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Medicina verde: beneficios y límites del contacto con la naturaleza


La exposición a parques, bosques y espacios acuáticos puede favorecer el movimiento, reducir el estrés y apoyar el bienestar, pero no reemplaza los tratamientos médicos ni produce los mismos efectos en todas las personas


Redactor: Javier Morales O.
Editor: Eduardo Schmitz

El uso planificado de espacios naturales comienza a incorporarse a las estrategias de promoción de la salud y prevención de enfermedades crónicas. Esta aproximación, conocida como medicina verde, reúne actividades como caminar en parques, realizar ejercicio al aire libre, participar en huertos comunitarios o pasar tiempo de forma consciente en bosques y otros entornos naturales.

Bárbara Badanta Romero, profesora del Departamento de Enfermería de la Universidad de Sevilla, revisó la evidencia disponible sobre estas prácticas y advirtió que su valor no consiste en sustituir medicamentos, psicoterapia, rehabilitación u otras intervenciones sanitarias. El contacto con la naturaleza puede actuar como complemento dentro de un cambio de estilo de vida adaptado a las necesidades de cada persona.

El interés por esta estrategia surge en un contexto marcado por el sedentarismo, el estrés, la exposición continua a pantallas y el aumento de las enfermedades no transmisibles. Las recomendaciones médicas sobre movimiento, descanso y relaciones sociales resultan difíciles de aplicar cuando el entorno cotidiano no ofrece lugares accesibles, seguros o agradables para desarrollarlas.

Qué significa utilizar la naturaleza de forma terapéutica

La medicina verde puede definirse como el uso intencionado y, en algunos programas, prescrito de entornos naturales para apoyar la salud. No se limita a visitar un bosque ni exige realizar actividades deportivas intensas. Puede incluir un paseo urbano entre árboles, jardinería, observación de aves, ejercicio junto al mar o participación en proyectos comunitarios al aire libre.

El periodista y escritor estadounidense Richard Louv popularizó en 2005 la expresión “trastorno por déficit de naturaleza” para describir las posibles consecuencias de una infancia y una vida cotidiana cada vez más alejadas del entorno natural. El concepto no constituye un diagnóstico médico reconocido, pero ayudó a ampliar el debate sobre urbanización, sedentarismo y bienestar.

Una prescripción verde puede consistir en orientar a una persona hacia una actividad concreta y accesible, con objetivos realistas y seguimiento. Su contenido dependerá de la edad, la movilidad, la situación clínica, los intereses personales y los espacios disponibles en la comunidad.

La práctica guarda relación con los denominados paseos o baños de bosque. Los paseos japoneses utilizados como apoyo frente a la ansiedad se basan en recorrer espacios naturales de forma consciente, sin convertir la experiencia en una competición física.

La naturaleza facilita hábitos que protegen la salud

Una parte de los beneficios atribuidos a los espacios verdes puede proceder de las actividades que estos facilitan. Un parque cercano invita a caminar, un sendero favorece el movimiento sostenido y un huerto comunitario combina esfuerzo físico moderado con interacción social y propósito compartido.

La actividad física regular participa en el control de la presión arterial y de la glucosa, ayuda a conservar la fuerza y puede mejorar el sueño y el estado de ánimo. El entorno natural no reemplaza esos mecanismos, pero puede hacer que el movimiento resulte más agradable y aumente la disposición a repetirlo.

La constancia continúa siendo más importante que una experiencia ocasional. Tanto caminar como correr pueden contribuir al control de la presión arterial cuando la práctica se mantiene en el tiempo y se adapta a la capacidad física individual.

Los beneficios potenciales tampoco se restringen a los espacios terrestres. Caminar por la costa, nadar o remar combina actividad física con exposición a entornos acuáticos. Esta relación aparece en el llamado ejercicio azul y sus posibles efectos sobre la salud integral.

El estrés puede disminuir durante la exposición al verde

La presencia de vegetación, sonidos naturales y paisajes con menor tráfico puede ofrecer una pausa frente a la sobrecarga de estímulos urbanos. Diversas investigaciones han encontrado asociaciones entre la exposición a la naturaleza y mejoras en indicadores de estrés, ansiedad, estado de ánimo y atención.

Algunos estudios también han observado cambios temporales en frecuencia cardíaca, presión arterial o concentraciones de cortisol después de actividades en espacios verdes. Sin embargo, los resultados no son idénticos entre trabajos y pueden depender de la duración, el tipo de entorno, la actividad realizada y las características de los participantes.

Una caminata por un bosque puede combinar varios elementos a la vez: movimiento, alejamiento de las pantallas, reducción del ruido, luz natural, contemplación y contacto social. Esta superposición dificulta determinar cuánto del efecto corresponde exclusivamente a la vegetación.

La experiencia personal también importa. Un bosque aislado puede resultar relajante para alguien y provocar inseguridad en otra persona. La accesibilidad, la iluminación, el clima, el mantenimiento, el riesgo de caídas y la percepción de seguridad modifican la respuesta al entorno.

Los vínculos sociales amplían el posible beneficio

Las actividades naturales realizadas en grupo pueden reducir el aislamiento y generar relaciones de apoyo. Los huertos comunitarios, clubes de caminatas y programas de conservación crean oportunidades para conversar, colaborar y mantener una rutina fuera del hogar.

La conexión social es un componente independiente de la salud. Por eso, resulta difícil atribuir todos los cambios observados al paisaje: la compañía, el sentimiento de pertenencia y la existencia de una actividad con propósito pueden aportar una parte importante del beneficio.

Esta combinación coincide con investigaciones según las cuales el movimiento y el apoyo emocional fortalecen conjuntamente el bienestar mental. Las intervenciones más útiles suelen integrar varios hábitos en lugar de depender de una acción aislada.

Los programas comunitarios pueden adquirir especial relevancia para adultos mayores, personas que viven solas o pacientes con enfermedades crónicas. No obstante, necesitan opciones adaptadas, transporte cuando sea necesario y personal capaz de reconocer limitaciones médicas o funcionales.

La evidencia todavía presenta limitaciones

Una parte considerable de la investigación sobre espacios verdes es observacional. Estos estudios pueden mostrar que quienes viven cerca de parques presentan determinados resultados de salud, pero no demuestran automáticamente que la vegetación sea la causa.

Los barrios con más árboles también pueden diferenciarse en ingresos, contaminación, seguridad, ruido, posibilidades para caminar y acceso a servicios. Aunque los análisis intenten controlar estas variables, no siempre es posible eliminar por completo su influencia.

Los ensayos de intervención ofrecen información más directa, pero suelen incluir pocos participantes, durar periodos breves o utilizar actividades muy diferentes. Bajo la etiqueta de medicina verde aparecen desde paseos de veinte minutos hasta programas prolongados de horticultura, por lo que sus resultados no deben tratarse como si procedieran de una única terapia.

También existe el riesgo de exagerar mecanismos todavía inciertos. La naturaleza puede apoyar el bienestar y facilitar hábitos saludables, pero no debe presentarse como una cura universal para la depresión, la hipertensión, la diabetes, el cáncer u otras enfermedades.

La prescripción verde no sustituye la atención clínica

Una recomendación de pasar tiempo al aire libre no debe utilizarse para retirar un tratamiento prescrito ni retrasar una consulta. Las personas con síntomas persistentes, enfermedades crónicas o limitaciones funcionales necesitan mantener el seguimiento con sus profesionales sanitarios.

En salud mental, caminar en un parque puede complementar el cuidado, pero no reemplaza la evaluación clínica cuando existen depresión grave, ataques de pánico, ideas suicidas, deterioro funcional u otros signos de alarma.

Las condiciones ambientales requieren precauciones. El calor extremo, la radiación ultravioleta, la contaminación del aire, los alérgenos, los insectos, los terrenos inestables y el agua contaminada pueden convertir una actividad saludable en una exposición perjudicial.

La planificación debe considerar hidratación, protección solar, calzado, medicación, movilidad y pronóstico meteorológico. Quienes presentan enfermedad cardiovascular, respiratoria o dificultades de equilibrio pueden necesitar una valoración previa y recorridos accesibles.

El acceso a la naturaleza también es una cuestión sanitaria

Recomendar espacios verdes resulta insuficiente si la persona vive lejos de ellos, carece de transporte o no se siente segura al utilizarlos. La calidad del entorno es tan importante como su presencia: un parque abandonado, sin sombra o atravesado por tráfico intenso no ofrece las mismas condiciones que un espacio cuidado y accesible.

Las políticas de salud urbana pueden ampliar los beneficios mediante árboles, rutas peatonales, bancos, iluminación, fuentes, accesibilidad universal y conexiones seguras con los barrios. Estas medidas favorecen el movimiento cotidiano sin exigir desplazamientos prolongados.

La medicina verde adquiere mayor sentido cuando se integra con atención primaria, actividad física, salud mental y recursos comunitarios. El profesional puede identificar una opción adecuada, mientras los municipios y organizaciones locales garantizan que la actividad exista y sea sostenible.

Volver a la naturaleza no significa rechazar la medicina moderna. Significa reconocer que el lugar donde una persona vive, camina, descansa y se relaciona influye en sus posibilidades reales de adoptar hábitos saludables.

Fuente referencial:
The Conversation España