Los hábitos compartidos pueden normalizar las sustancias, encubrir conflictos y reforzar una dependencia que requiere evaluar individualmente a cada integrante
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Eduardo Schmitz
El consumo problemático de alcohol u otras drogas dentro de una pareja no siempre responde a una historia simple en la que una persona induce y la otra obedece. Puede construirse mediante hábitos, vulnerabilidades y necesidades emocionales compartidas que terminan incorporando la sustancia al funcionamiento cotidiano del vínculo.
El psiquiatra, neurólogo y médico legista Enrique De Rosa Alabaster analizó esta dinámica y señaló que la pregunta clínica más útil no consiste únicamente en determinar quién comenzó, sino en comprender qué función cumplen las conductas adictivas dentro de la relación.
El consumo puede convertirse en un ritual de diversión, una forma de intimidad, un secreto común o un recurso para afrontar el estrés. También puede utilizarse para evitar conversaciones difíciles, posponer una separación, aliviar temporalmente la angustia o mantener determinadas relaciones de poder.
Las parejas también comparten y transforman sus hábitos
Las personas que conviven no comparten solamente una vivienda o un proyecto afectivo. Organizan horarios, actividades sociales, alimentación, descanso y estrategias para responder ante los problemas. Con el tiempo, algunas de sus conductas pueden hacerse más semejantes.
Este proceso se conoce como convergencia conductual. Investigaciones sobre relaciones de pareja han encontrado similitudes progresivas en hábitos como el consumo de alcohol, tabaco y cannabis, además de la actividad física, el sueño, la alimentación y el peso corporal.
La convergencia no significa que toda persona adopte inevitablemente las conductas de su pareja. Tampoco elimina la responsabilidad individual. Describe una influencia recíproca en la que determinadas costumbres pueden aprenderse, reforzarse, normalizarse o modificarse dentro de la relación.
El enfoque coincide con una comprensión biopsicosocial de las adicciones, que considera la interacción entre factores biológicos, psicológicos y sociales. Este debate aparece también al examinar cómo debe entenderse la adicción y qué factores sostienen el consumo.
El consumo puede ingresar a la relación de distintas maneras
En algunas parejas, uno de los integrantes ya consumía antes de iniciar el vínculo. La otra persona puede conocer esa conducta desde el principio, descubrirla posteriormente o participar después en ella.
En otros casos, ambos llegan a la relación con antecedentes de consumo. También es posible que comiencen juntos durante reuniones sociales, celebraciones, encuentros sexuales o momentos presentados inicialmente como experiencias ocasionales.
Cuando la sustancia queda asociada con el descanso, la intimidad o la pertenencia, abandonar el consumo puede sentirse como una amenaza para la relación. La pareja puede llegar a creer que sin alcohol o drogas perderá su principal actividad compartida o deberá enfrentar problemas que permanecían ocultos.
Esta asociación puede observarse en prácticas específicas como el consumo de sustancias vinculado con encuentros sexuales, donde la búsqueda de desinhibición o duración puede combinarse con riesgos de dependencia, sobredosis y deterioro de la salud mental.
La sustancia puede regular emociones o evitar conflictos
Una conducta adictiva compartida puede funcionar como regulador emocional. Ambos integrantes recurren al consumo para reducir la ansiedad, escapar de frustraciones o evitar temporalmente sentimientos que no consiguen manejar mediante otros recursos.
La sustancia también puede operar como una pausa artificial frente a los conflictos. En lugar de resolver diferencias sobre dinero, convivencia, sexualidad, celos o expectativas, la pareja consume y posterga la conversación.
Esta dinámica produce un alivio inmediato, pero no elimina el problema. Cuando desaparece el efecto, las tensiones continúan y pueden sumarse consecuencias económicas, familiares, laborales y sanitarias derivadas del consumo.
En determinados vínculos, las drogas o el alcohol actúan como amplificadores. No necesariamente originan todos los desacuerdos, pero pueden aumentar la impulsividad, la desinhibición y las alteraciones del juicio, transformando una discusión en un episodio de mayor riesgo.
Es importante diferenciar estas situaciones de la violencia ejercida como patrón de control. La intoxicación no justifica una agresión ni traslada la responsabilidad a la víctima. Cuando existen amenazas, coerción, aislamiento o ciclos de daño y reconciliación, deben evaluarse también las señales clínicas de un vínculo traumático.
Buscar un único culpable puede ocultar la dinámica real
Preguntar quién llevó a quién puede ser relevante en situaciones de coerción, suministro sin consentimiento, violencia o responsabilidad legal. Sin embargo, utilizar esa pregunta como única explicación puede impedir comprender la influencia mutua y las necesidades emocionales que mantienen el consumo.
La realidad tampoco debe sustituirse por la idea de que ambos tienen siempre la misma responsabilidad. Puede existir una desigualdad marcada de edad, poder económico, capacidad de decisión o control sobre el acceso a las sustancias.
La evaluación clínica necesita determinar si hubo presión, manipulación, amenazas o aprovechamiento de una persona vulnerable. También debe reconocer cuándo ambos integrantes participan activamente y refuerzan el comportamiento del otro.
El objetivo sanitario no es repartir culpas de manera automática, sino identificar riesgos, proteger a quienes se encuentren en una situación de violencia y establecer qué intervención necesita cada persona.
Proteger a la pareja puede terminar protegiendo el consumo
Una persona puede intentar cuidar a su compañero ocultando episodios, justificando ausencias, pagando deudas, mintiendo a familiares o resolviendo las consecuencias del consumo. Aunque estas acciones nazcan del afecto o del miedo, pueden evitar que el problema se haga visible y retrasar la búsqueda de ayuda.
Esta conducta se conoce como facilitación. No significa que la pareja sea responsable de la adicción, sino que algunas respuestas destinadas a reducir el daño inmediato pueden sostener involuntariamente el patrón a largo plazo.
También puede manifestarse al minimizar una sobredosis, descartar recomendaciones médicas, impedir que otras personas intervengan o presentar los conflictos como simples excesos ocasionales. El silencio termina formando parte de las reglas del vínculo.
Establecer límites no equivale a abandonar a la persona. Puede implicar negarse a proporcionar dinero para sustancias, no encubrir consecuencias, proteger a los niños y solicitar apoyo profesional antes de participar en una conversación o intervención delicada.
Las poliadicciones dificultan atribuir los efectos a una sola droga
Numerosos consumos problemáticos actuales involucran más de una sustancia. Alcohol, cannabis, estimulantes, sedantes o psicofármacos pueden combinarse durante un mismo periodo o alternarse según el contexto.
Esta poliadicción dificulta determinar qué sustancia produjo un cambio de conducta específico. Los efectos también dependen de la dosis, las mezclas, el estado de salud, la presencia de trastornos mentales y otros medicamentos utilizados.
Algunas drogas pueden causar alteraciones desde exposiciones tempranas y dejar cambios biológicos que continúan bajo investigación. Los estudios sobre las huellas de la cocaína en el cerebro ilustran por qué no conviene minimizar un consumo por considerarlo ocasional o social.
La combinación de sustancias aumenta la imprevisibilidad y puede elevar el riesgo de intoxicación, pérdida de conciencia, accidentes, conductas violentas o sobredosis. Ante dificultad para respirar, convulsiones, inconsciencia o confusión intensa se requiere atención de emergencia.
El tratamiento debe evaluar a cada integrante y a la relación
Los trastornos por consumo de sustancias son tratables. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos explican que la recuperación puede combinar terapia, atención de salud mental, medicamentos en determinados trastornos y programas ambulatorios o residenciales.
Cuando ambos integrantes consumen, cada uno necesita una evaluación individual. Pueden utilizar sustancias diferentes, presentar grados de dependencia distintos o convivir con depresión, ansiedad, trauma u otros problemas que requieren atención específica.
La intervención sobre la relación puede incorporarse cuando resulte segura y clínicamente apropiada. La terapia de pareja o familiar puede ayudar a reconocer desencadenantes, modificar rutinas compartidas, mejorar la comunicación y establecer acuerdos que apoyen la recuperación.
No todas las situaciones deben abordarse inicialmente en conjunto. Si existe violencia, coerción, riesgo de represalias o una desigualdad grave de poder, la seguridad y la atención individual tienen prioridad sobre las sesiones compartidas.
La recuperación conjunta requiere cambios cotidianos concretos
Dejar de consumir no consiste solamente en retirar la sustancia. La pareja debe revisar los lugares, horarios, amistades, celebraciones y emociones que estaban asociados con ella.
Si el consumo era la principal actividad compartida, será necesario construir otras formas de intimidad y descanso. También puede ser preciso reorganizar el acceso al dinero, eliminar sustancias del hogar y planificar cómo responder ante invitaciones o situaciones de riesgo.
Ambos integrantes pueden acompañarse durante la recuperación, pero ninguno puede asumir por completo el tratamiento del otro. Cada persona necesita responsabilizarse de sus decisiones, mantener el seguimiento profesional y comunicar oportunamente una recaída o aumento del deseo de consumir.
Una recaída no significa que el tratamiento haya fracasado, pero requiere revisar el plan y los desencadenantes. Cuando la pareja responde ocultando el episodio o retomando el consumo conjunto, vuelve a reforzar el circuito que intentaba interrumpir.
Comprender la función del consumo permite buscar una salida
La pregunta central es qué lugar ocupa la conducta adictiva dentro del vínculo. Puede estar cubriendo soledad, miedo, frustración, dificultades sexuales, conflictos no resueltos o una falta de recursos para regular las emociones.
Reconocer esa función no justifica el daño ni reduce la gravedad del consumo. Permite identificar qué necesidades deberán abordarse para que la pareja no dependa nuevamente de la sustancia como forma de unión o escape.
La búsqueda de ayuda puede comenzar con un médico, un profesional de salud mental o un servicio especializado en adicciones. No es necesario esperar a que ambos reconozcan simultáneamente el problema: uno de los integrantes puede solicitar orientación y comenzar a establecer cambios protectores.
Comprender la influencia recíproca, evitar el estigma y evaluar los riesgos de cada persona ofrece una base más útil que limitarse a señalar quién inició el consumo. La recuperación es posible, pero necesita sustituir las reglas y silencios que sostenían la adicción por tratamiento, límites y formas más seguras de relacionarse.
Fuentes referenciales:
Infobae Salud
Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades
