Investigaciones científicas relacionan el consumo elevado de sodio con alteraciones metabólicas, inflamación y mayor riesgo de enfermedad hepática. Los especialistas advierten que todavía deben aclararse los mecanismos causales en humanos.
Redacción: Redacción Mundo de la Salud
Editor: Eduardo Schmitz
El consumo excesivo de sal, tradicionalmente asociado con la hipertensión arterial y las enfermedades cardiovasculares, también está despertando preocupación por sus posibles consecuencias sobre la salud del hígado. Investigaciones experimentales y estudios realizados en grandes poblaciones han identificado asociaciones entre una ingesta elevada de sodio, la inflamación y un mayor riesgo de desarrollar enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD), anteriormente conocida como enfermedad del hígado graso no alcohólico.
La evidencia incluye investigaciones en animales que sugieren que las dietas ricas en grasas y sal pueden favorecer procesos inflamatorios y de cicatrización hepática. Sin embargo, los especialistas subrayan que estos resultados experimentales no deben interpretarse automáticamente como una demostración de que el exceso de sal provoca fibrosis o cirrosis en las personas.
Brian P. Lee, hepatólogo y especialista en trasplantes de Keck Medicine of USC, explicó que, aunque los riñones desempeñan la función principal en la regulación del sodio, sus efectos fisiológicos pueden extenderse a otros órganos. Entre los mecanismos de interés se encuentran las alteraciones de la presión arterial, la resistencia a la insulina, la inflamación y los cambios en la microbiota intestinal.
Qué relación existe entre el sodio y la acumulación de grasa hepática
El hígado participa en funciones esenciales como el metabolismo de las grasas, la regulación de la glucosa y el procesamiento de numerosas sustancias que circulan por la sangre. Cuando se acumulan cantidades excesivas de grasa en sus células, puede desarrollarse esteatosis hepática.
La enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica se caracteriza por la presencia de grasa en el hígado junto con factores de riesgo cardiometabólico, como obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión o alteraciones de los lípidos sanguíneos.
No todas las personas con acumulación de grasa hepática desarrollan complicaciones graves. Sin embargo, en determinados pacientes puede aparecer inflamación persistente, daño celular y fibrosis, un proceso mediante el cual el tejido sano comienza a ser reemplazado por tejido cicatricial.
La investigación sobre el sodio plantea que su consumo excesivo podría influir en algunos de estos procesos, especialmente cuando coincide con otros factores metabólicos desfavorables.
Una de las hipótesis es que las dietas con elevada cantidad de sal pueden contribuir a un entorno fisiológico que favorezca la inflamación y alteraciones de la sensibilidad a la insulina. Estos mecanismos también participan en el desarrollo y la progresión de diferentes enfermedades metabólicas.
Un estudio con casi medio millón de personas encontró mayor riesgo de hígado graso
Una investigación publicada en agosto de 2025 en la revista científica Communications Medicine examinó la relación entre el hábito de añadir sal a los alimentos y la aparición de enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica.
El estudio, realizado por investigadores que analizaron datos del UK Biobank, incluyó a 494.110 participantes que no presentaban MASLD al inicio del seguimiento. La edad media era de 56,5 años y el período de observación alcanzó una mediana de 13,6 años.
Durante ese tiempo se identificaron 7.171 nuevos casos de la enfermedad.
Los resultados mostraron que, en comparación con quienes nunca o rara vez añadían sal a sus comidas, las personas que lo hacían ocasionalmente presentaban un riesgo relativo un 7 % mayor. Entre quienes agregaban sal habitualmente, el incremento fue del 20 %, mientras que entre quienes lo hacían siempre alcanzó el 35 %.
Los investigadores también observaron que determinados marcadores de inflamación y metabolismo podían explicar parcialmente la asociación. Entre ellos figuraban la proteína C reactiva, los triglicéridos y otros indicadores relacionados con la regulación metabólica.
El análisis identificó además una interacción con la susceptibilidad genética vinculada al gen PNPLA3, conocido por su relación con la acumulación de grasa en el hígado.
No obstante, se trató de un estudio observacional. Por tanto, los resultados permiten identificar una asociación estadística, pero no demostrar que añadir sal a las comidas sea por sí solo la causa de la enfermedad.
La inflamación y la fibrosis representan los principales riesgos
La progresión de las enfermedades hepáticas depende de múltiples factores. La acumulación de grasa puede permanecer estable durante años, pero cuando aparece inflamación persistente aumenta la posibilidad de desarrollar lesiones celulares y fibrosis.
En sus formas más avanzadas, el daño hepático puede evolucionar hacia cirrosis, una condición caracterizada por alteraciones estructurales que comprometen progresivamente el funcionamiento del órgano.
Los especialistas investigan si el exceso de sodio puede contribuir a estos procesos incluso cuando no produce un aumento adicional importante de la grasa acumulada.
Esta posibilidad resulta relevante porque permitiría comprender mejor por qué algunas personas con esteatosis hepática desarrollan complicaciones mientras otras mantienen una enfermedad relativamente estable.
Sin embargo, todavía se necesitan investigaciones clínicas que permitan determinar si reducir específicamente el sodio disminuye la inflamación o la fibrosis hepática, independientemente de otros cambios alimentarios y metabólicos.
La cirrosis puede agravar las consecuencias del consumo de sal
En las personas que ya presentan cirrosis, la relación entre el sodio y las complicaciones hepáticas está mejor establecida.
La cirrosis puede provocar hipertensión portal, una elevación de la presión en el sistema venoso que transporta sangre hacia el hígado. Esta alteración, junto con cambios hormonales y renales, favorece la retención de sodio y agua.
Como consecuencia, algunos pacientes desarrollan ascitis, una acumulación anormal de líquido dentro del abdomen, además de hinchazón en las piernas y otras manifestaciones de retención de líquidos.
En estas circunstancias, una alimentación rica en sodio puede dificultar el control de la acumulación de líquidos.
Las recomendaciones clínicas para pacientes con cirrosis y ascitis suelen establecer un objetivo aproximado de 2.000 miligramos de sodio al día, equivalente a unos cinco gramos de sal común.
Esta restricción debe adaptarse a las condiciones de cada paciente. Una reducción excesivamente estricta puede dificultar la alimentación y agravar problemas nutricionales, especialmente en personas con enfermedad hepática avanzada.
La mayor parte del sodio puede encontrarse en alimentos procesados
Uno de los principales obstáculos para controlar el consumo de sal es que una proporción considerable del sodio de la dieta no procede directamente del salero.
Entre las fuentes habituales se encuentran los panes industriales, embutidos, quesos, sopas preparadas, conservas, salsas comerciales, aderezos y comidas elaboradas fuera del hogar.
Algunos productos que no tienen un sabor especialmente salado también pueden aportar cantidades importantes de sodio debido a su formulación industrial.
La Organización Mundial de la Salud recomienda que los adultos consuman menos de 2.000 miligramos de sodio al día, equivalentes aproximadamente a cinco gramos de sal.
Esta cantidad incluye tanto la sal añadida durante la preparación de las comidas como el sodio presente naturalmente en los alimentos y el incorporado durante su procesamiento.
En Estados Unidos, el consumo medio de sodio de los adultos se sitúa alrededor de 3.400 miligramos diarios, por encima de las recomendaciones sanitarias.
Por esta razón, los especialistas aconsejan revisar las etiquetas nutricionales, comparar productos similares y prestar atención al tamaño de las porciones.
Reducir la sal puede formar parte de una estrategia de protección hepática
Las recomendaciones para preservar la salud del hígado incluyen mantener un peso corporal adecuado, realizar actividad física regularmente, moderar o evitar el consumo de alcohol según las circunstancias clínicas y controlar factores metabólicos como la diabetes y la hipertensión.
La reducción del sodio puede integrarse en estas medidas, especialmente cuando la alimentación habitual contiene numerosos productos ultraprocesados.
Preparar comidas con ingredientes frescos, utilizar hierbas aromáticas y especias en lugar de grandes cantidades de sal y elegir alimentos con menor contenido de sodio son alternativas prácticas.
También resulta importante evitar interpretaciones simplificadas: el sodio es un mineral esencial para el funcionamiento de los nervios, los músculos y el equilibrio de los líquidos corporales. El objetivo no consiste en eliminarlo por completo, sino en evitar su consumo excesivo.
En pacientes con enfermedad hepática diagnosticada, las recomendaciones nutricionales deben individualizarse, especialmente cuando existen ascitis, alteraciones renales o tratamientos con medicamentos diuréticos.
La evidencia científica todavía presenta limitaciones
Los resultados disponibles apuntan a una relación relevante entre el consumo habitual elevado de sal y la salud hepática, pero todavía existen preguntas importantes.
Los experimentos con animales permiten explorar mecanismos biológicos, aunque no siempre reproducen las respuestas del organismo humano.
Por otra parte, los estudios poblacionales pueden verse influidos por diferencias en la alimentación, el peso corporal, la actividad física, el consumo de alcohol y otras condiciones que también modifican el riesgo de enfermedad.
Una investigación publicada en Annals of Hepatology, basada en 286.073 participantes del UK Biobank, encontró asociaciones entre diferentes indicadores de ingesta de sodio y la aparición de MASLD. Sus autores señalaron que la inflamación, la resistencia a la insulina y las alteraciones de la función renal podrían participar parcialmente en esa relación.
Estos hallazgos refuerzan la necesidad de estudiar el sodio como un posible factor relacionado con la salud hepática, sin atribuirle un papel causal definitivo que todavía no ha sido demostrado.
Para las personas con obesidad, diabetes, antecedentes de enfermedad hepática o consumo elevado de alcohol, la evaluación médica puede incluir análisis sanguíneos y pruebas no invasivas destinadas a detectar fibrosis cuando estén indicadas.
La información científica disponible respalda la conveniencia de moderar la ingesta de sal como parte de una alimentación saludable. Su posible contribución a la prevención de enfermedades hepáticas constituye una línea de investigación que deberá seguir evaluándose mediante estudios clínicos específicos.
Fuentes referenciales:
Communications Medicine — Adding salt to foods increases the risk of metabolic dysfunction-associated steatotic liver disease
Annals of Hepatology — Different measures of sodium intake and the risk of metabolic dysfunction-associated steatotic liver disease
Adding salt to foods and risk of metabolic dysfunction-associated steatotic liver disease and other chronic liver diseases
Infobae — Qué efectos tiene el exceso de sal sobre el hígado

