Estado de la Salud Global

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InvestigaciónNuevas guías en preparaciónLa prevención del deterioro cognitivo, la salud digital y la investigación de contramedidas médicas marcan la agenda científica.

La incidencia de la demencia disminuye entre las personas mayores


Estudios realizados en Estados Unidos, Europa y Japón muestran descensos sostenidos por edad, mientras la prevención cardiovascular, la educación y los hábitos saludables ganan peso frente al deterioro cognitivo.


Redactor: Santiago Duarte
Editor: Karem Díaz S.


Durante décadas, el envejecimiento de la población alimentó la expectativa de una expansión acelerada de la demencia. Sin embargo, nuevas investigaciones están modificando esa perspectiva: aunque el número total de personas afectadas puede seguir creciendo por el aumento de la longevidad, la proporción de adultos mayores que desarrolla la enfermedad está descendiendo con rapidez en varios países de ingresos altos.

Uno de los investigadores que documentó este cambio fue Eric Stallard, actuario y académico que estudió la incidencia de la demencia entre personas mayores de Estados Unidos. Sus resultados contradecían de tal manera las previsiones dominantes que dedicó dos años y medio adicionales a comprobarlos antes de publicarlos.

El análisis mostró que hace cuatro décadas aproximadamente tres de cada diez estadounidenses de entre 85 y 89 años padecían demencia. En 2024, la proporción había caído a cerca de uno de cada diez. Al comparar cohortes sucesivas de personas mayores de 50 años, Stallard calculó que las tasas descendieron entre un 2,5 % y un 3 % por cada año de nacimiento.

Una tendencia observada en varios países

La reducción no se limita a Estados Unidos. Un trabajo dirigido por Frank Wolters, del Centro Médico Erasmus de Róterdam, analizó a casi 50.000 personas de seis países de América del Norte y Europa y encontró que la proporción de adultos mayores diagnosticados con demencia disminuyó un 13 % por década entre 1988 y 2015.

El Estudio del Corazón de Framingham también registró una caída media del 20 % por década en los nuevos casos durante casi 40 años. Investigaciones por cohortes realizadas en países europeos y Japón han identificado patrones comparables.

Estos resultados obligan a diferenciar entre incidencia y número total de casos. La incidencia expresa la proporción de personas de determinada edad que desarrolla demencia. Ese indicador puede disminuir mientras el volumen absoluto de pacientes aumenta, debido a que cada vez existen más personas que alcanzan edades avanzadas.

La edad continúa siendo el principal factor de riesgo. La prevalencia de la demencia se duplica aproximadamente cada cinco años a partir de los 70. En Estados Unidos, datos de 2016 situaban la proporción en alrededor del 4 % entre los 70 y 74 años, el 9 % entre los 75 y 79, el 18 % entre los 80 y 84 y más de una cuarta parte entre los mayores de 85 años.

Las proyecciones podrían estar sobrestimando el crecimiento

Algunas estimaciones han calculado que los nuevos casos anuales en Estados Unidos podrían pasar de unos 500.000 en 2020 a un millón en 2060. Otra proyección publicada en 2022 situó la población mundial con demencia en 153 millones para 2050, frente a unos 57 millones en 2019.

Sin embargo, muchas previsiones parten del supuesto de que el riesgo ajustado por edad permanecerá prácticamente estable. Cuando se incorpora la reducción observada durante las últimas décadas, los resultados cambian de forma sustancial.

Chiara Celine Brück y otros investigadores del Centro Médico Erasmus simularon la evolución de la demencia en una población de diez millones de neerlandeses. En un escenario sin mejoras en el riesgo subyacente, el número de casos se duplicaría con creces para 2050. Al incorporar un descenso de la incidencia del 13 % por década, el aumento proyectado se redujo al 43 % respecto de 2020.

La diferencia también afecta las estimaciones económicas. El coste directo de la atención de la demencia, incluido el cuidado informal en el hogar, se calculó en alrededor de 1,3 billones de dólares en 2019. Otros modelos más amplios, que incorporan la pérdida de calidad de vida y el sufrimiento de pacientes y familias, elevaron la carga mundial a 2,8 billones de dólares ese mismo año.

La prevención comienza antes de la vejez

Una parte importante del descenso parece relacionarse con mejoras acumuladas durante décadas en educación, salud cardiovascular, control de la presión arterial y prevención de accidentes cerebrovasculares. La evidencia ha desplazado la idea de que la demencia es únicamente una consecuencia inevitable de la edad.

Investigaciones desarrolladas a partir de registros médicos de Carelia del Norte, en Finlandia, mostraron que la hipertensión, el colesterol alto, la obesidad y la baja condición física durante la mediana edad aumentaban el riesgo de desarrollar demencia dos décadas después.

Ese hallazgo llevó a considerar la enfermedad como un proceso que puede comenzar muchos años antes de la aparición de síntomas. La relación entre la salud general y el deterioro cerebral también ha sido observada en estudios latinoamericanos que utilizan la acumulación de problemas físicos, mentales y funcionales como indicador de riesgo cognitivo.

En 2009, Tiia Ngandu y un equipo dirigido por Miia Kivipelto iniciaron el estudio FINGER, el primer gran ensayo controlado destinado a comprobar si una intervención combinada podía proteger la función cognitiva de personas mayores con riesgo elevado.

El programa incluyó alimentación saludable, ejercicio, entrenamiento cognitivo y atención a factores cardiovasculares. Los resultados, publicados en 2015, mostraron una reducción significativa del riesgo de deterioro cognitivo. Ensayos similares realizados en Estados Unidos, Australia y Japón también encontraron beneficios.

Las intervenciones pueden resultar especialmente relevantes para las personas portadoras del gen ApoE4. Una copia de esta variante genética se asocia con un riesgo de Alzheimer entre dos y tres veces mayor, mientras que dos copias pueden elevarlo entre diez y quince veces. Pese a ello, los estudios muestran que el riesgo genético no determina por completo el resultado y puede ser modulado por factores ambientales y conductuales.

Hasta el 45 % de los casos podría retrasarse o prevenirse

La Comisión de The Lancet sobre la Demencia estima que hasta el 45 % de los casos mundiales podría retrasarse o prevenirse actuando sobre 14 factores de riesgo modificables a lo largo de la vida.

Entre ellos se encuentran la educación insuficiente durante la infancia, la pérdida auditiva, el colesterol LDL elevado, la hipertensión, la obesidad, la inactividad física, la depresión, el tabaquismo, el aislamiento social, la pérdida de visión no tratada y otros determinantes de la salud.

La educación insuficiente se ha asociado con un riesgo de demencia aproximadamente un 60 % mayor, mientras que la depresión no tratada aparece vinculada con un incremento cercano al 120 %. No obstante, las políticas sanitarias no deben concentrarse únicamente en los factores con asociaciones más altas: intervenir sobre problemas muy frecuentes, como la pérdida auditiva y el colesterol alto, podría evitar una proporción mayor de casos en la población.

El control cardiovascular ocupa un lugar central. Presión arterial, circulación cerebral, actividad física y sueño influyen sobre la estructura y el funcionamiento del cerebro. Una investigación reciente encontró que dormir menos de siete horas, padecer insomnio o tomar siestas frecuentes se asociaba con un mayor volumen de lesiones de materia blanca durante el envejecimiento.

La estimulación cognitiva y social también puede contribuir a fortalecer la reserva cerebral. Actividades como aprender, orientarse sin depender siempre de dispositivos, mantener vínculos sociales y realizar ejercicio forman parte de los hábitos asociados con una mayor protección cognitiva.

La vacuna contra el herpes zóster abre otra vía

Una de las intervenciones más inesperadas surgió de un programa de vacunación aplicado en Gales en 2013. El sistema público ofreció gratuitamente la vacuna contra el herpes zóster a personas de entre 70 y 79 años, creando una división casi aleatoria entre quienes podían recibirla y quienes habían superado por poco el límite de edad.

El análisis, dirigido por Pascal Geldsetzer, de la Universidad de Stanford, encontró que la vacunación se asociaba con una reducción del 20 % en el riesgo de desarrollar demencia durante al menos siete años. Estudios posteriores realizados en Australia y Canadá respaldaron esa relación.

Un trabajo más reciente sugirió que la vacuna también podría ralentizar la progresión en personas que ya vivían con demencia. La asociación observada entre la vacunación contra el herpes zóster y el deterioro cognitivo ha generado nuevas preguntas sobre la edad más adecuada para inmunizar y la posible utilidad de dosis de refuerzo.

Los medicamentos todavía ofrecen resultados limitados

El avance preventivo contrasta con los resultados más modestos de algunos tratamientos desarrollados específicamente contra el Alzheimer. Anticuerpos como lecanemab y donanemab actúan sobre los depósitos de beta-amiloide en el cerebro, pero los beneficios clínicos observados han sido moderados y pueden acompañarse de inflamación o hemorragias cerebrales.

El riesgo es especialmente relevante entre portadores de ApoE4, precisamente uno de los grupos con mayor predisposición genética. El debate científico continúa abierto sobre el momento más adecuado para utilizar estas terapias y sobre el papel exacto de la acumulación de amiloide en el origen de la enfermedad.

Los avances en biomarcadores sanguíneos y tratamientos dirigidos están mejorando la capacidad de identificar la enfermedad en etapas tempranas, pero todavía no sustituyen las estrategias amplias de prevención y control de riesgos.

Los medicamentos GLP-1 tampoco han demostrado beneficios en personas que ya padecen Alzheimer, pese a que estudios observacionales habían detectado una menor incidencia de demencia entre algunos usuarios. Otros ensayos exploran fármacos concebidos inicialmente para enfermedades diferentes.

Retrasar el inicio cinco años cambiaría el panorama

El estudio MET-FINGER combina intervenciones de estilo de vida con metformina, un medicamento utilizado contra la diabetes, para determinar si puede prevenir o retrasar distintos tipos de demencia. Cerca de 600 personas de tres países participan en este ensayo, mientras otros equipos investigan intervenciones tan diversas como el ejercicio de fuerza, las saunas o los baños de frío.

Las proyecciones más optimistas todavía anticipan un aumento del número absoluto de pacientes durante las próximas décadas. No obstante, el crecimiento podría ser mucho menor de lo previsto y, en algunos países ricos, el total de personas con demencia podría comenzar a descender.

La relevancia de retrasar la aparición de la enfermedad es considerable. Debido a que la prevalencia aumenta con rapidez a partir de los 70 años, posponer cinco años la edad media de inicio podría reducir aproximadamente a la mitad el número total de casos.

La caída de la incidencia no significa que la demencia haya sido vencida ni que la tendencia se extienda por igual a todas las regiones. Sí demuestra que la enfermedad no depende exclusivamente de la edad o la genética y que las políticas educativas, cardiovasculares y preventivas pueden modificar su trayectoria durante décadas.

Fuente(s) referenciales

Infobae / The Economist: Cómo se está venciendo a la demencia