Una declaración científica del European Heart Journal destaca que controlar los factores de riesgo antes de que aparezcan síntomas puede proteger la capacidad de bombeo del corazón
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz
Una declaración científica publicada en el European Heart Journal reforzó la importancia de actuar antes de que aparezcan los síntomas de la insuficiencia cardíaca. El documento identifica el control de la presión arterial, la actividad física, el descanso, la alimentación, los horarios de las comidas y la reducción del estrés como componentes de una estrategia preventiva integral.
El cardiólogo Francesco Lo Monaco, de la Clínica Nacional del Corazón en Harley Street, Londres, también destacó estos seis hábitos cotidianos. El especialista explicó que pequeñas modificaciones sostenidas pueden ayudar a reducir los factores que deterioran gradualmente la capacidad del corazón para bombear la sangre que necesita el organismo.
La insuficiencia cardíaca no significa que el corazón haya dejado de funcionar. Se produce cuando el órgano no puede bombear suficiente sangre para satisfacer las necesidades del cuerpo y requiere atención médica. Falta de aire, cansancio persistente e hinchazón de las piernas se encuentran entre las señales que deben motivar una consulta profesional.
Controlar la presión arterial reduce la carga sobre el corazón
La hipertensión obliga al corazón a trabajar contra una resistencia elevada. Cuando esta situación se mantiene durante años, el músculo cardíaco puede engrosarse, endurecerse y perder progresivamente eficiencia para llenarse o expulsar sangre.
Por ese motivo, la declaración científica coloca el control de la presión arterial entre las prioridades preventivas, junto con la atención de la diabetes, la obesidad, la enfermedad renal crónica y la inactividad física. Los chequeos periódicos permiten detectar valores elevados incluso cuando la persona no presenta síntomas.
Reducir el consumo excesivo de sal, mantener un peso adecuado, limitar el alcohol y seguir correctamente los tratamientos prescritos son medidas que contribuyen a controlar la presión. La prevención debe considerar, además, los hábitos cotidianos capaces de dañar silenciosamente el corazón.
La actividad física protege la función cardiovascular
El ejercicio regular favorece la elasticidad de los vasos sanguíneos y contribuye al control de la presión arterial, la glucosa, el perfil lipídico y el peso corporal. Estos beneficios actúan sobre varios de los factores relacionados con la aparición de insuficiencia cardíaca.
Un estudio publicado en Circulation, basado en información de 94.739 participantes del Biobanco del Reino Unido, encontró una asociación favorable entre el riesgo de insuficiencia cardíaca y la práctica de 150 a 300 minutos semanales de actividad moderada. También se observaron beneficios entre quienes realizaban de 75 a 150 minutos de ejercicio vigoroso por semana.
Caminar con rapidez, nadar, utilizar la bicicleta o realizar actividades adaptadas a la capacidad física de cada persona pueden ayudar a alcanzar esos niveles. Una opción para algunas personas es fortalecer el corazón mediante ejercicios de bajo impacto, especialmente cuando existen limitaciones articulares o una baja condición física inicial.
Quienes padecen una enfermedad cardiovascular, presentan dolor en el pecho o han permanecido inactivos durante mucho tiempo deben consultar antes de comenzar un programa exigente. La intensidad y el volumen del ejercicio necesitan ajustarse a la edad, los antecedentes clínicos y la capacidad funcional.
Dormir bien también forma parte de la prevención
El descanso influye en la presión arterial, el metabolismo de la glucosa, el peso corporal y la regulación hormonal. La American Heart Association incluye el sueño entre los componentes esenciales de la salud cardiovascular y señala que los adultos suelen necesitar entre siete y nueve horas por noche.
Dormir poco, hacerlo de manera fragmentada o mantener horarios irregulares puede afectar el equilibrio cardiometabólico. La relación entre la calidad del sueño y la salud cardiovascular explica por qué el descanso dejó de considerarse un asunto secundario dentro de las estrategias preventivas.
Mantener horarios estables, reducir el uso de pantallas antes de acostarse y crear un ambiente adecuado para dormir son medidas prácticas. Los ronquidos intensos, las pausas respiratorias observadas durante el sueño o la somnolencia diurna necesitan evaluación, debido a que pueden indicar apnea obstructiva, una alteración vinculada con hipertensión y trastornos del ritmo cardíaco.
Una alimentación de calidad controla varios factores de riesgo
Un patrón alimentario basado en verduras, frutas, legumbres, frutos secos, aceite de oliva, pescado y fuentes magras de proteínas puede favorecer el control de la presión arterial, el peso y la glucosa. El beneficio depende de la dieta habitual en su conjunto y no de un alimento presentado como solución aislada.
La recomendación incluye reducir los productos ultraprocesados, las bebidas azucaradas, las frituras, las carnes procesadas y los alimentos con exceso de sodio. En pacientes que ya viven con insuficiencia cardíaca, la alimentación debe ajustarse a las indicaciones clínicas, especialmente cuando existen restricciones de sodio o líquidos.
El archivo de Mundo de la Salud también recoge los desafíos clínicos de la insuficiencia cardíaca con fracción de eyección preservada, una presentación en la que el corazón conserva su capacidad de contracción, pero tiene dificultades para relajarse y llenarse adecuadamente.
Cenar temprano puede favorecer la recuperación nocturna
El momento de la última comida aparece como otro aspecto potencialmente modificable. Evitar cenas abundantes durante las tres horas previas al sueño puede favorecer el descanso y limitar la carga digestiva en el periodo nocturno.
Una investigación de la Universidad Northwestern, publicada en Arteriosclerosis, Thrombosis, and Vascular Biology, evaluó a adultos con sobrepeso u obesidad. Alinear la ingesta con el ciclo de sueño y vigilia mediante un ayuno nocturno de entre 13 y 16 horas se asoció con una reducción del 3,5 % de la presión arterial nocturna y del 5 % de la frecuencia cardíaca durante el sueño.
Los resultados corresponden a una población concreta y no demuestran que ese horario sea apropiado para todas las personas. No obstante, respaldan el interés científico por la relación entre comer tarde y el riesgo cardiovascular. Las personas con diabetes, necesidades nutricionales especiales o tratamientos vinculados con las comidas deben consultar antes de realizar ayunos prolongados.
Reducir el estrés ayuda a cuidar la presión y el descanso
El estrés crónico puede elevar la presión arterial, alterar el sueño y favorecer conductas perjudiciales como el sedentarismo, el consumo de alcohol o una alimentación de baja calidad. Su efecto cardiovascular, por tanto, puede producirse tanto mediante respuestas fisiológicas como a través de cambios de comportamiento.
Un metaanálisis del International Journal of Cardiology reunió 33 estudios con 43.641 participantes. Los niveles elevados de hormonas relacionadas con el estrés, entre ellas cortisol, adrenalina y noradrenalina, se asociaron con un riesgo de enfermedad cardiovascular un 63 % mayor. La asociación no demuestra por sí sola que esas hormonas sean la causa directa de todos los eventos analizados.
Las caminatas, la respiración lenta, las pausas de desconexión y las prácticas de atención plena pueden contribuir a reducir la activación sostenida. Cuando la ansiedad, el agotamiento o las alteraciones del sueño interfieren con la vida cotidiana, es recomendable solicitar apoyo profesional.
La protección depende de la combinación de medidas
Ninguno de estos hábitos garantiza por separado que una persona evitará la insuficiencia cardíaca. La edad, los antecedentes familiares, las enfermedades renales o metabólicas y otros factores clínicos también influyen sobre el riesgo individual.
La principal recomendación del documento científico es abordar los riesgos de manera temprana y personalizada. Controlar la presión, moverse regularmente, dormir bien, mejorar la alimentación, revisar los horarios de las comidas y gestionar el estrés ofrece una estrategia acumulativa que debe acompañarse de controles médicos y del tratamiento adecuado de las enfermedades preexistentes.
Fuentes referenciales:
Infobae Salud
European Heart Journal
