Especialistas de INECO explican cómo el ritmo, el canto y las canciones significativas pueden apoyar el lenguaje, la memoria, el movimiento y la regulación emocional
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Luis Ortega
La música puede utilizarse como una herramienta complementaria para estimular funciones cognitivas, motoras, comunicativas y emocionales. Especialistas del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO), en Argentina, explicaron que escuchar, interpretar o crear música activa simultáneamente diversas redes cerebrales y puede integrarse en programas de rehabilitación con objetivos clínicos definidos.
Su alcance va más allá de producir placer o acompañar actividades cotidianas. El procesamiento musical involucra la corteza auditiva, áreas motoras, el cerebelo, circuitos relacionados con la memoria y las emociones y el sistema cerebral de recompensa. Esta participación conjunta permite trabajar habilidades que pueden verse afectadas por trastornos neurológicos o problemas de salud mental.
La licenciada Daniela Arévalo, musicoterapeuta de INECO y coordinadora del área de Musicoterapia del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, señaló que escuchar y, especialmente, crear música constituye una experiencia multisensorial. Esa actividad puede contribuir a reorganizar conexiones neuronales mediante la neuroplasticidad.
La neuroplasticidad permite reorganizar las conexiones
La neuroplasticidad es la capacidad del sistema nervioso para modificar su funcionamiento y reorganizar sus conexiones en respuesta al aprendizaje, la experiencia, el entorno o una lesión. Este proceso constituye una de las bases de la rehabilitación neurológica, aunque sus resultados dependen de la condición clínica, la intervención aplicada y las características de cada paciente.
En musicoterapia, los estímulos se seleccionan para alcanzar objetivos terapéuticos concretos. El tratamiento puede orientarse hacia las áreas cognitiva, comunicacional, motora, social o emocional y se desarrolla mediante la relación entre el profesional y el paciente.
El vínculo entre estímulos, recuerdos y emociones también aparece en investigaciones sobre cómo las narraciones pueden fortalecer la memoria. Tanto las historias como las canciones proporcionan estructuras que ayudan a organizar acontecimientos, asociaciones y significados personales.
La música conocida adquiere especial relevancia porque puede conectarse con experiencias autobiográficas. Una melodía asociada a una etapa de la vida, una persona o un acontecimiento importante puede facilitar la evocación de recuerdos y aumentar la motivación para participar en una actividad terapéutica.
El ritmo puede apoyar el lenguaje y el movimiento
Las intervenciones musicales permiten trabajar la comunicación mediante el canto terapéutico, la repetición de frases melódicas y el empleo de canciones familiares. Estas técnicas pueden ayudar a algunas personas con afasia u otros trastornos del lenguaje a practicar la producción verbal aprovechando los componentes rítmicos y melódicos.
El objetivo no consiste simplemente en cantar una canción completa. El profesional puede utilizar su estructura para entrenar sonidos, palabras, frases, respiración y fluidez, dentro de un programa adaptado a las capacidades comunicativas del paciente.
El ritmo también puede actuar como una referencia temporal para el movimiento. Los patrones sonoros regulares proporcionan señales que ayudan a coordinar pasos, ajustar la velocidad de la marcha o iniciar una acción. Por ese motivo, algunas intervenciones neurológicas combinan música con ejercicios de movilidad.
La musicoterapia puede complementar el trabajo de fonoaudiólogos, neuropsicólogos, kinesiólogos y terapeutas ocupacionales. Esta coordinación permite que los estímulos musicales acompañen objetivos establecidos por un equipo interdisciplinario en lugar de funcionar como una actividad aislada.
Participar activamente estimula más funciones cognitivas
Cantar, tocar un instrumento, improvisar o planificar una interpretación exige más participación que escuchar de manera pasiva. Estas actividades movilizan la atención, la memoria de trabajo, la coordinación, la planificación y la toma de decisiones.
El resultado no significa que cualquier práctica musical produzca automáticamente una mejoría clínica. La dificultad debe ajustarse para evitar frustración y permitir que la persona mantenga la atención y participe activamente. En rehabilitación, el progreso también necesita evaluarse con criterios relacionados con la función que se busca recuperar.
La capacidad cerebral para adaptarse no depende exclusivamente de la música. Un análisis sobre cómo el cerebro modifica determinados hábitos muestra que la conducta surge de la interacción entre aprendizaje, recompensa, emociones y contexto. La música puede intervenir en esa dinámica al proporcionar motivación, estructura y repetición.
El canto puede favorecer la expresión y los vínculos
La licenciada Jorgelina Benavidez, coordinadora del Equipo de Musicoterapia de INECO, destacó el canto terapéutico entre las técnicas empleadas para trabajar las emociones. Cantar combina respiración, producción vocal, lenguaje, memoria y expresión afectiva.
Cuando se realiza en grupo, también incorpora un componente social. Escuchar a otras personas, sincronizarse y compartir una interpretación puede favorecer la conexión, la confianza y el sentido de pertenencia, aunque sus efectos varían según la población y el contexto.
La elección musical debe considerar la historia personal y las preferencias del participante. Una canción relajante para una persona puede provocar tristeza, incomodidad o agitación en otra. Por eso, las intervenciones clínicas no se basan en listas universales de piezas supuestamente terapéuticas.
Las relaciones entre memoria y emoción también se observan en estudios sobre los circuitos cerebrales asociados con la tristeza. Regiones como la amígdala y el hipocampo intervienen, respectivamente, en el procesamiento emocional y la formación de recuerdos.
Cinco pautas para utilizar la música con un propósito
1. Definir el objetivo antes de seleccionar las canciones. No basta con reproducir música al azar. Conviene identificar si se busca relajación, activación, evocación de recuerdos, estimulación del lenguaje o acompañamiento del movimiento. El ritmo, la intensidad y el carácter de las piezas deben responder a esa finalidad.
2. Elegir música con significado personal. Las canciones vinculadas con recuerdos autobiográficos pueden generar mayor participación y motivación. La selección puede incluir piezas asociadas a acontecimientos, personas o etapas importantes, siempre que no produzcan malestar.
3. Priorizar la participación activa. Cantar, seguir un ritmo con las manos, tocar un instrumento sencillo, improvisar sonidos o completar fragmentos de una canción involucra más funciones que escuchar pasivamente. La actividad debe adaptarse a las capacidades físicas y cognitivas de la persona.
4. Construir una transición emocional gradual. Para acompañar un estado de tristeza, ansiedad o agitación, los especialistas sugieren comenzar con música que refleje la emoción presente y avanzar progresivamente hacia canciones que conduzcan al estado deseado. Un cambio brusco puede resultar poco natural o generar rechazo.
5. Recurrir a un musicoterapeuta cuando exista un objetivo clínico. Escuchar música en casa puede contribuir al disfrute y al bienestar cotidiano, pero no equivale a una intervención terapéutica. La musicoterapia requiere un profesional formado que evalúe al paciente, establezca metas, seleccione técnicas y supervise los resultados.
Regular emociones no significa ocultarlas
La música puede ayudar a identificar, expresar y modular emociones, pero no debe utilizarse únicamente para evitar sentimientos incómodos. Una canción triste puede ofrecer un espacio para reconocer una experiencia, mientras que otra más activa puede acompañar una transición posterior.
Este principio resulta compatible con las estrategias empleadas para recuperarse tras una experiencia emocionalmente exigente, donde el objetivo no es negar lo ocurrido, sino reducir la activación y procesar la situación de manera gradual.
También es necesario evitar afirmaciones absolutas. La música no reemplaza medicamentos, psicoterapia, fonoaudiología, kinesiología ni otras intervenciones indicadas. Su utilidad clínica aparece cuando se integra de manera planificada en un tratamiento y se evalúa según cambios observables.
La musicoterapia necesita objetivos y evaluación profesional
Una intervención clínica debe comenzar con una evaluación de las necesidades, preferencias, capacidades y posibles dificultades sensoriales del paciente. A partir de esa información, el musicoterapeuta define actividades, registra la respuesta y modifica el programa cuando sea necesario.
El seguimiento permite determinar si la música contribuye a mejorar una función concreta o solamente genera una reacción momentánea. En personas con demencia, daño cerebral, trastornos del lenguaje o alteraciones motoras, esta distinción es esencial para no confundir una experiencia agradable con una recuperación clínica demostrada.
Los mecanismos de plasticidad también pueden alterarse en determinadas enfermedades. La investigación sobre depresión, neurogénesis y funcionamiento del hipocampo ilustra la complejidad de los procesos vinculados con la memoria y las emociones y la necesidad de evitar explicaciones simplificadas.
Utilizada con objetivos realistas, la música puede favorecer la participación, facilitar la práctica repetida y conectar el tratamiento con experiencias significativas para cada paciente. Su valor terapéutico depende de la personalización, la intervención profesional y su integración con el resto de la atención sanitaria.
Fuentes referenciales:
Infobae Salud
Instituto de Neurología Cognitiva
