Un seguimiento de casi cinco años entre adultos tsimane y mosetén encontró pocos casos acumulados, aunque los nuevos diagnósticos aparecieron a un ritmo comparable al registrado en poblaciones industrializadas
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Karem Díaz S.
Dos comunidades indígenas de la Amazonía boliviana se han convertido en un caso de especial interés para la investigación sobre el envejecimiento cerebral. Los pueblos tsimane y mosetén mantienen una prevalencia de demencia inferior al 2%, pero un estudio longitudinal advierte que esa cifra no significa necesariamente que sus habitantes estén protegidos por completo frente a la enfermedad.
La investigación, publicada en la revista científica Alzheimer’s & Dementia, siguió durante casi cinco años a 730 adultos que no tenían demencia al comenzar el estudio. Durante ese periodo se identificaron 22 diagnósticos nuevos, equivalentes a una incidencia de 7,40 casos por cada 1.000 personas-año.
El resultado plantea una aparente contradicción: pocas personas viven con demencia en estas comunidades, pero la aparición de casos nuevos no se aleja demasiado de la documentada en Estados Unidos y el norte de Europa, especialmente entre los menores de 80 años. Esta distinción entre prevalencia e incidencia es fundamental para interpretar correctamente los hallazgos y coincide con la importancia de analizar cómo cambia la incidencia de la demencia entre los adultos mayores.
La supervivencia después del diagnóstico influye en las cifras
La prevalencia indica cuántas personas viven con una enfermedad en un momento determinado, mientras que la incidencia contabiliza los diagnósticos que aparecen durante un periodo. Entre los tsimane y los mosetén, los participantes con demencia presentaron un riesgo de muerte más de seis veces superior al de quienes conservaron una función cognitiva normal.
Los investigadores estimaron que la supervivencia media posterior al diagnóstico podría ser entre dos y tres veces menor que la registrada en estudios realizados en Estados Unidos. Esa menor supervivencia contribuiría a mantener reducida la prevalencia, aunque no explicaría por sí sola todo el fenómeno.
Estas comunidades habitan localidades de difícil acceso y desarrollan actividades de caza, pesca, recolección y agricultura. La pérdida de capacidades para desplazarse, conseguir alimentos o administrar las tareas cotidianas puede ocasionar consecuencias especialmente graves en hogares que dependen directamente de esas labores.
El número reducido de casos obliga a interpretar los resultados con prudencia. Los autores no pueden determinar todavía qué proporción del fenómeno corresponde al estilo de vida, la genética, las condiciones ambientales, la salud vascular o las diferencias en la supervivencia.
La salud cardiovascular podría proteger también al cerebro
Los tsimane han sido estudiados anteriormente por presentar una frecuencia excepcionalmente baja de aterosclerosis coronaria. Entre los posibles factores relacionados se encuentran una vida físicamente activa, niveles reducidos de obesidad, hipertensión, diabetes y tabaquismo, además de una alimentación con poca presencia de productos ultraprocesados.
La relación resulta relevante porque los vasos sanguíneos suministran oxígeno y nutrientes al cerebro. El deterioro cardiovascular puede favorecer lesiones vasculares y afectar progresivamente la cognición. La evidencia acumulada sobre los beneficios de mantener actividad física para cuidar la salud cardiovascular ayuda a explicar por qué los investigadores analizan conjuntamente el corazón, la circulación y el envejecimiento cerebral.
Un estudio anterior basado en tomografías de 746 adultos tsimane de entre 40 y 94 años encontró que la diferencia de volumen cerebral entre la mediana edad y la vejez era un 70% menor que la observada en tres poblaciones industrializadas de Estados Unidos y Europa. La pérdida de volumen cerebral puede asociarse con deterioro cognitivo y menor autonomía, aunque una tomografía no permite diagnosticar por sí sola una demencia.
Los investigadores consideran que el modo de vida puede ser una parte de la explicación, pero evitan presentarlo como una fórmula preventiva universal. Los hábitos saludables relacionados con el riesgo de demencia interactúan con factores biológicos, sociales y ambientales, y sus efectos no son idénticos en todas las poblaciones.
Un patrón cognitivo distinto del Alzheimer típico
Entre numerosos participantes con deterioro cognitivo o demencia, las dificultades más evidentes afectaban la atención, el razonamiento y la capacidad para organizar tareas. Los problemas de memoria, característicos de muchas presentaciones de la enfermedad de Alzheimer, no siempre constituían la alteración dominante.
Las imágenes cerebrales y las evaluaciones vasculares mostraron indicios de que las lesiones en los vasos sanguíneos podrían contribuir al deterioro. Margaret Gatz, autora principal del trabajo y profesora de psicología y gerontología de la Universidad del Sur de California, señaló que el patrón de atrofia observado en la mayoría de los participantes afectados no era el típico del Alzheimer.
Los análisis preliminares de sangre detectaron una asociación entre la demencia y niveles elevados de cadena ligera de neurofilamento, un biomarcador general de daño neuronal. En cambio, no encontraron perfiles de amiloide o tau fosforilada característicos del Alzheimer.
El trabajo también identificó una relación con la variante genética APOE ε4, conocida por elevar el riesgo de Alzheimer en numerosas poblaciones. Sin embargo, su presencia no permite concluir que los casos estudiados correspondan a esa enfermedad, debido a que la variante también interviene en procesos como el transporte de lípidos y la respuesta inmunitaria.
El entorno social también forma parte del envejecimiento cerebral
El estudio destaca la necesidad de investigar poblaciones históricamente poco representadas en la ciencia de la demencia. Gran parte del conocimiento disponible procede de países industrializados, por lo que incorporar diferentes condiciones de vida, exposiciones ambientales y perfiles genéticos puede revelar mecanismos que pasarían inadvertidos en muestras más homogéneas.
Las condiciones materiales tampoco deben ignorarse. Investigaciones realizadas en otros contextos han relacionado la pobreza persistente con un peor envejecimiento cerebral, lo que refuerza la necesidad de estudiar conjuntamente los factores cardiovasculares, sociales, nutricionales y ambientales.
Los autores consideran que serán necesarios más participantes, periodos de seguimiento prolongados y evaluaciones biológicas adicionales para establecer el peso relativo de cada factor. Por ahora, los resultados muestran que una prevalencia baja puede ocultar una combinación compleja de incidencia, mortalidad, salud vascular, genética y condiciones de vida.
Fuentes referenciales:
Artículo sobre los pueblos tsimane y mosetén
Alzheimer’s & Dementia: estudio sobre incidencia de demencia y deterioro cognitivo
