Un estudio de la University College London siguió a 2.759 británicos durante décadas y relacionó las dificultades económicas prolongadas con menor memoria, menor velocidad de procesamiento y signos de atrofia cerebral
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz
Las dificultades económicas mantenidas durante buena parte de la vida adulta están asociadas con un peor desempeño cognitivo y con indicadores de envejecimiento cerebral más desfavorables, según una investigación dirigida por científicos de la University College London, en el Reino Unido.
El estudio analizó información de 2.759 personas nacidas en marzo de 1946 que forman parte de la Encuesta Nacional de Salud y Desarrollo del Consejo de Investigación Médica británico. Esta cohorte, seguida desde el nacimiento, permitió comparar los ingresos, los problemas financieros, la memoria y la salud cerebral de los participantes a lo largo de varias décadas.
Los resultados mostraron que quienes experimentaron ingresos persistentemente bajos o dificultades reiteradas para cubrir sus gastos obtuvieron peores resultados en pruebas cognitivas realizadas a los 53 años. En un grupo que posteriormente fue sometido a resonancias magnéticas, la escasez económica prolongada también se relacionó con mayor atrofia cerebral entre los 69 y 71 años.
Décadas de información sobre ingresos y salud cognitiva
Los investigadores examinaron los ingresos familiares declarados por los participantes a los 26, 43 y 53 años. Se consideró que una persona había experimentado ingresos persistentemente bajos cuando estuvo situada dentro del 20 % con menores recursos económicos en al menos dos de esas evaluaciones.
Aproximadamente el 16 % de los participantes, cerca de uno de cada seis, cumplió ese criterio. La dificultad financiera también se evaluó mediante preguntas sobre problemas para vivir con los ingresos disponibles o para pagar facturas y otros gastos cotidianos.
En este segundo indicador, se clasificó como dificultad persistente haber superado el umbral establecido en al menos dos ocasiones entre los 36 y los 53 años. Esta situación afectó al 12 % de la muestra, equivalente a aproximadamente uno de cada ocho participantes.
Las pruebas cognitivas midieron principalmente la memoria verbal y la velocidad de procesamiento. Los investigadores observaron que la acumulación de dificultades a través del tiempo estuvo más claramente relacionada con los resultados desfavorables que los episodios económicos aislados o de corta duración.
Las resonancias mostraron signos de menor salud cerebral
Una parte de los integrantes de la cohorte fue sometida a estudios de resonancia magnética entre los 69 y 71 años. Las imágenes permitieron medir cambios como la reducción del volumen cerebral y la expansión de los ventrículos, cavidades llenas de líquido cuyo aumento puede acompañar la pérdida de tejido cerebral.
Las personas con antecedentes persistentes de bajos ingresos presentaron indicadores menos favorables en estas exploraciones. La asociación se mantuvo incluso después de que los autores ajustaran sus análisis para considerar la capacidad cognitiva durante la infancia, el nivel educativo y las condiciones desfavorables experimentadas en los primeros años de vida.
Estos hallazgos se suman a las investigaciones que tratan de explicar por qué algunos cerebros resisten mejor el envejecimiento y por qué personas de una misma edad pueden presentar trayectorias cognitivas muy distintas.
El estudio no establece que la pobreza provoque directamente la reducción del volumen cerebral. Su diseño observacional permite identificar asociaciones sólidas, pero no descarta por completo la intervención de otros factores sociales, ambientales, médicos o conductuales que podrían influir en los resultados.
El estrés crónico podría ser uno de los mecanismos
Los autores plantearon varios procesos que podrían explicar la relación entre las dificultades financieras y el envejecimiento cognitivo. Uno de ellos es el estrés crónico generado por la incertidumbre sobre el pago de alimentos, vivienda, servicios, deudas y otras necesidades básicas.
La exposición sostenida al estrés puede favorecer procesos inflamatorios que, con el paso del tiempo, afectan la salud cardiovascular y cerebral. Las preocupaciones económicas reiteradas también pueden aumentar la carga cognitiva, al ocupar recursos mentales que normalmente se emplearían en la atención, la planificación, la resolución de problemas y otras tareas.
Las condiciones económicas adversas pueden coincidir además con una alimentación menos equilibrada, menor acceso a servicios sanitarios, viviendas inadecuadas, trabajos de mayor desgaste, menos oportunidades educativas y mayores dificultades para mantener actividades físicas y sociales protectoras.
La evidencia disponible indica que la salud cerebral depende de múltiples factores. Además del contexto socioeconómico, existen hábitos que contribuyen a proteger las funciones del cerebro, como la actividad física regular, el descanso adecuado, la estimulación cognitiva y el mantenimiento de vínculos sociales.
Los efectos fueron más marcados en algunos participantes
La relación entre adversidad financiera y peor salud cerebral fue especialmente intensa entre los hombres, las personas que habían vivido condiciones desfavorables durante la infancia y quienes portaban la variante genética APOE-ε4, asociada con un mayor riesgo de enfermedad de Alzheimer.
Los investigadores señalaron que las diferencias observadas entre hombres y mujeres deben interpretarse dentro del contexto histórico de esta generación, nacida en 1946. En muchos de esos hogares, el hombre desempeñaba el papel principal de proveedor económico, por lo que la pérdida de ingresos o la incapacidad para cubrir los gastos pudo representar una fuente particular de presión.
También se consideró la posibilidad de que algunos comportamientos perjudiciales para la salud, como el tabaquismo o el consumo excesivo de alcohol, fueran más frecuentes entre determinados grupos expuestos a dificultades económicas. Aunque el análisis tuvo en cuenta múltiples variables, todavía podrían existir factores no medidos.
La variante APOE-ε4 tampoco determina por sí sola que una persona desarrollará demencia. Representa un factor de susceptibilidad que puede interactuar con el envejecimiento, la salud vascular, los hábitos y las experiencias sociales acumuladas durante la vida.
Un resultado inesperado en la evolución de la memoria
Los participantes con dificultades financieras obtuvieron resultados inferiores en las pruebas cognitivas a los 53 años, pero su memoria mostró posteriormente un descenso más lento hasta los 69 años. Los investigadores consideran que este patrón no representa una ventaja.
La explicación propuesta es que estas personas ya habían acumulado pérdidas cognitivas importantes antes de la primera medición utilizada para estudiar el ritmo de deterioro. Al comenzar desde un nivel más bajo, la diferencia adicional registrada durante los años siguientes pudo ser menor.
Este resultado subraya la importancia de examinar toda la trayectoria vital y no únicamente las variaciones observadas durante la vejez. Las desigualdades pueden manifestarse mucho antes de la edad en la que suelen diagnosticarse los trastornos neurodegenerativos.
El seguimiento prolongado también permite distinguir entre factores asociados con el nivel cognitivo alcanzado en la mediana edad y aquellos vinculados con la velocidad de pérdida posterior. Ambos componentes son relevantes para comprender el riesgo individual y poblacional de deterioro cognitivo.
La prevención de la demencia también requiere políticas sociales
Los autores sostienen que el deterioro cognitivo no depende exclusivamente de la genética, las enfermedades o las decisiones individuales. Las circunstancias económicas y sociales acumuladas pueden formar parte de los factores que influyen en la manera en que envejece el cerebro.
La reducción de la pobreza crónica, el acceso a una vivienda adecuada, la atención médica oportuna, la educación y la protección social podrían contribuir indirectamente a disminuir algunos riesgos. Sin embargo, serán necesarios nuevos estudios para determinar si mejorar las condiciones financieras produce cambios medibles en la cognición o reduce la incidencia de demencia.
La prevención continúa apoyándose en el control de la hipertensión, la diabetes, el colesterol, el tabaquismo y otros factores modificables. Los análisis sobre hábitos saludables y prevención de la demencia muestran que las medidas individuales son importantes, pero no sustituyen la necesidad de abordar las desigualdades que condicionan las oportunidades de cuidar la salud.
La investigación adquiere relevancia en momentos en que diversos países observan cambios en la frecuencia de los trastornos cognitivos. Aunque la incidencia de la demencia ha disminuido en algunos grupos de adultos mayores, el envejecimiento demográfico mantiene elevada la cantidad total de personas que necesitarán atención y apoyo.
Una cohorte que cumple ocho décadas de seguimiento
La Encuesta Nacional de Salud y Desarrollo comenzó con 5.362 personas nacidas durante una semana de marzo de 1946 en Inglaterra, Escocia y Gales. Sus participantes han sido evaluados periódicamente en aspectos relacionados con la educación, el empleo, las relaciones familiares, la salud física, la salud mental y las capacidades cognitivas.
La cohorte cumplió 80 años en 2026 y es considerada el estudio de nacimiento con seguimiento continuo más prolongado del mundo. Su extensión permite analizar cómo las experiencias tempranas, las condiciones de trabajo, los ingresos y los comportamientos de salud se combinan durante toda la vida.
Los resultados actuales respaldan una visión más amplia del envejecimiento cerebral: las diferencias cognitivas observadas en la vejez pueden reflejar décadas de exposición acumulada a ventajas o desventajas. Para los investigadores, esa perspectiva puede ayudar a diseñar estrategias de prevención que integren la medicina, la salud pública y las políticas sociales.
Fuentes referenciales:
Infobae
University College London
Innovation in Aging
