El cerebro cambia rápido sus hábitos


Una investigación de la Universidad Johns Hopkins en ratones identificó una transición súbita entre conducta dirigida por objetivos y comportamiento automático.


Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz


Los hábitos forman parte de la vida diaria porque permiten que el cerebro automatice acciones repetidas y reduzca el esfuerzo mental necesario para ejecutarlas. Lavarse la cara al despertar, conducir por una ruta conocida o responder a una señal familiar son conductas que pueden pasar de la decisión consciente a la repetición casi automática. Una investigación de la Universidad Johns Hopkins, publicada en Nature Communications, plantea ahora que ese cambio puede ocurrir mucho más rápido de lo que se pensaba.

El estudio, desarrollado en ratones, encontró que los hábitos no siempre se forman mediante una acumulación lenta de repeticiones. En determinadas condiciones, los animales pasaron de actuar guiados por una meta a responder de forma automática de una prueba a la siguiente. Ese salto conductual llevó a los investigadores a proponer la existencia de una región cerebral que podría funcionar como una especie de interruptor en la formación de hábitos.

El neurocientífico Kishore V. Kuchibhotla, investigador del aprendizaje en humanos y animales y autor principal del trabajo, explicó que durante más de un siglo predominó la idea de que los hábitos surgían por repetición gradual. Sin embargo, el nuevo experimento permitió observar una transición brusca que los métodos clásicos no lograban captar. Este enfoque aporta una mirada distinta sobre la neurociencia del comportamiento y sobre la forma en que el cerebro reorganiza sus respuestas.

Una conducta automática que apareció de golpe

Los diseños tradicionales para estudiar hábitos suelen entrenar a los animales con recompensas y luego evaluar si continúan realizando una acción cuando esa recompensa ya no resulta necesaria. Si el animal deja de actuar, la conducta se considera guiada por objetivos. Si continúa respondiendo pese a no necesitar la recompensa, se interpreta como hábito.

El equipo de Johns Hopkins modificó ese enfoque. En lugar de trabajar con una fuerte privación, utilizó una preferencia de sabor. Los ratones tenían acceso permanente a agua ácida en sus jaulas, suficiente para mantenerse hidratados, aunque poco agradable. Cuando respondían a un sonido determinado, recibían agua común, que preferían.

Como no estaban sometidos a sed excesiva, los animales respondían solo en algunas ocasiones. Esa variación indicaba que actuaban en función de una meta: buscaban el agua común cuando realmente la querían. Luego ocurrió el cambio central del estudio. En un momento concreto, los ratones comenzaron a responder siempre al sonido, incluso cuando ya no deseaban esa agua. La conducta había pasado a ser automática.

Sharlen Moore, investigadora posdoctoral del Departamento de Ciencias Psicológicas y del Cerebro de la Universidad Johns Hopkins y autora principal del estudio, destacó que lo más sorprendente fue que los investigadores no modificaron las condiciones externas. Los animales cambiaron de estrategia de una prueba a la siguiente, lo que permitió registrar una reorganización rápida del comportamiento.

Por qué el hallazgo cuestiona una idea clásica

La interpretación tradicional sostiene que un hábito se fortalece con repetición, refuerzo y tiempo. Esa explicación sigue siendo relevante, pero el nuevo trabajo sugiere que el proceso puede incluir momentos de transición mucho más abruptos. La diferencia no es menor: si un hábito aparece por un cambio súbito en la estrategia cerebral, entonces podría existir un mecanismo específico que controla ese paso.

Los registros posteriores de actividad cerebral apuntaron a una región que podría albergar ese interruptor. Kuchibhotla señaló que el carácter repentino de la transición sugiere que algo está controlando el cambio. Esa hipótesis todavía requiere nuevas investigaciones, pero abre una línea de trabajo sobre los circuitos que permiten pasar de una decisión flexible a una respuesta automática.

Este tipo de hallazgos también dialoga con otras investigaciones sobre memoria y control cerebral, porque los hábitos no funcionan aislados: dependen de señales, aprendizaje, motivación y capacidad del cerebro para seleccionar respuestas útiles en cada contexto.

Los hábitos podrían ser reversibles

Uno de los puntos más relevantes del estudio fue que algunos ratones volvieron a una conducta guiada por objetivos después de haber actuado por hábito durante mucho tiempo. Ese resultado sugiere que los hábitos no necesariamente son permanentes. Si existe un mecanismo cerebral que favorece el paso hacia la automatización, también podría haber formas de intervenir para recuperar un comportamiento más consciente y flexible.

La posibilidad de reversión es importante para comprender hábitos desadaptativos. Muchas conductas automáticas pueden ser útiles porque liberan recursos mentales para otras tareas, pero otras pueden perjudicar la salud, el descanso, la alimentación, la actividad física o el manejo del estrés. Kuchibhotla planteó que, si existe un controlador de hábitos, quizás sea posible devolver ciertas conductas problemáticas a un estado dirigido por objetivos.

La investigación no propone todavía una aplicación clínica directa en humanos. El experimento fue realizado en ratones y se encuentra en una etapa básica de neurociencia. Sin embargo, ofrece una pista relevante para estudiar por qué algunas costumbres parecen instalarse con rapidez y por qué otras pueden resistirse al cambio. Ese enfoque se relaciona con temas de salud cotidiana como la procrastinación y el funcionamiento del cerebro, donde la repetición de conductas automáticas puede afectar decisiones diarias.

El método cambió lo que los científicos podían ver

Moore subrayó que el estudio también muestra cuánto influyen los métodos experimentales en los resultados que logra observar la ciencia. Al reducir la motivación excesiva de los animales y trabajar con una preferencia más cotidiana, los investigadores detectaron aspectos del comportamiento que antes quedaban ocultos.

Esta diferencia metodológica es clave. Cuando un experimento obliga al animal a actuar bajo una necesidad intensa, puede ocultar matices de decisión, preferencia y automatización. En cambio, al permitir que la motivación fuera más moderada, el equipo pudo observar cuándo los ratones actuaban por deseo y cuándo pasaban a responder por hábito.

El hallazgo ayuda a distinguir entre repetir una acción porque todavía tiene sentido y repetirla porque el cerebro ya la convirtió en una rutina. Esa diferencia es central para entender la formación de hábitos en salud, aprendizaje y conducta. También puede aportar contexto a investigaciones sobre hábitos que protegen el cerebro, especialmente cuando se estudia cómo ciertas rutinas pueden mantenerse o modificarse con el tiempo.

Una puerta para estudiar malas costumbres

La idea de un interruptor cerebral no significa que todos los hábitos dependan de una sola región ni que puedan eliminarse de manera simple. El comportamiento humano es más complejo que el de un modelo animal, y las malas costumbres pueden estar asociadas a emociones, entorno social, estrés, recompensas inmediatas y condiciones de salud mental.

Aun así, el trabajo de Johns Hopkins ofrece una base para investigar con mayor precisión el momento en que una acción deja de ser una elección y se convierte en respuesta automática. Si ese punto de transición se comprende mejor, podrían diseñarse estrategias más eficaces para modificar hábitos dañinos o reforzar conductas saludables.

El estudio deja una pregunta abierta de alto valor sanitario: si el cerebro puede cambiar rápidamente hacia un hábito, ¿también puede ser guiado para salir de él? La respuesta todavía no está cerrada, pero los resultados en ratones muestran que la automatización de la conducta no siempre es lenta, rígida ni irreversible.

Fuente(s) referenciales

Infobae — Científicos identifican un “interruptor cerebral” que permite la formación rápida de hábitos