Una revisión Cochrane de 18 ensayos clínicos detectó pequeñas mejoras en el dolor y la función física, aunque su magnitud quedó por debajo del cambio que muchos pacientes perciben en la vida cotidiana
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Karem Díaz S.
El ejercicio produce, en promedio, una reducción limitada del dolor y una pequeña mejora de la capacidad funcional en personas con artrosis de cadera, según una actualización de la Biblioteca Cochrane dirigida por investigadores de las universidades de Sydney y Melbourne, en Australia.
La revisión reunió 18 ensayos clínicos con 1.368 participantes y concluyó que los beneficios obtenidos podrían no alcanzar la magnitud necesaria para que muchas personas perciban un cambio significativo durante sus actividades diarias. Los autores, sin embargo, recalcan que estos resultados no justifican abandonar el ejercicio como tratamiento de primera línea.
La artrosis de cadera es una enfermedad articular degenerativa asociada con dolor persistente, rigidez y pérdida progresiva de movilidad. Sus efectos pueden dificultar tareas como caminar, subir escaleras, incorporarse de una silla o permanecer de pie durante periodos prolongados.
Una reducción media de siete puntos en la escala de dolor
Al comparar el ejercicio con la ausencia de tratamiento o con la atención habitual, los investigadores estimaron una reducción media cercana a siete puntos en una escala de dolor de cero a cien.
Ese resultado quedó por debajo de los aproximadamente doce puntos que suelen considerarse necesarios para que un paciente perciba una diferencia relevante en su vida cotidiana. La capacidad física mostró un patrón parecido, con mejoras pequeñas que no siempre alcanzaron el umbral de importancia clínica.
Los autores advierten que estos límites de referencia proceden en gran medida de estudios realizados con poblaciones que tenían artrosis de rodilla o distintos tipos de artrosis. Por ello, es posible que no reflejen con total precisión la experiencia específica de las personas con afectación de cadera.
La calidad de vida apenas presentó cambios, independientemente del grupo con el que se compararon los programas de ejercicio. Este resultado es importante porque la autonomía y la posibilidad de realizar actividades cotidianas suelen estar entre las principales preocupaciones de los pacientes.
Los estudios incluyeron programas muy diferentes
Los ensayos evaluados incorporaron principalmente a mujeres, que representaron el 63 % de los participantes. Las edades oscilaron entre 53 y 74 años, por lo que los hallazgos podrían no ser directamente aplicables a pacientes más jóvenes.
Los programas tuvieron una duración muy variable, desde dos hasta 52 semanas, e incluyeron ejercicios de fuerza, actividades aeróbicas y prácticas de cuerpo y mente. La diversidad de intervenciones impidió determinar con claridad qué modalidad, intensidad o frecuencia ofrece mejores resultados para cada perfil de paciente.
Ningún tipo de ejercicio destacó de forma concluyente sobre los demás. Los investigadores señalan que esta ausencia de diferencias no significa necesariamente que todas las modalidades sean equivalentes, sino que todavía faltan ensayos suficientemente amplios y bien diseñados para compararlas.
La adaptación individual continúa siendo fundamental. Las personas con dolor o limitaciones importantes pueden requerir ejercicios de bajo impacto, fortalecimiento progresivo o movimientos sin carga, como los descritos en las rutinas diseñadas para proteger las articulaciones y mantener la movilidad.
Las limitaciones reducen la certeza de la evidencia
La mayoría de los ensayos incluidos fueron pequeños y los participantes conocían si pertenecían al grupo que realizaba ejercicio. Esta característica puede influir en la percepción del dolor y en la valoración subjetiva de la capacidad funcional.
Como buena parte de los resultados fue comunicada directamente por los participantes, las expectativas sobre el tratamiento pudieron hacer que el ejercicio pareciera más eficaz de lo que realmente era. La revisión consideró también por separado los estudios que utilizaron atención habitual, placebo o tratamientos simulados como comparación.
Cuando el ejercicio se comparó con una intervención simulada, la certeza de la evidencia sobre la reducción del dolor disminuyó considerablemente. Añadir actividad física a otros tratamientos tampoco produjo diferencias amplias en los resultados medios.
Estas limitaciones llevaron a los autores a solicitar investigaciones con mayor número de participantes, protocolos comparables y evaluaciones capaces de identificar qué personas responden mejor a cada modalidad terapéutica.
El ejercicio sigue formando parte del tratamiento
La revisión no concluye que el ejercicio sea inútil ni recomienda retirarlo del manejo de la artrosis de cadera. La actividad física es accesible, tiene bajo coste, presenta un riesgo reducido de efectos perjudiciales cuando se adapta correctamente y aporta beneficios cardiovasculares, musculares, metabólicos y emocionales.
El hallazgo obliga, no obstante, a comunicar expectativas realistas. Un paciente puede obtener mejoras modestas sin experimentar una desaparición considerable del dolor, y la respuesta individual puede variar según la gravedad de la artrosis, la fuerza muscular, el peso corporal, la movilidad inicial y otras enfermedades.
La evidencia disponible sobre el ejercicio y la salud de las articulaciones también indica que el impacto depende de la preparación física, la intensidad, la técnica y las características individuales, no únicamente del movimiento repetido.
En pacientes con síntomas persistentes, el tratamiento puede combinar educación sanitaria, control del peso cuando esté indicado, fisioterapia, analgésicos, fortalecimiento muscular y otras intervenciones seleccionadas por profesionales. Para determinados casos de artrosis resistente se investigan además alternativas como la embolización arterial mínimamente invasiva para reducir el dolor articular, aunque este procedimiento no sustituye el tratamiento conservador inicial.
Expectativas realistas y programas personalizados
Michelle Hall, coautora principal de la revisión e investigadora de la Universidad de Sydney, explicó que el ejercicio continúa recomendado como tratamiento central, pero que los profesionales deben informar con claridad que el beneficio promedio puede ser modesto.
Belinda Lawford, de la Universidad de Melbourne, señaló que algunas personas pueden depender especialmente de esta alternativa para controlar sus síntomas, aunque consideró necesario evitar expectativas desproporcionadas sobre su capacidad para aliviar el dolor.
La principal necesidad científica es identificar qué modalidades funcionan mejor para cada paciente. La artrosis de cadera no afecta de la misma forma a todas las personas y una respuesta promedio puede ocultar beneficios importantes en determinados grupos y resultados mínimos en otros.
Hasta que se disponga de evidencia más precisa, la recomendación es mantener el ejercicio como parte del tratamiento, adaptarlo a la capacidad y los síntomas de cada persona y evaluar periódicamente si produce mejoras funcionales relevantes sin agravar el dolor.
Fuentes referenciales:
Agencia SINC
Biblioteca Cochrane
