Un seguimiento de Ben-Gurion University of the Negev muestra que reducir la grasa abdominal profunda mediante dieta y actividad física se asocia con menor riesgo de diabetes tipo 2 años después, incluso si se recupera el peso
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Eduardo Schmitz
La pérdida de grasa visceral inducida por cambios en el estilo de vida puede dejar beneficios metabólicos duraderos años después de finalizar una intervención, incluso cuando el peso corporal se recupera por completo. Esa es la principal conclusión de un estudio liderado por investigadores de Ben-Gurion University of the Negev, en Israel, junto con colaboradores internacionales.
El trabajo, publicado en Circulation, analizó el seguimiento a largo plazo de participantes de dos ensayos clínicos de 18 meses centrados en dieta, actividad física y cambios metabólicos. La investigación utilizó resonancia magnética para medir distintos depósitos de grasa corporal y determinar cuáles se asociaban con mejor salud cardiometabólica años después.
El resultado central fue preciso: la reducción de grasa visceral, y no la pérdida de grasa hepática, pancreática o subcutánea, se vinculó de forma consistente con menor riesgo futuro de diabetes tipo 2 y mejores marcadores metabólicos.
Qué es la grasa visceral y por qué importa
La grasa visceral es la grasa profunda que se acumula dentro del abdomen, alrededor de órganos internos. No es lo mismo que la grasa subcutánea, que se encuentra debajo de la piel. Su importancia clínica radica en que se asocia con resistencia a la insulina, alteraciones del perfil lipídico, inflamación y mayor riesgo cardiometabólico.
La investigación plantea que no todo aumento o pérdida de peso tiene el mismo significado para la salud. Dos personas pueden recuperar kilos después de una intervención, pero conservar diferencias internas relevantes si una de ellas mantiene menor cantidad de grasa visceral.
Esta mirada encaja con el creciente interés por alimentos, cultivos y componentes de la dieta capaces de influir en la salud metabólica. En Mundo Agropecuario se han abordado casos como el arroz con almidón resistente frente a obesidad y diabetes, un ejemplo de cómo la investigación alimentaria puede conectar agricultura, nutrición y prevención.
Un seguimiento con resonancia magnética durante una década
El estudio forma parte del proyecto Follow Interventions Trials, basado en participantes de los ensayos CENTRAL y DIRECT-PLUS. En conjunto, estas intervenciones exploraron estrategias de estilo de vida durante 18 meses, incluyendo pautas dietéticas saludables, dietas bajas en grasa, variantes de dieta mediterránea y actividad física estructurada.
Los investigadores invitaron a los participantes a nuevas evaluaciones clínicas y resonancias magnéticas cinco y diez años después de terminar los ensayos. El seguimiento alcanzó una retención del 96% durante una década y permitió analizar 366 participantes de las cohortes originales.
La metodología permitió medir con precisión grasa visceral, grasa subcutánea profunda, grasa subcutánea superficial, grasa hepática y grasa pancreática. Ese nivel de detalle fue clave para superar las limitaciones del índice de masa corporal, que no distingue dónde se acumula o se pierde la grasa.
El peso volvió, pero no todo volvió igual
Al finalizar el seguimiento, el peso corporal promedio había regresado a niveles similares a los iniciales. Sin embargo, la circunferencia de cintura y varios depósitos de grasa abdominal, incluida la grasa visceral, seguían por debajo de los valores de partida.
La grasa hepática regresó a niveles iniciales y la grasa pancreática aumentó por encima del punto de partida. En cambio, la reducción de grasa visceral se mantuvo parcialmente y fue el depósito que mejor predijo beneficios metabólicos a largo plazo.
Este dato cambia la lectura habitual del “efecto rebote”. Recuperar peso no significa necesariamente que todo beneficio se perdió. El cuerpo puede conservar una especie de memoria cardiometabólica cuando la grasa visceral se redujo durante un periodo sostenido de vida saludable.
Menor riesgo de diabetes tipo 2
El estudio encontró que cada reducción del 10% de grasa visceral lograda durante la intervención original se asoció de manera independiente con cerca de 30% menos riesgo futuro de desarrollar diabetes tipo 2 durante el seguimiento prolongado.
Los investigadores también observaron asociaciones con mejoras sostenidas en resistencia a la insulina, puntuación compuesta de riesgo cardiometabólico y severidad del síndrome metabólico. Esas relaciones se mantuvieron incluso después de ajustar por cambio de peso, adherencia dietética, actividad física y otros factores clínicos medidos en el seguimiento.
En términos más detallados, una reducción de 5% de grasa visceral se vinculó con 17% menos riesgo de diabetes tipo 2; una reducción de 10%, con cerca de 30%; una reducción de 15%, con alrededor de 40%; y una reducción de 20%, con casi 50% menos riesgo.
La dieta saludable deja huellas más allá de la balanza
La profesora Iris Shai, investigadora principal del estudio en Ben-Gurion University of the Negev, planteó que los hallazgos cuestionan la idea de que recuperar peso equivale siempre a fracaso clínico. La reducción de grasa visceral podría ser un objetivo más importante para la salud cardiometabólica a largo plazo que el peso total por sí solo.
El estudio no promueve una dieta única como solución universal. Las intervenciones incluyeron variantes de alimentación saludable, dieta mediterránea estándar, dieta mediterránea baja en carbohidratos y dieta mediterránea verde rica en polifenoles, combinadas con actividad física.
Este enfoque dialoga con el valor de ingredientes y alimentos estudiados por su relación con glucosa, microbiota y metabolismo, como la harina de algarroba y su potencial nutricional. La clave no está en convertir alimentos en “milagros”, sino en investigar cómo patrones alimentarios sostenidos influyen en procesos metabólicos concretos.
Una lectura útil para agricultura, alimentación y salud pública
Aunque el estudio pertenece al campo de la salud metabólica, sus implicaciones alcanzan también a la producción alimentaria y las políticas de nutrición. La calidad de la dieta depende de sistemas agrícolas capaces de ofrecer alimentos diversos, accesibles y compatibles con recomendaciones de salud pública.
La discusión sobre dieta, obesidad y diabetes aparece cada vez más vinculada a políticas alimentarias. En Canadá, por ejemplo, se ha debatido cómo las políticas agrícolas influyen en salud y sostenibilidad, especialmente cuando los apoyos productivos no coinciden con una mayor disponibilidad de frutas, verduras y alimentos saludables.
El nuevo estudio refuerza esa conexión: no basta con hablar de peso corporal; también importa qué tipo de alimentación se sostiene, qué actividad física acompaña el proceso y qué cambios internos quedan después de una intervención.
No todas las grasas tienen el mismo peso clínico
Hadar Klein, autora principal y doctoranda en Ben-Gurion University of the Negev, explicó que los resultados sugieren que no toda pérdida de peso es igual. Reducir grasa visceral puede tener un impacto más duradero en la salud metabólica que los cambios en el peso corporal total.
Otros depósitos de grasa, como la grasa subcutánea profunda y superficial, la grasa hepática o la pancreática, mostraron algunas asociaciones con marcadores metabólicos posteriores, pero no predijeron de forma consistente el riesgo futuro de diabetes tipo 2.
El valor del estudio está en separar lo que la balanza no distingue. Dos personas con el mismo peso pueden tener perfiles de riesgo distintos según la distribución interna de grasa. Por eso, la medicina metabólica avanza hacia mediciones más precisas y objetivos más específicos.
Un cambio de enfoque para la prevención
La conclusión práctica es que las intervenciones de estilo de vida pueden dejar beneficios duraderos aunque el peso vuelva. Si durante un periodo de dieta saludable y actividad física se reduce grasa visceral, parte de esa mejora puede mantenerse y traducirse en menor riesgo metabólico años después.
Para la prevención de diabetes tipo 2, esto desplaza el énfasis desde el peso como único indicador hacia la composición corporal, la grasa abdominal profunda y la salud cardiometabólica. También recuerda que las intervenciones alimentarias no deben evaluarse solo por cuántos kilos se pierden, sino por qué cambios internos producen.
El hallazgo no elimina la importancia de mantener hábitos saludables en el tiempo. Al contrario, muestra que cada periodo exitoso de vida saludable puede dejar una marca protectora medible en el organismo, especialmente cuando logra reducir la grasa visceral.
