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Alzheimer: los vínculos y las emociones también forman parte del cuidado

foto referencial

El acompañamiento afectivo, la reducción de la soledad y una revisión cuidadosa de los medicamentos cobran relevancia en una atención centrada en la persona, incluso cuando la memoria se deteriora


Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Karem Díaz S.


La atención de una persona con enfermedad de Alzheimer no termina en el diagnóstico, los medicamentos o la evaluación del deterioro cognitivo. Los vínculos familiares, la interacción social, el entorno cotidiano y las emociones también pueden influir en su bienestar, especialmente a medida que disminuye la capacidad para recordar acontecimientos, nombres o referencias temporales.

En el marco del Día Mundial del Alzheimer, que se conmemora cada 21 de septiembre, especialistas vuelven a poner el foco en un modelo de atención que considere a la persona en su conjunto. El planteamiento busca evitar que la enfermedad quede reducida únicamente a los cambios neurológicos y reconocer que las necesidades afectivas y sociales continúan presentes durante su evolución.

La dimensión social adquiere especial importancia porque el aislamiento puede coincidir con otros factores que afectan el funcionamiento cognitivo. Una investigación realizada con 33.000 adultos mayores europeos encontró que la pérdida auditiva y la soledad se relacionan con un deterioro cognitivo más acelerado en determinados grupos, lo que refuerza la necesidad de atender tanto las condiciones médicas como las posibilidades de interacción.

La persona no desaparece cuando comienzan a fallar los recuerdos

El doctor Enrique De Rosa Alabaster, médico psiquiatra, neurólogo y médico legista, plantea que uno de los errores más perjudiciales consiste en equiparar el deterioro de la memoria con la desaparición de la identidad. La enfermedad puede afectar progresivamente la memoria episódica y otras funciones cognitivas, pero eso no significa que todas las formas de conexión emocional se pierdan al mismo tiempo.

Una melodía conocida, una voz familiar, una caricia o la presencia de una persona cercana pueden conservar significado emocional aun cuando resulte difícil reconstruir conscientemente el acontecimiento asociado. Esta diferencia ayuda a comprender por qué el acompañamiento no debería basarse exclusivamente en pedir al paciente que recuerde nombres, fechas o episodios concretos.

Forzar repetidamente esas respuestas puede generar frustración y angustia cuando la capacidad para recuperar la información está deteriorada. Un enfoque centrado en la persona procura, en cambio, utilizar las capacidades conservadas y favorecer experiencias que aporten seguridad, familiaridad y bienestar.

La enfermedad produce además modificaciones medibles en la actividad cerebral. Investigaciones mediante electroencefalografía han encontrado diferencias en la dinámica de activación de los circuitos en personas con deterioro cognitivo leve y Alzheimer, un fenómeno descrito en estudios sobre las conexiones neuronales y sus patrones de actividad en el Alzheimer.

La soledad puede aumentar la vulnerabilidad en la vejez

Los vínculos sociales tienen una dimensión que va más allá de proporcionar compañía. La evidencia acumulada relaciona el aislamiento y la soledad con diferentes indicadores de salud física, mental y cognitiva, aunque estas asociaciones no significan que estar solo provoque por sí mismo la enfermedad de Alzheimer.

La relación también es compleja porque aislamiento social y soledad no son exactamente lo mismo. Una persona puede tener pocos contactos y no sentirse sola, mientras otra puede mantener relaciones frecuentes y experimentar una profunda sensación de desconexión. Esa diferencia resulta importante al evaluar el bienestar de los adultos mayores.

Un análisis reciente de más de 50.000 personas de 15 países europeos encontró, por ejemplo, una asociación entre tabaquismo y mayor sensación de aislamiento. Los resultados sobre soledad y desconexión social en adultos mayores muestran por qué las redes personales deben considerarse junto con otros factores relacionados con la salud.

En las estrategias contemporáneas para disminuir el riesgo de demencia, la interacción social forma parte de un conjunto más amplio de medidas que incluye actividad física, estimulación cognitiva y control de factores cardiovasculares y metabólicos. Ninguna de estas intervenciones garantiza que una persona no desarrollará Alzheimer, pero actuar sobre factores modificables puede reducir el riesgo a escala poblacional.

El cuidado cotidiano también exige evitar la sobremedicalización

Otro aspecto señalado por De Rosa Alabaster es la necesidad de vigilar la polifarmacia. Las personas mayores pueden recibir medicamentos para diferentes enfermedades y síntomas, y el número de tratamientos puede aumentar a medida que aparecen alteraciones cognitivas, conductuales, del sueño o del estado de ánimo.

El problema no reside simplemente en tomar varios medicamentos cuando estos están correctamente indicados, sino en acumular prescripciones sin una revisión periódica de su finalidad, dosis, interacciones y efectos adversos. Determinados fármacos o combinaciones pueden contribuir a somnolencia, confusión o mayor riesgo de caídas, por lo que cualquier modificación debe realizarse con supervisión profesional.

Los tratamientos farmacológicos continúan teniendo un papel clínico y algunos avances recientes buscan modificar la progresión de la enfermedad en pacientes seleccionados. La evolución de los biomarcadores y terapias ha abierto una etapa de diagnóstico más temprano y nuevos tratamientos para el Alzheimer, pero estos progresos no eliminan la necesidad de abordar las dimensiones sociales y emocionales del cuidado.

La revisión de medicamentos cobra particular importancia cuando aparecen cambios repentinos de comportamiento, somnolencia excesiva, caídas o un empeoramiento de la confusión. Esos síntomas no deberían atribuirse automáticamente a la progresión de la demencia sin considerar otras posibles causas clínicas.

Familiares y cuidadores forman parte de la atención

La enfermedad también modifica profundamente la vida de quienes acompañan al paciente. Ayudar con alimentación, higiene, medicación, citas médicas, seguridad, movilidad y actividades cotidianas puede convertirse en una responsabilidad permanente a medida que aumenta la dependencia.

En América Latina, una revisión internacional encontró que ocho de cada diez cuidadores analizados eran mujeres y que gran parte del cuidado se realizaba sin remuneración ni formación especializada. El análisis sobre la carga del cuidado de la demencia en las mujeres latinoamericanas también identificó el desgaste emocional como una dimensión importante del problema.

Por ello, una atención integral no debería concentrarse exclusivamente en la persona diagnosticada. Los cuidadores necesitan información sobre la enfermedad, orientación para afrontar cambios de comportamiento, períodos de descanso y acceso a redes familiares, comunitarias y sanitarias que reduzcan la sobrecarga.

El agotamiento del cuidador puede afectar tanto su propia salud como la capacidad para mantener un entorno estable. Distribuir responsabilidades cuando sea posible y solicitar apoyo profesional no significa abandonar al paciente, sino intentar sostener el cuidado durante una enfermedad progresiva que puede prolongarse durante años.

La prevención también incluye mantener la vida social

Los vínculos tienen relevancia antes y después de un diagnóstico. Mantener relaciones sociales, actividad física, estimulación cognitiva y seguimiento de factores como hipertensión, diabetes, pérdida auditiva y salud cardiovascular forma parte de las recomendaciones actuales destinadas a preservar la salud cerebral durante el envejecimiento.

La alimentación constituye otra pieza de ese enfoque multidimensional. Un estudio observacional con más de 92.800 participantes encontró que una dieta vegetal de buena calidad se asoció con menor riesgo de demencia y Alzheimer, aunque este tipo de evidencia no permite afirmar que un patrón alimentario concreto pueda impedir individualmente la enfermedad.

Estos factores deben entenderse como componentes de reducción del riesgo y no como garantías. El Alzheimer es una enfermedad compleja en la que intervienen envejecimiento, procesos biológicos, genética, condiciones de salud y factores ambientales y sociales.

Preservar la dignidad cuando cambia la memoria

La atención centrada en la persona implica adaptar la comunicación a las capacidades que permanecen. Hablar con claridad, evitar confrontaciones innecesarias por recuerdos incorrectos, mantener rutinas reconocibles y favorecer actividades significativas puede ayudar a disminuir situaciones de angustia y desconcierto.

También supone reconocer preferencias, historia personal y formas de expresión incluso cuando la comunicación verbal se vuelve limitada. El deterioro cognitivo modifica la manera de relacionarse con el entorno, pero no convierte al paciente únicamente en un conjunto de síntomas que deben ser controlados.

Los avances científicos continúan siendo esenciales para mejorar el diagnóstico y desarrollar tratamientos. Al mismo tiempo, la experiencia cotidiana del Alzheimer recuerda que la calidad de la atención también depende de cómo se acompaña a la persona. Los recuerdos pueden deteriorarse progresivamente, mientras la capacidad de experimentar cercanía, seguridad, afecto o malestar puede continuar teniendo un papel decisivo en su vida diaria.

Fuente referencial:
Infobae Salud