Especialistas advierten que la inseguridad puede formar parte del desarrollo, pero requiere atención cuando provoca aislamiento, abandono de actividades o cambios en la alimentación
Redactor: Luis Ortega
Editor: Karem Díaz S.
La vergüenza de mostrar el cuerpo puede aparecer durante la adolescencia como consecuencia de los cambios físicos, psicológicos y sociales propios de esta etapa. Sin embargo, especialistas españolas advierten que el malestar deja de ser una reacción esperable cuando limita la vida cotidiana, provoca aislamiento o lleva al menor a evitar actividades que antes disfrutaba.
Amaia Izquierdo, vicepresidenta de la sección de Infancia y Adolescencia de la Asociación Española de Psicología Clínica y Psicopatología, explica que este periodo está marcado por la construcción de la identidad, la búsqueda de autonomía y una mayor sensibilidad frente a la opinión de los compañeros. La comparación constante con imágenes corporales idealizadas puede intensificar esa vulnerabilidad.
La imagen corporal adquiere mayor peso en la adolescencia
La pubertad transforma el cuerpo a un ritmo que no siempre coincide con la adaptación emocional. El crecimiento, los cambios de peso, el desarrollo sexual, el acné y otras modificaciones visibles pueden generar inseguridad, especialmente cuando el adolescente siente que su apariencia no se ajusta a las expectativas de su entorno.
Sentir pudor al cambiarse de ropa, utilizar un bañador o participar en determinadas actividades no implica necesariamente la existencia de un problema de salud mental. La valoración debe considerar la intensidad del malestar, cuánto tiempo persiste y si interfiere con las relaciones, los estudios, el descanso o las actividades habituales.
La dificultad aparece cuando la preocupación corporal se convierte en una razón para renunciar. Dejar de acudir a la piscina, evitar un campamento, rechazar encuentros con amigos o permanecer encerrado para no ser observado son comportamientos que merecen atención por parte de la familia.
Las redes sociales elevan la presión estética
La comparación con otros jóvenes siempre ha formado parte del desarrollo adolescente, pero las plataformas digitales han modificado las referencias disponibles. Fotografías seleccionadas, filtros, iluminación, poses y edición presentan como espontáneas imágenes que pueden estar cuidadosamente preparadas o alteradas.
El adolescente puede interpretar esas representaciones como modelos reales y alcanzables. Cuando compara su cuerpo cotidiano con una identidad virtual idealizada, la distancia percibida puede alimentar sentimientos de insuficiencia y temor al juicio de los demás.
Esta presión puede aumentar si el propio menor modifica de forma habitual sus fotografías. La diferencia entre la imagen publicada y su apariencia presencial puede generar miedo ante el reencuentro con amistades o compañeros. El análisis sobre el uso problemático de redes sociales durante la adolescencia también muestra la importancia de valorar la pérdida de control y la interferencia de las plataformas en la vida diaria, más allá del número de horas de conexión.
Los especialistas no proponen presentar toda actividad digital como perjudicial. Las redes también facilitan vínculos, expresión y acceso a información. El riesgo aparece cuando los algoritmos repiten contenidos centrados en cuerpos idealizados, dietas restrictivas, ejercicio compulsivo o productos estéticos y terminan estrechando las referencias que recibe el menor.
El verano puede intensificar la inseguridad corporal
La exposición del cuerpo aumenta durante el verano por el uso de ropa ligera, bañadores y la participación en actividades acuáticas. Silvia Mérida, psicóloga de Blua de Sanitas, señala que mostrar el cuerpo puede dejar de ser un acto cotidiano y transformarse en una fuente de tensión cuando el joven percibe una gran distancia entre su apariencia y el ideal que cree que debería alcanzar.
Esta situación puede afectar a adolescentes de cualquier género, aunque determinados problemas de imagen corporal y trastornos alimentarios se diagnostican con mayor frecuencia entre las chicas. Las experiencias individuales varían y no deben evaluarse únicamente a partir del peso o la apariencia externa.
Las conversaciones sobre belleza dentro del hogar también influyen. Comentarios frecuentes acerca de engordar, adelgazar, tener barriga o corregir una parte del cuerpo pueden enseñar a niños y adolescentes que la apariencia está permanentemente expuesta a evaluación.
Las señales de alerta afectan diferentes áreas de la vida
Entre los comportamientos que justifican una valoración se encuentran el abandono reiterado de actividades, el aislamiento social o familiar, las expresiones muy negativas sobre la propia apariencia y la búsqueda compulsiva de métodos para cambiar el cuerpo.
También deben observarse modificaciones importantes del sueño, como dormir durante el día y permanecer despierto por la noche para evitar el contacto con otras personas. La irritabilidad persistente, el llanto frecuente y el sufrimiento intenso adquieren mayor relevancia cuando aparecen junto con otras alteraciones.
Los cambios significativos en la alimentación, la restricción de comidas, las fluctuaciones corporales y el ejercicio compulsivo requieren atención temprana. Estas conductas pueden estar vinculadas con un trastorno de la conducta alimentaria, aunque el diagnóstico corresponde a profesionales capacitados. Mundo de la Salud ha explicado previamente las señales tempranas asociadas con los trastornos alimentarios y cómo la relación conflictiva con la comida puede afectar a los adolescentes.
La preocupación tampoco debe minimizarse porque el joven conserve un peso considerado normal. Los trastornos alimentarios y la insatisfacción corporal pueden presentarse con diferentes tamaños y formas corporales. Las señales de alerta y el acompañamiento durante la recuperación incluyen aspectos físicos, emocionales y sociales.
Cómo pueden acompañar las familias
El primer paso consiste en escuchar sin ridiculizar el malestar ni responder únicamente con frases como “no tienes ningún defecto”. Aunque la intención sea tranquilizar, negar la emoción puede dificultar que el adolescente vuelva a hablar sobre lo que siente.
Los adultos pueden validar el sufrimiento sin confirmar la visión negativa del cuerpo. También conviene evitar comparaciones, bromas sobre el peso y comentarios constantes sobre dietas o defectos físicos, incluso cuando se refieran a otras personas.
Una alternativa consiste en hablar del cuerpo desde su funcionalidad: permite nadar, caminar, bailar, crear, descansar y participar en actividades. El arte, el movimiento recreativo y el deporte practicado de manera saludable pueden ampliar la identidad del adolescente, siempre que no se utilicen como castigo ni como una obligación para modificar su apariencia.
Las familias también pueden conversar sobre filtros, edición y publicidad digital, ayudando a distinguir una imagen construida de una representación cotidiana. Este acompañamiento resulta más útil cuando los adultos revisan sus propias expresiones y hábitos en lugar de responsabilizar exclusivamente al menor.
La atención profesional debe solicitarse ante una limitación persistente
Cuando el aislamiento, la evitación o el malestar no disminuyen, la recomendación es consultar con pediatría o atención primaria. Estos profesionales pueden realizar una primera valoración y, si corresponde, derivar al adolescente a servicios de salud mental o a unidades especializadas en trastornos alimentarios.
La intervención temprana permite evaluar si la vergüenza corporal está relacionada con ansiedad, depresión, acoso, experiencias de rechazo, alteraciones alimentarias u otras dificultades. Pedir ayuda no convierte una inseguridad adolescente en una enfermedad, sino que permite diferenciar una preocupación transitoria de un problema que ya está afectando el desarrollo y el bienestar.
Fuente referencial:
EFE Salud
