Investigadores de la Universidad del Sur de Florida hallaron que toxinas bacterianas asociadas a ascidias de la Antártida eliminaron células de melanoma en ratones, aunque el desarrollo de un tratamiento humano aún requiere años de estudios.
Redactor: Luis Ortega
Editor: Eduardo Schmitz
Un pequeño organismo marino de la Antártida abrió una línea prometedora para la investigación biomédica. Investigadores de la Universidad del Sur de Florida estudiaron ascidias antárticas, también conocidas como “chorlitos marinos”, y encontraron que toxinas bacterianas asociadas a estos invertebrados mostraron potencial para eliminar células de melanoma en ratones.
El hallazgo no significa que exista ya un nuevo tratamiento disponible contra el cáncer de piel. Lo que muestra es que la biodiversidad marina de ambientes extremos puede contener compuestos químicos con propiedades biológicas de alto interés. En este caso, el foco está puesto en sustancias producidas por bacterias vinculadas a ascidias que viven en las aguas frías de la Península Antártica.
Qué son los chorlitos marinos
Los llamados chorlitos marinos son ascidias, invertebrados con forma de saco que viven adheridos a superficies del fondo oceánico. En la Antártida suelen encontrarse sobre paredes submarinas inclinadas o verticales, en zonas donde las corrientes llevan nutrientes necesarios para su supervivencia.
Su interés científico se explica por el ambiente donde evolucionaron. La Antártida permaneció aislada geográfica y ambientalmente durante millones de años, lo que favoreció la aparición de organismos altamente especializados. En ese contexto, algunas especies desarrollaron defensas químicas para protegerse de depredadores y enfermedades.
La singularidad de estos ecosistemas recuerda que la vida marina antártica sigue revelando rutas evolutivas particulares, moldeadas por frío extremo, aislamiento, presión ambiental y disponibilidad limitada de energía.
Una expedición de seis semanas a la Antártida
El equipo de la Universidad del Sur de Florida regresó recientemente de una expedición científica de seis semanas a la Península Antártica. Durante la campaña recolectó muestras de ascidias y estudió la relación entre estos organismos, las bacterias asociadas y los compuestos que podrían tener utilidad farmacológica.
Las tareas de campo se realizaron en condiciones extremas. Los buzos trabajaron bajo hielo, con mares cambiantes y visibilidad limitada. También utilizaron vehículos operados a distancia para explorar áreas más profundas y ampliar el alcance de la recolección científica.
Ben Meister, profesor de la USF y responsable de seguridad de buceo, explicó que las inmersiones se planificaron con cuidado por la presencia de hielo, focas leopardo, cambios del mar y visibilidad variable. En promedio, las inmersiones duraban entre 25 y 35 minutos, con una profundidad máxima de 40 metros.
El compuesto que llamó la atención
El proyecto se enfoca en toxinas o metabolitos producidos por bacterias asociadas a las ascidias. Estas sustancias funcionan como mecanismos de defensa frente a depredadores, pero los investigadores creen que algunas podrían reutilizarse como base de futuros fármacos.
Bill Baker, profesor de química en la Universidad del Sur de Florida, explicó que investigaciones previas de su equipo mostraron que las toxinas lograron eliminar células de melanoma en ratones sin matar a los animales. Ese resultado sugiere que el compuesto posee propiedades fisiológicas compatibles con una posible línea de desarrollo farmacológico.
Los investigadores indicaron que el compuesto de interés logró destruir células de melanoma sin afectar células humanas sanas, de acuerdo con la información difundida por la universidad. Sin embargo, todavía falta ampliar los estudios, confirmar seguridad y evaluar si el efecto puede sostenerse en modelos animales más amplios.
Por qué la Antártida importa para la ciencia
Los ambientes extremos son laboratorios naturales de evolución. En zonas como la Antártida, los organismos deben sobrevivir a bajas temperaturas, aislamiento prolongado, escasez de luz en ciertas épocas y fuertes presiones ecológicas. Esa historia evolutiva puede producir moléculas inusuales con aplicaciones todavía desconocidas.
La investigación se suma a un interés creciente por los recursos biológicos del océano y por la necesidad de proteger ecosistemas que aún no se conocen por completo. Más del 80% de los océanos permanece inexplorado, y en sus profundidades existen organismos y comunidades que apenas empiezan a describirse, como muestran estudios sobre océanos profundos y biodiversidad.
La zona antártica también es especialmente sensible a cambios ambientales. Procesos como el deshielo, la modificación de la salinidad y el calentamiento oceánico pueden alterar redes ecológicas y hábitats submarinos. La investigación sobre la zona marginal de hielo muestra que estos bordes dinámicos sostienen procesos biológicos relevantes para fitoplancton, kril, pingüinos, focas y ballenas.
El desafío de producir la toxina sin dañar el ecosistema
Uno de los principales obstáculos es obtener suficiente cantidad del metabolito para realizar estudios más amplios. Baker explicó que se necesitan cientos de miligramos o incluso gramos del compuesto, pero una colección de ascidias del tamaño de una pelota de baloncesto podría aportar apenas una fracción mínima de esa cantidad.
Recolectar grandes volúmenes de organismos antárticos no es una opción viable. Hacerlo podría dañar el ecosistema, por lo que el equipo busca reproducir sintéticamente la toxina en laboratorio. Esa etapa será clave para avanzar sin presionar ambientes frágiles.
Este punto conecta la investigación biomédica con la conservación. La biodiversidad marina puede aportar moléculas útiles, pero su estudio debe realizarse sin degradar los ecosistemas que las originan. La protección de los recursos genéticos marinos es una de las razones por las que el Tratado de los Océanos ha sido considerado una herramienta importante para conservar la vida marina en alta mar.
Qué falta para llegar a un tratamiento
Tras la expedición, las muestras comenzaron a distribuirse entre distintos equipos científicos para análisis de ADN, estudios químicos y pruebas biológicas. Los investigadores estiman que este proceso puede extenderse durante meses o años antes de determinar si el compuesto reúne condiciones suficientes para convertirse en una base farmacológica.
El camino hacia un medicamento contra el melanoma es largo. Primero se necesitan estudios más amplios en modelos animales. Luego, si se demuestra seguridad y eficacia, podrían plantearse ensayos en humanos. Incluso entonces, el proceso regulatorio exige fases sucesivas de evaluación antes de cualquier aprobación clínica.
Melanoma y biodiversidad marina
El melanoma es la forma más agresiva de cáncer de piel. Aunque representa una parte menor de los casos totales de cáncer cutáneo, concentra una proporción alta de las muertes cuando no se detecta o trata a tiempo. A escala global se diagnostican unos 330.000 nuevos casos de melanoma cada año.
El valor del hallazgo antártico está en abrir una línea de investigación, no en ofrecer una cura inmediata. La observación de que una toxina bacteriana asociada a ascidias puede eliminar células de melanoma en ratones ayuda a orientar nuevos estudios sobre moléculas naturales, evolución química y potencial farmacológico de organismos marinos.
La señal científica es doble: por un lado, los ecosistemas extremos todavía guardan información biológica poco explorada; por otro, su fragilidad obliga a investigar con cautela. En la Antártida, la vida marina no solo tiene valor ecológico, sino también potencial para ampliar el conocimiento médico y químico del planeta.
