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El sistema inmunitario acelera su envejecimiento a los 40 y 60 años


Un análisis de 3,8 millones de células inmunitarias revela que las defensas no envejecen a un ritmo constante y muestra trayectorias diferentes entre mujeres y hombres


Redacción: Redacción Mundo de la Salud
Editor: Karem Díaz S.


El sistema inmunitario humano no parece envejecer de manera lenta y uniforme durante toda la vida. Investigadores de Duke-NUS Medical School, en Singapur, identificaron dos periodos especialmente marcados de cambio: alrededor de los 40 años y después de los 60. El estudio analizó la actividad genética de 3,8 millones de células inmunitarias procedentes de 1.828 personas sanas de entre 19 y 97 años y encontró además diferencias importantes entre mujeres y hombres.

La investigación, publicada en Nature Communications y difundida por Duke-NUS el 1 de octubre de 2026, construyó uno de los mapas más amplios realizados hasta ahora sobre el envejecimiento de las células inmunitarias humanas. Aproximadamente el 35 % de los participantes incluidos en los conjuntos de datos analizados eran de ascendencia asiática.

Los resultados no significan que todas las personas experimenten un deterioro brusco de sus defensas exactamente al cumplir 40 o 60 años. Los investigadores identificaron esos periodos como picos poblacionales de cambios en la actividad genética de determinadas células, no como límites clínicos aplicables individualmente.

El envejecimiento inmunitario no siguió una línea recta

El sistema inmunitario cambia con la edad mediante un proceso conocido como inmunosenescencia. Este fenómeno incluye modificaciones en la composición y funcionamiento de las células encargadas de reconocer infecciones, coordinar respuestas inflamatorias y conservar memoria frente a amenazas encontradas previamente.

La nueva investigación aporta una visión más detallada de ese proceso. En lugar de observar una pérdida progresiva y uniforme, el equipo detectó periodos en los que numerosos genes modificaban su actividad de manera más pronunciada.

Los cambios más destacados aparecieron alrededor de los 40 años y posteriormente después de los 60. Este patrón amplía el conocimiento disponible sobre cómo el envejecimiento transforma las defensas del organismo, incluyendo modificaciones tanto en la inmunidad innata como en la adaptativa.

Los científicos observaron además una disminución relacionada con la edad en procesos celulares fundamentales para mantener la homeostasis del ARN y las proteínas. Paralelamente apareció una tendencia hacia perfiles más inflamatorios en las células mononucleares de la sangre periférica.

Los linfocitos T protagonizaron las dos grandes etapas

Los linfocitos T estuvieron entre las células que mostraron las transformaciones más pronunciadas. Estas células participan en funciones esenciales de la inmunidad adaptativa: algunas coordinan la respuesta de otras defensas y otras pueden reconocer y eliminar células infectadas.

Alrededor de los 40 años, los cambios de expresión genética fueron particularmente destacados en los linfocitos T CD4. Después de los 60 años, la segunda gran etapa estuvo relacionada principalmente con los linfocitos T CD8.

Esta diferencia sugiere que el envejecimiento inmunitario no afecta de la misma manera a todos los componentes del sistema defensivo ni utiliza necesariamente los mismos mecanismos durante distintas etapas de la vida.

La capacidad de los linfocitos para conservar información sobre exposiciones anteriores constituye una parte fundamental de las defensas. Investigaciones experimentales han mostrado, por ejemplo, que determinadas células T pueden establecer poblaciones de memoria duraderas después de una infección, aunque aquel trabajo fue realizado en modelos animales y estudió un mecanismo diferente.

Mujeres y hombres mostraron trayectorias inmunitarias diferentes

Una de las principales aportaciones del estudio fue separar las trayectorias de envejecimiento inmunitario según el sexo. Los resultados mostraron diferencias en el momento y la forma en que determinadas poblaciones celulares modificaban su actividad.

En las mujeres se observó una activación sostenida de células T CD8 y, en edades más avanzadas, firmas de envejecimiento en células T CD4, células NK y linfocitos B. En los hombres aparecieron fluctuaciones más tempranas relacionadas con el inmunometabolismo de los linfocitos T CD4.

Los investigadores encontraron además en los hombres una asociación con hipometilación de SSH3, localizado en el cromosoma 11. Estas diferencias moleculares forman parte de las señales que permitieron reconstruir trayectorias separadas del envejecimiento inmunitario.

Los resultados podrían contribuir a investigar por qué determinadas enfermedades relacionadas con la inmunidad presentan frecuencias diferentes entre mujeres y hombres. Sin embargo, el estudio no demuestra que los cambios celulares identificados sean por sí mismos la causa de esas diferencias epidemiológicas.

El estudio integró células de 1.828 personas sanas

Para construir el mapa inmunitario, los investigadores integraron grandes conjuntos de datos públicos obtenidos mediante secuenciación de ARN a nivel de células individuales. En total analizaron aproximadamente 3,8 millones de células mononucleares de sangre periférica.

Estas células incluyen poblaciones inmunitarias como linfocitos T, linfocitos B, células NK y monocitos. Analizar individualmente su actividad genética permite detectar diferencias que pueden quedar ocultas cuando una muestra de sangre se estudia como un conjunto homogéneo.

La población integrada abarcó desde adultos jóvenes de 19 años hasta personas de 97 años. Esa amplitud permitió comparar las modificaciones celulares a lo largo de buena parte de la vida adulta y buscar puntos en los que las trayectorias cambiaban de forma más intensa.

La investigación complementa trabajos que estudian componentes específicos del envejecimiento de las defensas. Un marco científico publicado anteriormente analizó, por ejemplo, cómo la pérdida de vigilancia inmunitaria podría contribuir a alterar el microbioma intestinal con la edad.

Los cambios celulares podrían ayudar a explicar la vulnerabilidad con la edad

Antonio Bertoletti, profesor del programa de Enfermedades Infecciosas Emergentes de Duke-NUS y coautor del estudio, destacó que las células T figuran entre los componentes inmunitarios más afectados por el envejecimiento. Comprender qué impulsa sus cambios no lineales constituye ahora una de las cuestiones que el equipo pretende investigar.

Las alteraciones funcionales de estas células podrían contribuir a explicar por qué los adultos mayores presentan una mayor vulnerabilidad frente a determinadas infecciones y trastornos inflamatorios. El estudio, sin embargo, analizó personas sanas y no evaluó directamente si los cambios detectados provocaban enfermedades específicas.

La memoria inmunitaria también puede comportarse de manera diferente dependiendo del tejido. Estudios sobre infecciones respiratorias han examinado cómo células B de memoria residentes en los pulmones mantienen la vigilancia frente a nuevas exposiciones a la influenza, otro ejemplo de la especialización que adquieren las defensas a lo largo de la vida.

La edad cronológica no explica todas las diferencias

Dos personas que tienen la misma edad pueden mostrar estados biológicos diferentes. Para explorar esta variabilidad, los científicos utilizaron los datos de expresión genética para desarrollar modelos de inteligencia artificial destinados a estimar la edad biológica a partir de las características de las células inmunitarias.

Los modelos desarrollados por separado para mujeres y hombres superaron en precisión a los modelos que combinaban ambos sexos. El resultado respalda la idea de que ignorar las diferencias sexuales puede ocultar parte de la información biológica contenida en las trayectorias de envejecimiento.

Estos algoritmos son herramientas experimentales de investigación y no pruebas clínicas para determinar cuánto ha envejecido una persona. La denominada edad biológica depende del tipo de marcadores y del modelo empleado, por lo que los relojes biológicos todavía presentan importantes limitaciones para orientar decisiones individuales de salud.

En el nuevo trabajo, su utilidad consiste principalmente en explorar qué señales inmunitarias contienen información relacionada con la edad y determinar si analizar separadamente mujeres y hombres mejora la capacidad predictiva.

El estudio no propone tratamientos para rejuvenecer las defensas

Identificar los periodos alrededor de los 40 y después de los 60 años no implica que exista actualmente una intervención capaz de detener o revertir los cambios observados. Tampoco significa que una persona deba modificar tratamientos, vacunaciones o hábitos médicos al alcanzar esas edades basándose en este estudio.

Los resultados describen patrones celulares y moleculares en una población sana. Para convertirlos en aplicaciones clínicas será necesario determinar cuáles de esas modificaciones influyen realmente en la aparición de enfermedades, la respuesta frente a infecciones o la eficacia de intervenciones preventivas.

Otros grupos investigan si determinados mecanismos del envejecimiento inmunitario pueden ser modificados. Entre ellos se encuentran experimentos sobre señales moleculares relacionadas con el envejecimiento de las células madre sanguíneas, aunque estos enfoques permanecen todavía lejos de constituir tratamientos antienvejecimiento de uso general.

La investigación apunta hacia una geromedicina más personalizada

El equipo de Duke-NUS plantea que disponer de un mapa más preciso de cómo cambian las células inmunitarias podría permitir estudiar ventanas de la vida en las que determinadas intervenciones tengan mayor utilidad.

Una de las cuestiones futuras será identificar qué mecanismos provocan los cambios pronunciados observados alrededor de los 40 y después de los 60 años. También será necesario comprobar cómo factores como genética, exposiciones ambientales, infecciones previas, estilo de vida y enfermedades modifican las trayectorias encontradas en personas inicialmente sanas.

La investigación tampoco establece que todas las diferencias observadas entre mujeres y hombres deban traducirse directamente en tratamientos distintos. Antes será necesario comprobar cuáles tienen consecuencias clínicas y si adaptar intervenciones según esas características mejora realmente los resultados sanitarios.

El principal aporte del estudio es mostrar que el envejecimiento del sistema inmunitario posee una arquitectura más compleja de lo que sugiere una pérdida gradual de defensas. Diferentes poblaciones celulares cambian en distintos momentos y las trayectorias no son idénticas entre los sexos, un conocimiento que proporciona nuevas variables para investigar por qué las enfermedades relacionadas con la edad afectan de manera tan diferente a unas personas y otras.

Fuentes referenciales:
Nature Communications
Duke-NUS Medical School