Un estudio con más de 930 atletas situó a esta articulación en el 41 % de los traumatismos deportivos y encontró una mayor incidencia entre los 16 y los 20 años
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Eduardo Schmitz
Las lesiones de rodilla representan el 41 % de los traumatismos relacionados con la práctica deportiva, según un estudio con más de 930 atletas publicado en el Journal of Clinical Orthopaedics and Trauma. La investigación identificó una mayor concentración de casos entre los 16 y los 20 años, una etapa caracterizada por entrenamientos exigentes y elevada participación competitiva.
La rodilla integra huesos, cartílagos, ligamentos y tendones que deben proporcionar estabilidad mientras soportan impactos, cambios de dirección, saltos y movimientos repetitivos. Las roturas de los ligamentos cruzados, los daños del menisco y las alteraciones provocadas por sobrecarga figuran entre las afecciones que pueden interrumpir durante más tiempo la actividad física.
Los síntomas y tratamientos varían según la estructura lesionada, la gravedad, la edad, la salud general y los objetivos deportivos de cada persona. Por esa razón, el dolor después de un traumatismo no debe atribuirse automáticamente a una lesión concreta ni tratarse únicamente con reposo sin conocer su origen.
Ligamento cruzado anterior: una lesión de alto impacto
1. Rotura del ligamento cruzado anterior. El ligamento cruzado anterior, conocido como LCA, ayuda a controlar el desplazamiento y la rotación de la tibia. Puede romperse durante una parada repentina, un cambio brusco de dirección o un aterrizaje incorrecto, incluso sin que se produzca contacto con otro deportista.
La lesión representó el 60,76 % de los casos registrados en el estudio citado y apareció con frecuencia en disciplinas como fútbol, baloncesto y voleibol. Un chasquido en el momento del movimiento, inflamación rápida, dolor e inestabilidad son señales habituales, aunque el diagnóstico requiere exploración clínica y, en determinados casos, estudios de imagen.
No todas las roturas del LCA reciben el mismo tratamiento. La fisioterapia y la modificación de la actividad pueden ser apropiadas en algunos pacientes, mientras que deportistas con inestabilidad persistente o intención de volver a disciplinas con giros y cambios de dirección pueden necesitar reconstrucción quirúrgica. La decisión debe adoptarse mediante una evaluación individual y considerar posibles lesiones asociadas del menisco, cartílago u otros ligamentos.
La rehabilitación posterior puede prolongarse durante varios meses. Recuperar movilidad y fuerza no basta para autorizar el regreso a la competición: también deben valorarse el control neuromuscular, la estabilidad, la respuesta a saltos y giros y la capacidad de completar cargas deportivas progresivas.
Los otros tres ligamentos estabilizadores de la rodilla
2. Lesión del ligamento cruzado posterior. El LCP puede dañarse cuando una fuerza golpea la parte anterior de la tibia mientras la rodilla permanece flexionada, como sucede en ciertas caídas o choques deportivos. Produce dolor posterior, hinchazón e inestabilidad de intensidad variable.
Los desgarros parciales y aislados suelen responder al tratamiento conservador, que puede incluir reducción temporal de la carga, protección de la articulación y fisioterapia para fortalecer el cuádriceps. Las lesiones completas o acompañadas por daños de otras estructuras necesitan una valoración más amplia y pueden requerir cirugía.
3. Esguince o rotura del ligamento colateral medial. El LCM se encuentra en la cara interna de la rodilla y suele lesionarse por un golpe recibido en el lado externo. Es una afección frecuente en deportes de contacto y puede provocar dolor localizado, inflamación e inseguridad al mover lateralmente la articulación.
4. Lesión del ligamento colateral lateral. El LCL ocupa la cara externa y puede dañarse cuando una fuerza empuja la rodilla hacia afuera o la dobla mientras el pie permanece apoyado. Los esguinces parciales de los ligamentos colaterales suelen tratarse con protección, fisioterapia y fortalecimiento progresivo, pero las roturas completas o combinadas pueden necesitar intervención quirúrgica.
Fortalecer los músculos sin ignorar la adaptación de los tejidos conectivos forma parte del acondicionamiento. El cuidado de tendones, ligamentos y articulaciones durante el ejercicio exige progresión de las cargas, descanso suficiente y una técnica compatible con las demandas de cada deporte.
Menisco: cuando aparecen dolor y bloqueo articular
5. Rotura de menisco. Cada rodilla posee dos meniscos que distribuyen las cargas y amortiguan el contacto entre el fémur y la tibia. Un giro con el pie apoyado, un cambio de dirección o un impacto pueden desgarrarlos. El estudio citado encontró lesiones meniscales en el 54,45 % de los registros analizados.
El dolor en la línea articular, la inflamación, la rigidez y la sensación de que la rodilla se traba o bloquea pueden orientar el diagnóstico. Sin embargo, no todas las roturas producen los mismos síntomas ni necesitan una operación.
La edad, el patrón del desgarro, la estabilidad, la irrigación del sector afectado y las exigencias funcionales influyen en el tratamiento. Algunas lesiones pueden manejarse con fisioterapia, modificación temporal de la actividad y fortalecimiento. Otras requieren artroscopia para reparar o tratar el tejido dañado, especialmente cuando provocan bloqueo mecánico o limitación persistente.
Tendinitis rotuliana por saltos y sobrecarga
6. Tendinopatía rotuliana. Conocida como “rodilla del saltador”, afecta el tendón que conecta la rótula con la tibia. Es frecuente en voleibolistas, basquetbolistas y atletas expuestos a saltos, aceleraciones o frenadas repetidas.
El dolor suele localizarse debajo de la rótula y aumentar durante la carrera, el salto o las sentadillas. Aunque se utiliza habitualmente el término tendinitis, los cuadros prolongados pueden presentar cambios degenerativos del tendón que van más allá de una inflamación aguda.
El tratamiento comienza generalmente con ajuste de las cargas que provocan dolor, aplicación prudente de frío durante la fase sintomática y rehabilitación. Los programas de fuerza progresiva para cuádriceps, cadera y pantorrilla ayudan a recuperar la capacidad del tendón, pero deben adaptarse a la tolerancia individual.
El objetivo no consiste en mantener reposo absoluto durante periodos prolongados, sino en reducir temporalmente la carga irritante y reconstruir la capacidad física. La preparación también puede complementarse con prácticas orientadas a la movilidad y el control corporal, como las descritas en el análisis sobre los beneficios del yoga para deportistas.
Dolor patelofemoral o rodilla del corredor
7. Síndrome de dolor patelofemoral. Esta afección provoca molestias en la zona anterior de la articulación, alrededor o detrás de la rótula. Puede intensificarse al correr, subir escaleras, permanecer mucho tiempo sentado con las rodillas flexionadas o realizar sentadillas.
No responde a una sola causa. Cambios bruscos en el volumen de entrenamiento, debilidad o falta de coordinación muscular, técnica de carrera, movilidad limitada y tolerancia insuficiente a las cargas pueden intervenir de manera diferente en cada deportista.
La fisioterapia suele trabajar cuádriceps, musculatura de cadera, isquiotibiales y control del movimiento. También puede ser necesario modificar temporalmente la distancia, la velocidad, las pendientes o la frecuencia de entrenamiento. La evidencia sobre correr y el cuidado de las rodillas indica que la actividad no deteriora inevitablemente la articulación, pero debe adaptarse a la preparación, los antecedentes y la respuesta individual.
Bursitis: inflamación de las bolsas que reducen la fricción
8. Bursitis de rodilla. Las bursas son pequeñas bolsas llenas de líquido que disminuyen la fricción entre tendones, músculos, piel y huesos. La presión repetida, un golpe directo, la sobrecarga o determinadas infecciones pueden inflamarlas.
La bursitis puede causar dolor, aumento de volumen, calor local y limitación de movimiento. El manejo depende del origen: los cuadros relacionados con sobreuso suelen mejorar con reposo relativo, compresión y modificación de la actividad, mientras una posible infección exige atención médica rápida y un tratamiento específico.
Los antiinflamatorios no deben utilizarse de manera indiscriminada, porque presentan contraindicaciones e interacciones y no resuelven todas las causas del dolor. La aparición de fiebre, enrojecimiento que aumenta, herida cercana o calor intenso requiere una evaluación profesional.
El tratamiento depende de la lesión y no solo del dolor
La Academia Estadounidense de Cirujanos Ortopédicos señala que numerosas lesiones pueden tratarse sin cirugía mediante inmovilización cuando está indicada, fisioterapia y ejercicios específicos. Otras, como ciertas roturas ligamentarias, fracturas, luxaciones o daños combinados, necesitan una intervención quirúrgica para recuperar la estabilidad y la función.
Tras una lesión aguda pueden aplicarse inicialmente reposo relativo, hielo protegido por una tela, compresión ligera y elevación. Estas medidas ayudan a controlar dolor e inflamación, pero no reemplazan el diagnóstico ni deben retrasar la consulta ante signos de gravedad.
Escuchar un chasquido acompañado de inestabilidad, no poder apoyar el peso, perder la movilidad, presentar deformidad, inflamación rápida o dolor intenso son motivos para buscar atención. También debe evaluarse cualquier molestia que persista, reaparezca al entrenar o modifique la manera de caminar.
Durante la recuperación pueden utilizarse ejercicios sin carga directa sobre la rodilla para activar determinados grupos musculares, siempre que formen parte de un programa ajustado al diagnóstico y no agraven los síntomas.
La prevención combina fuerza, técnica y cargas progresivas
El calentamiento debe preparar gradualmente para los movimientos que exigirá la sesión. La prevención también incluye fortalecer cuádriceps, isquiotibiales, glúteos y pantorrillas, entrenar aterrizajes y cambios de dirección, utilizar calzado apropiado y evitar aumentos repentinos del volumen o la intensidad.
La fatiga puede reducir el control de los movimientos, por lo que el descanso y la recuperación forman parte de la protección articular. Los programas preventivos neuromusculares son especialmente relevantes en deportes con saltos, frenadas y giros frecuentes.
Volver a competir únicamente porque desapareció el dolor aumenta la posibilidad de una recuperación incompleta. El regreso debe ser progresivo y considerar fuerza, movilidad, estabilidad, confianza, tolerancia a las cargas y capacidad para ejecutar los movimientos específicos del deporte sin síntomas.
Fuentes referenciales:
Infobae Salud y Ciencia
Academia Estadounidense de Cirujanos Ortopédicos
