el aprendizaje.
Uno de los intereses del equipo consiste en comprender cómo las asociaciones previas pueden influir sobre la capacidad de adaptación en situaciones donde modificar la alimentación tiene importancia clínica.
El estudio abre una línea de investigación sobre el papel de las primeras experiencias y las respuestas emocionales en la adquisición de nuevas reglas.
También plantea la necesidad de examinar si determinados procedimientos de aprendizaje pueden ayudar a modificar asociaciones resistentes sin recurrir exclusivamente a instrucciones o restricciones.
La investigación recibió apoyo de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos y de la Universidad de Yale.
Sus conclusiones deben interpretarse dentro del alcance experimental del trabajo: las preferencias alimentarias previas influyeron en la capacidad de aprender nuevas asociaciones, y el orden de presentación de las reglas modificó la dificultad de adaptación.
La aplicación de estos resultados a dietas terapéuticas, programas de prevención de enfermedades metabólicas o intervenciones para trastornos alimentarios requiere nuevas investigaciones clínicas.
El hallazgo aporta una explicación concreta sobre la resistencia de ciertas preferencias, sin reducir las dificultades para cambiar la alimentación a una cuestión de voluntad individual ni atribuirlas a un único mecanismo psicológico.
Fuentes referenciales:
Yale School of Medicine — Study Helps Explain Why Changing Your Diet is Hard
Infobae — Por qué cuesta tanto cambiar los hábitos alimentarios, según un estudio de Yale

