La nueva guía incorpora la contaminación del aire y la actividad social, refuerza las intervenciones combinadas y examina el papel de los trastornos del sueño
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Karem Díaz S.
Cada año, cerca de 10 millones de personas reciben un diagnóstico de demencia, una afección cerebral que deteriora progresivamente la memoria, el pensamiento y la capacidad para realizar actividades cotidianas. Frente a esta carga sanitaria, la Organización Mundial de la Salud publicó la segunda edición de su guía para reducir el riesgo de deterioro cognitivo y demencia.
La actualización sostiene que todavía no existe una cura para la demencia, pero refuerza la posibilidad de prevenir o retrasar una proporción importante de los casos mediante intervenciones dirigidas a factores modificables. El consumo de tabaco y alcohol, el sedentarismo, el aislamiento social, la contaminación del aire, la hipertensión y la diabetes forman parte de los elementos asociados con aproximadamente el 45 % del riesgo total.
La estimación no significa que una persona pueda eliminar automáticamente ese mismo porcentaje de su riesgo individual. Se trata de una proyección poblacional basada en la contribución conjunta de factores que pueden acumularse durante décadas, como también se ha explicado al analizar los hábitos saludables y la prevención de la demencia.
La guía fue coordinada por la neuróloga india Tarun Dua y la psicóloga argentina Dévora Kestel. En su elaboración participaron 23 expertos procedentes de países de Europa, Asia, América, África y Oceanía, quienes analizaron si las intervenciones sobre los factores de riesgo podían traducirse en una disminución efectiva de la probabilidad de desarrollar deterioro cognitivo o demencia.
Varias intervenciones simultáneas ofrecen mejores resultados
Una de las recomendaciones con mayor respaldo científico consiste en abordar varios riesgos al mismo tiempo. Estas intervenciones multidominio combinan alimentación equilibrada, actividad física, entrenamiento cognitivo, participación social y control de enfermedades crónicas, en lugar de depender de una única medida preventiva.
La OMS examinó 44 estudios clínicos publicados entre 2012 y 2025 y concluyó que los factores de riesgo suelen coexistir y acumularse a lo largo de la vida. Por esa razón, el cuidado de la salud cerebral requiere una estrategia integral que incluya tanto hábitos personales como seguimiento médico y condiciones ambientales favorables.
Este enfoque coincide con los resultados de LatAm-FINGERS en adultos mayores de América Latina, un programa que combinó ejercicio, alimentación saludable, control cardiovascular, estimulación cognitiva y socialización. Sus participantes recibieron acompañamiento estructurado y adaptado a las características sanitarias y culturales de cada país.
Ricardo Allegri, investigador del Conicet, jefe de neurología cognitiva de FLENI y revisor externo de la guía, explicó que la nueva edición reúne evidencia más sólida sobre el ejercicio físico, la actividad cognitiva, la inclusión social, la reducción del consumo de alcohol, el abandono del tabaco, la dieta saludable y el control de la pérdida auditiva y de los factores vasculares.
Entre esos factores cardiovasculares y metabólicos se encuentran la hipertensión, la diabetes, la obesidad y las alteraciones de los lípidos en la sangre. Su control resulta relevante porque la salud del corazón y la circulación mantiene una relación estrecha con el funcionamiento cerebral durante el envejecimiento.
El aislamiento social entra en las recomendaciones formales
La actividad social recibió por primera vez una recomendación formal dentro de la guía. Reunirse con familiares o amigos, participar en clubes, realizar voluntariado y mantener vínculos comunitarios pueden formar parte de una estrategia preventiva más amplia.
La edición de 2019 consideraba insuficiente la evidencia disponible sobre este punto. Los estudios revisados posteriormente indican que una vida social activa podría retrasar hasta cinco años la aparición de la demencia en determinados grupos, aunque el efecto puede variar según la situación personal y el conjunto de riesgos presentes.
Uno de cada cuatro adultos mayores en el mundo manifiesta sentirse socialmente aislado. Las estimaciones incluidas en la revisión señalan que, si este factor pudiera eliminarse por completo a escala poblacional, alrededor del 5 % de los casos de demencia podrían evitarse.
Las relaciones personales no deben interpretarse como una protección absoluta, pero pueden favorecer la estimulación mental, reducir la soledad y facilitar la continuidad de otros hábitos beneficiosos. La relación entre participación social y salud cerebral también aparece entre los hábitos diarios vinculados con un menor riesgo de deterioro cognitivo.
La calidad del aire también influye en la salud cerebral
La reducción de la contaminación atmosférica se incorpora por primera vez entre las recomendaciones oficiales de la OMS para proteger el cerebro. La atención se concentra especialmente en las partículas finas PM2.5, frecuentes en áreas urbanas y capaces de penetrar profundamente en el organismo.
La exposición prolongada a estas partículas se investiga por su posible relación con inflamación, estrés oxidativo y alteraciones vasculares que pueden afectar las neuronas y las conexiones cerebrales. La evidencia sobre la contaminación del aire y el riesgo de Alzheimer ha reforzado la necesidad de incluir la calidad ambiental en las políticas de prevención.
Florencia Deschle, especialista en neurología cognitiva y neuropsicología del Hospital Británico de Buenos Aires y profesora de Medicina en la Universidad del Salvador, destacó que las consultas por deterioro cognitivo son cada vez más frecuentes y consideró necesario prestar mayor atención a la contaminación atmosférica dentro de las políticas públicas de salud.
La recomendación no depende únicamente de decisiones individuales. La disminución de la exposición requiere también medidas sobre el tránsito, las emisiones industriales, la generación de energía y el diseño de las ciudades, especialmente en comunidades donde la población permanece expuesta durante años a concentraciones elevadas de contaminantes.
El sueño se incorpora como un área que necesita más estudios
Los trastornos del sueño también aparecen en la nueva edición como un ámbito que merece vigilancia. Sin embargo, la OMS considera que la evidencia disponible todavía es insuficiente para recomendar formalmente el tratamiento de estos problemas con el objetivo específico de prevenir la demencia.
La cautela implica que no se ha demostrado todavía que una intervención concreta contra el insomnio u otra alteración nocturna reduzca directamente la incidencia de demencia. Aun así, dormir mal puede afectar la memoria, la atención, el estado de ánimo y la salud cardiovascular, por lo que los trastornos persistentes deben ser evaluados clínicamente.
Distintas investigaciones han encontrado asociaciones entre descanso insuficiente, insomnio y cambios en el cerebro durante el envejecimiento. Los resultados sobre sueño y envejecimiento cerebral señalan que la falta de descanso y las alteraciones nocturnas pueden relacionarse con lesiones de la materia blanca y otros indicadores de deterioro, aunque aún deben aclararse los mecanismos y la causalidad.
Ejercicio, dieta y control médico conservan su importancia
La actualización mantiene recomendaciones que ya contaban con respaldo desde 2019. Entre ellas se encuentran realizar actividad física de manera regular, seguir una alimentación equilibrada, abandonar el tabaco, limitar el consumo de alcohol y controlar la presión arterial, la glucosa y el colesterol.
La actividad física se recomienda para los adultos en general y puede aportar beneficios incluso en personas que ya presentan deterioro cognitivo leve. La dieta, por su parte, debe priorizar frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y grasas saludables, al tiempo que reduce el consumo habitual de productos ultraprocesados.
La OMS también advierte que los suplementos de vitaminas B y E, omega-3 o multivitamínicos no deben utilizarse para prevenir la demencia cuando no existe una deficiencia diagnosticada. La evidencia disponible no demuestra un beneficio preventivo suficiente y su consumo indiscriminado puede provocar efectos no deseados.
La dimensión económica refuerza la urgencia de actuar. El costo anual de la demencia para la economía mundial se estima en 1,3 billones de dólares, y aproximadamente la mitad corresponde a cuidados no remunerados proporcionados por familiares y amigos.
La estrategia propuesta se extiende a todas las etapas de la vida: reducir los riesgos vasculares, mantener la actividad física y mental, conservar vínculos sociales, tratar la pérdida auditiva, evitar el tabaco y disminuir la exposición a la contaminación pueden contribuir de manera conjunta a retrasar o prevenir una parte de los casos.
