La dismenorrea afecta a una amplia proporción de mujeres, pero el dolor intenso, incapacitante o que cambia con el tiempo puede justificar una valoración médica
Redactor: Luis Ortega
Editor: Karem Díaz S.
El dolor menstrual es una experiencia frecuente, pero su repetición mes tras mes no significa que deba aceptarse siempre como una consecuencia inevitable de la menstruación. Cuando obliga a faltar al trabajo o a clase, altera el sueño, impide hacer ejercicio o lleva a cancelar actividades de manera recurrente, su impacto sobre la vida cotidiana se convierte en un elemento relevante para decidir si es necesario consultar a un profesional sanitario.
Una revisión reciente que reunió 336 investigaciones realizadas en 70 países estimó que la dismenorrea afecta al 71,3 % de las mujeres, aunque los resultados mostraron diferencias importantes entre los estudios. Esta elevada frecuencia ayuda a explicar por qué el dolor de regla puede llegar a normalizarse socialmente, incluso cuando alcanza una intensidad considerable.
El problema no es nuevo. La percepción de que soportar dolor forma parte de la menstruación ha sido cuestionada durante años, y en análisis anteriores sobre la normalización del dolor menstrual se ha advertido que esa aceptación puede dificultar la identificación de problemas ginecológicos que necesitan atención.
Las prostaglandinas intervienen en el dolor durante la menstruación
Durante la menstruación, el útero se contrae para facilitar la expulsión del endometrio, el tejido que recubre su interior y que se desprende cuando no se ha producido un embarazo. En estas contracciones participan las prostaglandinas, sustancias que intervienen en distintos procesos del organismo.
Un aumento de prostaglandinas favorece contracciones uterinas más intensas, capaces de restringir temporalmente el flujo sanguíneo y activar mecanismos relacionados con el dolor. Este proceso explica buena parte de la denominada dismenorrea primaria, en la que existe dolor menstrual sin que se identifique una enfermedad pélvica que lo provoque.
La dismenorrea primaria suele comenzar durante la adolescencia y aparecer poco antes o al inicio del sangrado. El dolor puede localizarse en la parte inferior del abdomen y acompañarse de síntomas como náuseas, diarrea, cefalea o mareos.
La intensidad no es el único criterio para valorar el dolor
No existe una puntuación universal que permita establecer por sí sola cuándo el dolor menstrual deja de ser aceptable. Además de la intensidad, debe considerarse cuánto interfiere con las actividades habituales.
Una molestia que puede manejarse sin modificar sustancialmente la rutina es diferente de un dolor que obliga a permanecer en cama, faltar a clase o al trabajo, abandonar el ejercicio, interrumpir el sueño o reorganizar compromisos sociales. Un metaanálisis citado en la revisión del problema encontró que aproximadamente una de cada cinco mujeres faltaba a clase o a la universidad debido a la dismenorrea, mientras que alrededor de cuatro de cada diez comunicaban una disminución de la concentración o del rendimiento académico.
El impacto cotidiano también se observa en estudios realizados en España. Una investigación con más de 4.000 participantes mostró que la menstruación puede condicionar el trabajo, los estudios y otras actividades habituales, especialmente cuando existen dolor o sangrados intensos.
Dismenorrea primaria y secundaria no significan lo mismo
El dolor menstrual puede clasificarse en dos grandes grupos. La dismenorrea primaria aparece sin una enfermedad pélvica identificable, mientras que en la dismenorrea secundaria existe una causa subyacente que necesita ser investigada.
Entre las señales que justifican una valoración sanitaria se encuentran un dolor intenso o incapacitante, un empeoramiento progresivo, la falta de respuesta al tratamiento habitual o la aparición de un patrón diferente al experimentado anteriormente.
También requieren atención otros síntomas asociados, como dolor pélvico fuera de la menstruación, molestias durante las relaciones sexuales, sangrado abundante o irregular, dolor al defecar o al orinar relacionado con el ciclo menstrual o dificultades para conseguir un embarazo.
Estas manifestaciones no significan automáticamente que exista una enfermedad concreta. Sí indican, sin embargo, que resulta razonable investigar el origen del dolor en lugar de limitarse a soportarlo o tratarlo repetidamente sin conocer su causa.
Endometriosis, adenomiosis y miomas pueden causar dolor menstrual
Entre las posibles causas de dismenorrea secundaria se encuentran la endometriosis, la adenomiosis y los miomas uterinos. La endometriosis se caracteriza por la presencia de tejido similar al endometrio fuera del útero y puede producir dolor pélvico, menstruaciones muy dolorosas y otros síntomas.
La enfermedad puede manifestarse de maneras diferentes y la intensidad del dolor no siempre refleja su extensión. Por esa razón, reducir la endometriosis a una simple “regla dolorosa” es uno de los conceptos que especialistas han cuestionado al analizar los mitos que todavía rodean a la endometriosis y dificultan su reconocimiento.
La Sociedad Europea de Reproducción Humana y Embriología recomienda considerar la posibilidad de endometriosis ante síntomas como dolor menstrual, dolor profundo durante las relaciones sexuales, molestias cíclicas al orinar o defecar, fatiga e infertilidad, entre otras manifestaciones.
La relación con la salud reproductiva tampoco es idéntica en todas las pacientes. La evidencia disponible muestra que endometriosis y fertilidad mantienen una relación compleja, por lo que la presencia de dificultades para conseguir un embarazo junto con otros síntomas debe valorarse de manera individual.
La evaluación médica combina síntomas, exploración e imagen
Los síntomas pueden orientar la sospecha diagnóstica, pero por sí solos no permiten confirmar la causa del dolor. La evaluación puede comenzar con la historia clínica y la exploración y continuar, cuando corresponda, con técnicas de imagen.
La ecografía ocupa un lugar importante en este proceso y, en determinadas situaciones, puede utilizarse resonancia magnética. La laparoscopia puede estar indicada cuando las pruebas de imagen son negativas pero persiste la sospecha clínica o cuando el tratamiento empírico no resulta adecuado o eficaz.
Uno de los problemas asociados a la endometriosis es precisamente el tiempo que puede transcurrir hasta obtener un diagnóstico. Una revisión de 17 estudios encontró demoras que oscilaron entre 0,3 y 12 años, aunque con diferencias considerables según el país, las características de las pacientes y la forma utilizada para calcular ese intervalo.
Normalizar el dolor puede contribuir a esa demora, pero no es el único factor. También existen dificultades relacionadas con el reconocimiento de la enfermedad dentro de los sistemas sanitarios y con la complejidad de sus manifestaciones.
El alivio del dolor no debe sustituir la búsqueda de su causa
El ibuprofeno y otros antiinflamatorios no esteroideos se utilizan habitualmente para aliviar la dismenorrea primaria porque actúan sobre mecanismos relacionados con las prostaglandinas. Sin embargo, el hecho de que un medicamento sea ampliamente utilizado no elimina la necesidad de respetar sus indicaciones, dosis y contraindicaciones.
El consumo repetido o inadecuado de antiinflamatorios puede tener efectos adversos. Por ello, el uso del ibuprofeno requiere atención a la dosis, frecuencia y condiciones individuales, especialmente cuando se convierte en una respuesta recurrente al dolor.
Además, conseguir alivio temporal no permite descartar una causa secundaria. Si el dolor persiste, empeora, cambia de características o interfiere de manera significativa con la vida diaria, la evaluación clínica adquiere mayor importancia que la repetición automática del mismo tratamiento.
No toda molestia menstrual indica una enfermedad
Evitar la normalización del dolor incapacitante tampoco significa considerar patológica cualquier molestia asociada a la menstruación. Las contracciones uterinas forman parte del proceso fisiológico y pueden provocar síntomas de intensidad variable sin que exista una enfermedad subyacente.
La diferencia relevante aparece cuando el dolor altera repetidamente la calidad de vida, cambia respecto de ciclos anteriores o se presenta junto con otras señales que requieren estudio. El objetivo no es medicalizar la menstruación, sino reconocer cuándo un síntoma frecuente merece una investigación más detallada.
Cuando cada ciclo obliga a reorganizar el trabajo, los estudios, el descanso, la actividad física o la vida social alrededor del dolor, la frecuencia del síntoma deja de ser una razón suficiente para considerarlo inevitable.
Fuentes referenciales:
The Conversation
European Society of Human Reproduction and Embryology
