Un estudio con 59.218 adultos del Reino Unido relacionó la actividad cotidiana, especialmente la vigorosa, con una menor incidencia de 13 tipos de tumores
Redactor: Luis Ortega
Editor: Karem Díaz S.
Una investigación internacional encabezada por especialistas vinculados a la University College London analizó cómo la postura y la intensidad del movimiento durante las 24 horas se relacionan con el riesgo de desarrollar cáncer. El trabajo siguió durante una mediana de ocho años a 59.218 adultos del Reino Unido y registró 2.385 nuevos diagnósticos de tumores previamente asociados con la actividad física.
Los resultados, publicados el 18 de julio de 2026 en la revista científica BMC Medicine, indican que reemplazar una pequeña parte del tiempo sedentario por movimiento se asocia con una reducción modesta del riesgo. La relación fue más marcada cuando la actividad alcanzaba una intensidad suficiente para elevar de forma considerable la frecuencia cardíaca.
El hallazgo no implica que el ejercicio pueda impedir por sí solo la aparición de cáncer. Se trata de un estudio observacional que identifica asociaciones estadísticas y no demuestra una relación directa de causa y efecto. Sin embargo, aporta mediciones objetivas que respaldan la importancia de reducir el tiempo acumulado en conductas sedentarias.
Dispositivos de muñeca midieron una semana completa de actividad
Los participantes procedían de la muestra de acelerometría del UK Biobank. Cada persona utilizó durante siete días un dispositivo de muñeca capaz de registrar el movimiento, lo que permitió clasificar el tiempo cotidiano según la postura y la intensidad de la actividad.
El primer análisis dividió el día entre sueño, sedentarismo, tiempo de pie y movimiento de cualquier intensidad. El segundo distinguió entre sueño, reposo sedentario y actividad física ligera, moderada o vigorosa. Los diagnósticos posteriores se verificaron mediante registros sanitarios y oncológicos del Reino Unido.
La edad media de los participantes era de 61,7 años y el 55% eran mujeres. El seguimiento acumuló 464.640 personas-año y alcanzó una mediana de ocho años, con periodos individuales de hasta 9,5 años.
Los modelos estadísticos consideraron edad, sexo, educación, tabaquismo, consumo de alcohol, alimentación, antecedentes familiares de cáncer, enfermedades cardiovasculares y uso habitual de medicamentos. Las personas con antecedentes de cáncer al comienzo del seguimiento fueron excluidas.
Quince minutos adicionales de movimiento mostraron una asociación favorable
En el participante promedio, sustituir teóricamente 15 minutos de sueño o sedentarismo por 15 minutos de movimiento se relacionó con una reducción aproximada del 2% en el riesgo de los cánceres estudiados. Permanecer de pie también presentó una asociación favorable, aunque fueron necesarios alrededor de 30 minutos para obtener una diferencia semejante.
El día promedio de los participantes incluía 7 horas y 39 minutos de sueño, 11 horas y 13 minutos de sedentarismo, 4 horas y 17 minutos de pie y solamente 51 minutos de movimiento. Quienes recibieron posteriormente un diagnóstico de cáncer habían registrado inicialmente menos tiempo de pie y en movimiento, así como más horas sedentarias.
Los resultados coinciden con la perspectiva de la medicina de estilo de vida frente al sedentarismo, que propone incorporar el movimiento dentro de la rutina diaria y no limitarlo exclusivamente a las sesiones formales de entrenamiento.
La intensidad vigorosa concentró la asociación más fuerte
Al estudiar la intensidad, los investigadores observaron que una mayor cantidad de actividad moderada a vigorosa se relacionaba de manera más consistente con una incidencia menor de cáncer. Dentro de ese conjunto, la actividad vigorosa parecía aportar la asociación más marcada.
Reemplazar teóricamente tres minutos de otra conducta por tres minutos de actividad vigorosa se vinculó con una reducción estimada cercana al 4% en el riesgo. Entre los ejemplos cotidianos se encuentran subir escaleras rápidamente, correr para alcanzar un transporte, practicar un deporte exigente o cargar objetos pesados.
Esto no significa que todas las personas deban realizar esfuerzos intensos sin preparación. La capacidad física, las enfermedades previas y el nivel de entrenamiento condicionan lo que representa una intensidad segura. La progresión debe adaptarse a cada caso, especialmente entre adultos mayores o personas con afecciones cardiovasculares, respiratorias o musculoesqueléticas.
Los beneficios potenciales también dependen de mantener el movimiento en el tiempo. Las estrategias para conservar la constancia en la actividad física destacan que los objetivos flexibles y compatibles con la vida cotidiana suelen ser más sostenibles que los programas excesivamente exigentes.
Trece tipos de cáncer formaron el resultado conjunto
El análisis reunió los diagnósticos de cáncer de vejiga, colon, endometrio, cardias gástrico, cabeza y cuello, riñón, hígado, mama, pulmón y recto, además de mieloma, adenocarcinoma de esófago y leucemia mieloide.
Los autores utilizaron un resultado compuesto porque esos 13 tipos de cáncer ya habían mostrado relaciones previas con la actividad física recreativa. Al analizarlos por separado, las tendencias variaron entre tumores. En particular, el cáncer de mama no presentó una asociación clara en este estudio, pese a ser el diagnóstico más frecuente de la muestra.
Los mecanismos biológicos propuestos incluyen posibles efectos del ejercicio sobre la inflamación crónica, la resistencia a la insulina, el gasto energético y la adiposidad. No obstante, el estudio no fue diseñado para comprobar directamente esas vías fisiológicas.
Las asociaciones no equivalen a una garantía preventiva
La principal fortaleza del trabajo fue medir objetivamente el movimiento mediante acelerómetros, en lugar de depender únicamente de cuestionarios. También examinó de forma conjunta cómo se distribuye el tiempo entre sueño, sedentarismo, postura de pie y actividades de distinta intensidad.
Entre sus limitaciones figura que la medición se realizó durante una sola semana y se utilizó como representación de los hábitos posteriores. Además, el 96% de la muestra era de origen étnico blanco y el 43% tenía formación universitaria, características que restringen la generalización de los resultados a otras poblaciones.
La asociación específica con actividad vigorosa perdió significación estadística cuando se excluyeron los diagnósticos ocurridos durante los primeros dos años de seguimiento. En cambio, la relación con el conjunto de actividad moderada a vigorosa se mantuvo más estable en los análisis de sensibilidad.
El ajuste adicional por índice de masa corporal también debilitó la relación entre sedentarismo y cáncer, lo que sugiere que la adiposidad podría intervenir parcialmente en esa asociación. Los propios autores señalan la necesidad de efectuar nuevas investigaciones en poblaciones más diversas y con mediciones repetidas.
Cómo incorporar el movimiento de manera gradual
El estudio amplía el enfoque preventivo al considerar cualquier oportunidad de movimiento: caminar durante un desplazamiento, interrumpir periodos prolongados frente al escritorio, subir escaleras o realizar tareas domésticas que eleven la frecuencia cardíaca. Estas actividades pueden complementar, pero no necesariamente sustituir, una rutina estructurada.
Las personas con poca experiencia pueden comenzar con periodos breves y aumentar progresivamente la duración o la intensidad. Quienes ya realizan ejercicio pueden combinar actividad aeróbica con trabajo de fuerza, teniendo en cuenta que el exceso de entrenamiento también requiere prevención y descanso.
La actividad física debe entenderse como uno de varios componentes modificables de la prevención. Evitar el tabaco, moderar el consumo de alcohol, mantener una alimentación equilibrada, participar en los programas de detección recomendados y consultar ante síntomas persistentes siguen siendo medidas esenciales.
Fuentes referenciales:
Infobae
BMC Medicine
