Una revisión internacional dirigida por la Universidad de Cambridge encontró que la exposición prolongada a partículas finas se asocia con un aumento moderado, pero relevante, del riesgo de desarrollar esta enfermedad neurodegenerativa.
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz
La exposición prolongada a la contaminación atmosférica podría aumentar el riesgo de desarrollar la enfermedad de Parkinson, de acuerdo con una revisión internacional dirigida por investigadores de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra. El trabajo reunió los resultados de 42 investigaciones realizadas en América del Norte, Europa y Asia.
La asociación más consistente apareció en los 26 estudios centrados específicamente en el Parkinson. El análisis indicó que, por cada incremento de 5 microgramos por metro cúbico en la exposición prolongada a partículas finas PM2.5, el riesgo de desarrollar la enfermedad aumentó cerca de un 10%.
Los resultados no significan que todas las personas expuestas a aire contaminado desarrollarán Parkinson. La enfermedad depende de múltiples elementos, entre ellos la edad, la predisposición genética, factores ambientales y determinados hábitos. El estudio identifica una asociación poblacional y no establece que la contaminación sea por sí sola una causa directa e inevitable.
Las partículas finas pueden afectar órganos más allá de los pulmones
Las PM2.5 son partículas microscópicas suspendidas en el aire cuyo diámetro es igual o inferior a 2,5 micrómetros. Debido a su reducido tamaño, pueden penetrar profundamente en los pulmones, atravesar las barreras respiratorias e ingresar en el torrente sanguíneo, desde donde podrían alcanzar y afectar otros órganos.
La contaminación atmosférica se ha relacionado tradicionalmente con enfermedades respiratorias y cardiovasculares, pero la evidencia científica también investiga sus posibles efectos sobre el sistema nervioso, la superficie ocular y la salud cerebral. Otros trabajos han analizado cómo la exposición prolongada a contaminantes podría influir en el Alzheimer y en diferentes procesos de deterioro neurológico.
Entre los mecanismos biológicos estudiados se encuentran el estrés oxidativo y la neuroinflamación. Ambos procesos pueden alterar el funcionamiento de las células nerviosas y contribuir al daño progresivo de tejidos cerebrales, aunque todavía se necesitan más investigaciones para establecer con precisión cómo intervienen en cada enfermedad neurodegenerativa.
Las partículas PM10 también mostraron una asociación
La revisión también detectó una relación entre las partículas de mayor tamaño, conocidas como PM10, y el Parkinson. Por cada incremento de 15 microgramos por metro cúbico en la exposición prolongada a estas partículas, el riesgo calculado fue un 18% mayor.
Las PM10 pueden proceder del polvo, el polen, el hollín, las cenizas de incendios, las emisiones diésel, determinadas actividades industriales y otros materiales presentes en el ambiente. Como referencia, los investigadores señalaron que la concentración media de PM2.5 registrada junto a carreteras del centro de Londres durante 2023 fue de 10 microgramos por metro cúbico.
El Parkinson es una enfermedad neurodegenerativa progresiva asociada con el deterioro de neuronas que producen dopamina, una sustancia fundamental para coordinar el movimiento y otras funciones del sistema nervioso. Aunque el temblor es uno de sus signos más conocidos, pueden aparecer previamente alteraciones del sueño, pérdida del olfato, rigidez, lentitud motora y otros síntomas tempranos del Parkinson.
La investigación sobre la enfermedad también avanza hacia nuevos métodos de detección. Entre ellos se encuentran tecnologías experimentales como un sensor basado en lágrimas para identificar señales vinculadas con el Parkinson, aunque estas herramientas todavía requieren validación antes de incorporarse de manera generalizada a la práctica clínica.
Faltan datos sobre otras enfermedades neurodegenerativas
La revisión no encontró pruebas convincentes de que la exposición prolongada a PM2.5 o al dióxido de nitrógeno aumente el riesgo de esclerosis múltiple. Tampoco identificó una asociación clara entre las partículas finas y enfermedades de la neurona motora, como la esclerosis lateral amiotrófica.
Sin embargo, los investigadores advirtieron que estas conclusiones son menos firmes porque únicamente se localizaron tres estudios sobre esclerosis múltiple y otros tres sobre enfermedades de la neurona motora. Esa cantidad limitada de información impide descartar completamente una posible relación y refuerza la necesidad de ampliar las investigaciones.
Otro desafío es que las enfermedades neurodegenerativas pueden desarrollarse lentamente durante décadas. En ese periodo, las personas cambian de residencia, la calidad del aire varía y resulta difícil calcular con exactitud la exposición acumulada a contaminantes a lo largo de la vida.
Un riesgo individual moderado con impacto colectivo
La probabilidad individual de desarrollar Parkinson sigue siendo relativamente baja y está condicionada por numerosos factores. Sin embargo, debido a que millones de personas están expuestas diariamente a la contaminación, un aumento moderado del riesgo podría traducirse en una cantidad considerable de casos adicionales en el conjunto de la población.
Los resultados se incorporan a una línea creciente de investigaciones que estudian la contaminación como un factor ambiental modificable. El efecto de las partículas atmosféricas no se limita a las vías respiratorias, como también muestran estudios sobre la influencia de la contaminación en la salud ocular.
Los investigadores sostienen que mejorar la calidad del aire podría ofrecer beneficios sanitarios más amplios que la prevención de enfermedades cardiovasculares y respiratorias. Entre las medidas mencionadas se encuentran la reducción de las emisiones industriales, un transporte menos contaminante y normas más estrictas para limitar la concentración de partículas en las ciudades.
El trabajo, publicado en la revista científica Environment International, constituye el análisis más amplio realizado hasta ahora sobre la exposición prolongada a la contaminación exterior y distintas enfermedades neurodegenerativas. Sus autores consideran necesario continuar el seguimiento de poblaciones numerosas y mejorar los métodos para medir la exposición ambiental acumulada.
