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El cerebro no evita el esfuerzo: intenta no desperdiciarlo


Una revisión científica propone que las personas aceptan tareas exigentes cuando anticipan beneficios, aprendizaje o avances capaces de justificar los recursos invertidos


Redactor: Santiago Duarte
Editor: Karem Díaz S.


El cerebro no rechaza automáticamente las actividades difíciles. Antes de comprometer tiempo, energía y control mental, evalúa si el resultado previsto justifica esos recursos. Una revisión científica encabezada por la psicóloga Nathalie André sostiene que las personas y otros animales procuran evitar principalmente el esfuerzo desperdiciado, no el esfuerzo en sí mismo.

El trabajo fue elaborado por André, investigadora de la Universidad de Poitiers, junto con Roy F. Baumeister, Guido H. E. Gendolla y Michel Audiffren. Publicado en 2026 en la revista Neuroscience & Biobehavioral Reviews, el artículo revisa evidencias psicológicas, evolutivas y neurocientíficas relacionadas con el denominado principio del mínimo esfuerzo.

La propuesta cuestiona la interpretación de que los seres humanos poseen una aversión innata y generalizada hacia cualquier actividad exigente. Los autores plantean una distinción central: el esfuerzo tiene un costo porque consume recursos limitados, pero eso no significa necesariamente que resulte desagradable o que siempre se intente evitar.

Esta diferencia permite comprender por qué una persona puede rechazar una tarea relativamente sencilla cuando no le encuentra sentido y, al mismo tiempo, aceptar voluntariamente una actividad física, intelectual o profesional mucho más exigente cuando espera aprender, progresar, recibir una recompensa o alcanzar una meta importante.

Una revisión teórica, no un experimento clínico

El artículo no presenta un ensayo realizado con un nuevo grupo de participantes. Se trata de una revisión teórica que examina investigaciones previas sobre motivación, desarrollo infantil, toma de decisiones, neuroimagen, ejercicio físico, comportamiento animal y control cognitivo.

Los autores contrastan dos explicaciones. La primera considera que el esfuerzo es inherentemente aversivo y que, por tanto, las personas intentan reducirlo siempre que pueden. La segunda lo interpreta como un costo sometido a una evaluación continua de beneficios, riesgos, dificultad y disponibilidad de recursos.

La evidencia recopilada respalda principalmente la segunda posibilidad. Cuando dos caminos conducen exactamente al mismo resultado, suele elegirse el menos exigente. Sin embargo, esa preferencia no demuestra rechazo al esfuerzo, del mismo modo que escoger el precio más bajo para obtener el mismo producto no implica una aversión general a gastar dinero.

La decisión depende del valor subjetivo del resultado. Este mecanismo también ayuda a explicar por qué las tareas con beneficios distantes suelen perder atractivo frente a recompensas inmediatas, una dinámica relacionada con los procesos cerebrales vinculados con la procrastinación.

Los ocho costos que intervienen en una tarea

La revisión organiza el esfuerzo en ocho categorías de costos que pueden combinarse de manera diferente en cada situación. La primera es el gasto metabólico, referido a la energía corporal necesaria para actuar. La segunda corresponde al control cognitivo requerido para concentrarse, planificar, inhibir distracciones o resolver problemas.

También intervienen el tiempo que demandará completar la actividad y la presión temporal bajo la cual debe realizarse. A estos factores se suman la fatiga física o mental anticipada, el dolor posible, la frustración asociada con renunciar a otras oportunidades y la percepción de riesgos o amenazas.

Algunos de estos costos pueden medirse de forma relativamente objetiva, como la duración de una actividad o la energía física utilizada. Otros dependen de la experiencia individual: la misma tarea puede parecer soportable para una persona y excesiva para otra debido a sus expectativas, capacidades, estado de salud, cansancio acumulado o experiencias anteriores.

La presencia de fatiga mental y sobrecarga atencional puede elevar el costo percibido de una actividad. En esas condiciones, una exigencia que normalmente sería manejable puede sentirse desproporcionada, especialmente cuando la recompensa es incierta o aparece demasiado lejos en el tiempo.

La inferencia activa y el valor de obtener información

La teoría de la inferencia activa ofrece un marco computacional para explicar estas decisiones. De acuerdo con este enfoque, el cerebro utiliza modelos internos para anticipar las consecuencias de diferentes acciones y reducir la distancia entre lo esperado y lo que realmente ocurre.

El esfuerzo se moviliza cuando puede disminuir una incertidumbre relevante, aportar conocimiento útil o acercar al organismo a un estado preferido. Si procesar información o actuar no promete ningún aprendizaje, avance o resultado significativo, conservar los recursos puede ser la respuesta más eficiente.

Por ello, la curiosidad y el aprendizaje pueden funcionar como beneficios capaces de justificar una tarea exigente incluso sin una recompensa material inmediata. Resolver un rompecabezas, practicar una habilidad o investigar un problema complejo puede requerir un gasto considerable, pero también reducir incertidumbre y producir una sensación de competencia.

Los modelos de inferencia activa sostienen que las predicciones se actualizan a partir de la experiencia sensorial, las consecuencias de las acciones y el aprendizaje contextual. La educación, la cultura y las experiencias de éxito o fracaso contribuyen así a modificar cuánto esfuerzo espera invertir una persona ante una nueva situación.

Qué regiones cerebrales participan en el cálculo

La revisión destaca que varias regiones de la red de saliencia intervienen en la integración de costos y beneficios. Una de las más estudiadas es la corteza cingulada anterior dorsal, asociada con el control cognitivo, la detección de demandas y la asignación de recursos hacia objetivos relevantes.

También se ha relacionado al núcleo accumbens con la valoración de recompensas y con decisiones en las que deben compararse ganancias anticipadas y costos de actuación. La ínsula anterior, por su parte, participa en la representación de estados corporales, malestar, riesgo e incertidumbre.

Los autores advierten que los resultados de neuroimagen constituyen evidencia convergente, pero no una prueba definitiva de un único mecanismo cerebral. Gran parte de los experimentos previos se realizó en contextos donde el esfuerzo era impuesto externamente o estaba asociado con premios explícitos.

Permanece abierta la pregunta de si esas regiones responden exactamente de la misma manera cuando una persona elige voluntariamente una tarea, encuentra placer en ella o la considera valiosa por razones internas. Por tanto, el artículo propone un marco interpretativo que deberá comprobarse mediante investigaciones experimentales más específicas.

La infancia cuestiona una aversión innata al esfuerzo

Las investigaciones revisadas con bebés y niños ofrecen uno de los argumentos más relevantes contra una aversión universal. Los niños pequeños no evitan sistemáticamente las tareas difíciles y, en determinadas circunstancias, prefieren actividades que requieren más intervención o persistencia.

Un trabajo clásico citado por los autores observó que niños de seis años sonreían más después de completar actividades difíciles que tras resolver versiones sencillas. La satisfacción también disminuía cuando la tarea se repetía y dejaba de aportar información nueva.

Estos resultados sugieren que el placer puede depender del aprendizaje, el descubrimiento o la sensación de dominio, y no únicamente de haber reducido el esfuerzo. Con el desarrollo, las personas aprenden progresivamente a reservar recursos cuando la exigencia no permite alcanzar una meta importante.

Las experiencias también pueden alterar ese aprendizaje. La fatiga persistente o la repetición de situaciones en las que un esfuerzo elevado no evita el fracaso pueden aumentar la percepción de costo y favorecer una disposición más general a abandonar tareas exigentes.

El cansancio cambia la relación entre costos y beneficios

La disponibilidad de recursos es una variable decisiva. Dormir mal, sostener una carga elevada de responsabilidades o atravesar períodos prolongados de estrés puede modificar la evaluación de una actividad, incluso cuando su recompensa permanece intacta.

La falta de descanso afecta la atención, el control ejecutivo, el rendimiento y la percepción subjetiva de dificultad. Por eso, dormir poco puede aumentar el esfuerzo percibido ante una misma exigencia física o cognitiva.

El estrés prolongado también puede reducir los recursos disponibles para concentrarse y decidir. Entre sus manifestaciones se encuentran dificultades para organizar tareas, mantener la atención y valorar alternativas, procesos descritos en relación con los efectos cognitivos del estrés crónico.

Esta perspectiva obliga a diferenciar entre una decisión racional de conservar energía y una pérdida persistente de motivación asociada con alteraciones del sueño, agotamiento, dolor, ansiedad u otros problemas de salud. La revisión no propone utilizar su teoría para diagnosticar esas condiciones ni para interpretar toda inactividad como una elección eficiente.

Por qué algunas actividades difíciles resultan placenteras

Los deportes, el senderismo, el ajedrez, los acertijos y otras actividades recreativas demuestran que el esfuerzo puede buscarse voluntariamente. En estos casos, la exigencia forma parte de la experiencia valorada y puede proporcionar aprendizaje, identidad, satisfacción, interacción social o una medida visible del progreso.

El ejercicio físico también muestra que la relación entre esfuerzo y placer no es lineal. Una intensidad adaptada a las capacidades personales puede producir estados emocionales positivos, mientras que una carga excesiva, dolorosa o percibida como inútil incrementa el costo y reduce la disposición a continuar.

La importancia subjetiva del éxito influye igualmente en la cantidad de recursos movilizados. Las teorías de intensidad motivacional plantean que el esfuerzo aumenta a medida que una tarea se vuelve más difícil, pero solo mientras la meta siga pareciendo posible y suficientemente valiosa.

Cuando el objetivo se percibe como inalcanzable o irrelevante, insistir deja de ser funcional. Retirarse de la actividad puede representar entonces una reasignación de recursos y no necesariamente falta de capacidad, disciplina o compromiso.

Implicaciones para la salud y el bienestar

La propuesta modifica la pregunta habitual sobre la motivación. En lugar de asumir que una persona debe ser obligada a superar una resistencia natural al esfuerzo, invita a examinar si comprende el propósito de la tarea, percibe avances y considera que los beneficios son proporcionales a sus costos.

Esto no significa que todas las obligaciones deban resultar agradables ni que cualquier abandono sea beneficioso. El cálculo puede basarse en expectativas equivocadas, recompensas inmediatas o experiencias previas que distorsionen la valoración de una actividad importante.

Los autores tampoco sostienen que todas las personas respondan igual. Los costos físicos, cognitivos y emocionales varían de acuerdo con el contexto, los recursos disponibles, el aprendizaje, el estado corporal y la importancia concedida al resultado.

La revisión concluye que el principio del mínimo esfuerzo conserva validez cuando existen varias vías equivalentes para conseguir exactamente la misma meta. Su alcance cambia, sin embargo, cuando el camino más exigente ofrece información, satisfacción, reconocimiento o una recompensa adicional.

La hipótesis central es que la mayoría de las personas está dispuesta a pagar el costo del esfuerzo cuando lo considera necesario y justificado. Los autores señalan como próximo paso comparar experimentalmente distintos tipos de esfuerzo y determinar cómo cambian estas evaluaciones en ámbitos físicos, cognitivos, laborales, sociales y recreativos.

Fuente(s) referenciales

Infobae

Neuroscience & Biobehavioral Reviews: Do people really avoid effort? A cost-benefit perspective on the principle of least effort

Archivo Abierto de la Universidad de Ginebra: versión publicada del estudio

Psychology Today