Desde el aprovechamiento de la corteza de quina hasta el descubrimiento de la artemisinina, la lucha contra el paludismo ha estado condicionada por conocimientos tradicionales, intereses imperiales, conflictos militares y rivalidades científicas. Su historia ayuda a comprender los desafíos actuales para desarrollar tratamientos eficaces y accesibles.
Redacción: Redacción Mundo de la Salud
Editor: Karem Díaz S.
La búsqueda de tratamientos contra la malaria, también conocida como paludismo, constituye uno de los capítulos más complejos de la historia de la medicina. Durante siglos, el desarrollo de medicamentos capaces de combatir esta enfermedad estuvo estrechamente relacionado con la expansión colonial europea, el aprovechamiento de recursos naturales procedentes de territorios tropicales y las disputas entre investigadores e instituciones científicas.
Un análisis histórico difundido en octubre de 2026 vuelve a poner de relieve que los avances contra esta infección no pueden comprenderse únicamente como una sucesión de descubrimientos farmacológicos. Detrás de medicamentos como la quinina, la cloroquina y la artemisinina también existen procesos de intercambio de conocimientos, explotación económica, necesidades militares y decisiones políticas.
Esta perspectiva resulta especialmente relevante porque la malaria continúa siendo una amenaza para la salud pública en numerosos países, particularmente en África subsahariana, donde la enfermedad afecta de manera desproporcionada a niños pequeños y poblaciones con dificultades de acceso a los servicios sanitarios.
La historia de sus tratamientos permite examinar tanto los progresos de la investigación médica como las desigualdades que han condicionado la distribución de sus beneficios.
La malaria ha acompañado a distintas sociedades durante siglos
La malaria es una enfermedad infecciosa causada por parásitos del género Plasmodium, transmitidos principalmente mediante la picadura de mosquitos hembra infectados del género Anopheles.
Entre las especies que pueden infectar a los seres humanos se encuentra Plasmodium falciparum, responsable de una proporción importante de los casos graves y las muertes relacionadas con la enfermedad.
La infección puede provocar fiebre, escalofríos, dolor de cabeza, debilidad y otros síntomas que, sin un diagnóstico y tratamiento oportunos, pueden evolucionar hacia complicaciones graves.
Las manifestaciones más peligrosas incluyen anemia intensa, alteraciones neurológicas, insuficiencia de órganos y trastornos respiratorios.
Antes de que se identificara su causa parasitaria, diferentes sociedades desarrollaron explicaciones sobre el origen de las fiebres intermitentes que hoy se relacionan con esta enfermedad.
Durante mucho tiempo, en Europa se atribuyeron determinados cuadros febriles a las condiciones ambientales de zonas pantanosas. De esa asociación procede el término malaria, relacionado con la expresión italiana que alude al aire perjudicial.
La comprensión científica cambió profundamente a finales del siglo XIX, cuando se identificó el parásito responsable y posteriormente se esclareció el papel de los mosquitos en la transmisión.
Sin embargo, mucho antes de esos descubrimientos ya se utilizaban sustancias vegetales para aliviar algunas manifestaciones de las fiebres palúdicas.
La corteza de quina y los conocimientos procedentes de América
Uno de los antecedentes más importantes de la farmacología antipalúdica se encuentra en la corteza de árboles del género Cinchona, originarios de regiones andinas de América del Sur.
Estos árboles contienen alcaloides entre los que destaca la quinina, una sustancia con actividad contra determinados estadios del parásito de la malaria.
La utilización medicinal de la corteza de quina se difundió hacia Europa durante el período colonial, particularmente a partir del siglo XVII.
Los relatos históricos sobre sus primeros usos contienen incertidumbres y versiones contradictorias. Por ello, no resulta adecuado atribuir su descubrimiento terapéutico a una sola persona o reproducir sin reservas las narraciones tradicionales sobre su llegada al continente europeo.
La circulación de este recurso estuvo vinculada con redes comerciales, religiosas y coloniales que conectaban territorios americanos con centros de poder europeos.
El conocimiento sobre las propiedades de plantas medicinales no surgió exclusivamente en los laboratorios europeos. Las sociedades americanas habían desarrollado prácticas propias de reconocimiento y utilización de recursos vegetales, aunque la documentación histórica disponible no siempre permite reconstruir con precisión cómo se transmitieron determinados conocimientos.
La posterior incorporación de la quina a la medicina europea demuestra cómo un recurso procedente de territorios colonizados podía adquirir importancia científica y económica internacional.
La quinina transformó el tratamiento del paludismo
El desarrollo farmacológico de la quinina dio un paso decisivo en 1820, cuando los químicos franceses Pierre Joseph Pelletier y Joseph Bienaimé Caventou consiguieron aislar el alcaloide a partir de la corteza de quina.
La obtención de un principio activo permitió avanzar hacia preparaciones medicinales más estandarizadas que las realizadas directamente con materiales vegetales.
Durante el siglo XIX, la quinina adquirió una importancia creciente para el tratamiento de las fiebres palúdicas.
Su disponibilidad también influyó en las actividades de viajeros, comerciantes, militares y administraciones coloniales que operaban en regiones donde la malaria constituía un riesgo importante.
La posibilidad de reducir la mortalidad asociada con la enfermedad facilitó determinadas formas de presencia europea en territorios tropicales.
Esto no significa que la quinina explique por sí sola la expansión colonial. Los procesos imperiales dependieron de numerosos factores militares, económicos y políticos.
Sin embargo, el acceso a medicamentos antipalúdicos contribuyó a modificar las condiciones sanitarias de las personas desplazadas hacia regiones con transmisión intensa.
La historia de la quinina ilustra así una contradicción: una herramienta médica capaz de salvar vidas también podía formar parte de estructuras de dominación y explotación territorial.
El colonialismo convirtió la quina en un recurso estratégico
El aumento de la demanda internacional de quinina impulsó esfuerzos para controlar el abastecimiento de la corteza de quina y establecer plantaciones fuera de sus regiones de origen.
Durante el siglo XIX, distintas potencias europeas promovieron la transferencia de especies de Cinchona hacia territorios bajo administración colonial.
Las plantaciones desarrolladas en Asia, especialmente en la isla de Java bajo dominio neerlandés, adquirieron una importancia considerable en el suministro internacional de materia prima.
La producción organizada permitió ampliar el acceso comercial al alcaloide, pero también concentró el control de recursos, conocimientos y beneficios económicos.
Los procesos de traslado de plantas, selección de variedades y establecimiento de cultivos estuvieron vinculados con redes científicas imperiales y con intereses comerciales.
El caso muestra cómo la investigación botánica y farmacéutica podía desarrollarse dentro de estructuras coloniales que condicionaban quién controlaba los recursos naturales y quién obtenía beneficios de su explotación.
Estas relaciones históricas siguen siendo relevantes para los debates contemporáneos sobre reconocimiento de conocimientos tradicionales, acceso a medicamentos y distribución equitativa de los resultados de la investigación.
Los conflictos militares aceleraron la búsqueda de nuevos medicamentos
La importancia estratégica de los tratamientos contra la malaria se hizo especialmente evidente durante los grandes conflictos militares de los siglos XIX y XX.
Los ejércitos desplegados en regiones tropicales enfrentaban riesgos sanitarios que podían afectar gravemente su capacidad operativa.
La prevención y el tratamiento del paludismo se convirtieron, por tanto, en prioridades de los servicios médicos militares.
Durante el siglo XX, las dificultades de abastecimiento y la necesidad de disponer de alternativas a la quinina estimularon programas de investigación de compuestos sintéticos.
Estos esfuerzos contribuyeron al desarrollo y la utilización de diferentes medicamentos antipalúdicos.
La cloroquina terminó adquiriendo un papel central durante varias décadas por su eficacia inicial, su disponibilidad y su utilización relativamente sencilla.
Sin embargo, la historia posterior demostró que disponer de un medicamento eficaz no garantiza que conserve indefinidamente su utilidad.
La aparición y expansión de parásitos resistentes modificó progresivamente las recomendaciones terapéuticas y obligó a buscar nuevas alternativas.
La resistencia farmacológica cambió la lucha contra la malaria
Los parásitos de la malaria pueden desarrollar características genéticas que reducen su sensibilidad a determinados medicamentos.
Cuando estas variantes se propagan, los tratamientos que anteriormente ofrecían buenos resultados pueden perder eficacia.
La resistencia a la cloroquina constituyó uno de los principales desafíos sanitarios durante la segunda mitad del siglo XX.
Su expansión obligó a modificar protocolos terapéuticos en numerosos países y reforzó la necesidad de mantener programas de vigilancia farmacológica.
El problema continúa siendo importante porque el tratamiento de la malaria depende de la especie parasitaria, la gravedad de la infección, la situación epidemiológica y los patrones locales de resistencia.
Los especialistas de la Universidad Complutense de Madrid han destacado la necesidad de desarrollar nuevos medicamentos contra la malaria y otras enfermedades parasitarias, especialmente ante las limitaciones de los tratamientos existentes.
La investigación de nuevos compuestos debe acompañarse de estrategias para evitar su utilización inadecuada y detectar tempranamente posibles pérdidas de eficacia.
La artemisinina surgió de una investigación desarrollada en China
Otro momento decisivo en la historia de los tratamientos antipalúdicos fue el descubrimiento de la artemisinina, un compuesto obtenido de la planta Artemisia annua.
La investigación se desarrolló en China durante la segunda mitad del siglo XX, en un contexto marcado por necesidades sanitarias y militares.
El denominado Proyecto 523, iniciado en 1967, reunió esfuerzos destinados a encontrar nuevos tratamientos contra la malaria.
En ese marco, la investigadora china Tu Youyou y sus colaboradores examinaron conocimientos farmacológicos tradicionales y procedimientos de extracción de sustancias vegetales.
El trabajo permitió identificar y desarrollar un compuesto con una potente actividad antipalúdica.
La artemisinina y sus derivados se convirtieron posteriormente en componentes fundamentales de numerosos tratamientos modernos.
En 2015, Tu Youyou recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus descubrimientos relacionados con una nueva terapia contra la malaria.
Su reconocimiento puso de relieve la importancia de una investigación que combinó conocimientos procedentes de la medicina tradicional con métodos científicos modernos.
Al mismo tiempo, el desarrollo de la artemisinina fue resultado de esfuerzos colectivos en los que participaron diferentes investigadores e instituciones.
La historia permite observar cómo los reconocimientos individuales y las contribuciones colectivas pueden coexistir dentro de un mismo avance científico.
Las terapias combinadas con artemisinina son fundamentales
En la actualidad, las terapias combinadas basadas en artemisinina constituyen una herramienta esencial para tratar numerosos casos de malaria no complicada causada por Plasmodium falciparum.
Estas terapias, conocidas como ACT por sus siglas en inglés, combinan un derivado de artemisinina con otro medicamento antipalúdico.
El derivado de artemisinina actúa rápidamente para reducir la cantidad de parásitos, mientras que el segundo componente contribuye a eliminar los restantes.
La combinación busca aumentar la eficacia terapéutica y reducir el riesgo de que sobrevivan parásitos con menor sensibilidad a uno de los medicamentos.
Sin embargo, las recomendaciones clínicas no son idénticas para todas las infecciones palúdicas.
La selección del tratamiento depende de la especie de Plasmodium, el estado clínico, la edad, las condiciones individuales y las recomendaciones sanitarias aplicables.
Los casos graves requieren atención hospitalaria urgente y tratamientos específicos, como el artesunato intravenoso cuando está indicado y disponible.
El tratamiento adecuado debe establecerse mediante evaluación médica. La automedicación puede retrasar la atención de una infección potencialmente mortal.
La historia científica también incluye disputas por el reconocimiento
Los descubrimientos relacionados con la malaria muestran que la producción de conocimiento científico rara vez depende de una única persona.
La identificación de sustancias activas, la comprensión de los mecanismos de transmisión y el desarrollo de tratamientos requirieron contribuciones de botánicos, químicos, médicos, parasitólogos y especialistas de distintas regiones.
Sin embargo, las condiciones políticas y académicas influyeron en la visibilidad de esas aportaciones.
Durante el período colonial, numerosos conocimientos obtenidos en territorios dominados fueron incorporados a redes científicas europeas sin que siempre se reconociera adecuadamente a las comunidades o intermediarios que participaron en su transmisión.
Las instituciones con mayores recursos económicos y capacidad de publicación también disfrutaron de ventajas para difundir sus investigaciones y consolidar su prestigio.
Estos procesos no invalidan los avances científicos alcanzados, pero ayudan a comprender cómo se construyeron determinadas narraciones históricas sobre los descubrimientos médicos.
El análisis de la historia de la malaria invita a distinguir entre el mérito de los resultados experimentales y las estructuras sociales que determinaron quién podía investigar, publicar y recibir reconocimiento.
La prevención continúa siendo tan importante como los medicamentos
Los tratamientos farmacológicos son indispensables para atender a las personas infectadas, pero el control de la malaria también requiere reducir la transmisión.
Entre las principales estrategias preventivas se encuentran los mosquiteros tratados con insecticidas, la fumigación residual de interiores en determinados contextos y las intervenciones dirigidas a controlar las poblaciones de mosquitos transmisores.
La eficacia de estas medidas depende de las condiciones epidemiológicas y ambientales de cada territorio.
Una revisión de investigaciones realizadas en África y Asia examinó la capacidad de los mosquiteros tratados con insecticidas para reducir los casos de malaria, así como las dificultades que plantea la resistencia de los mosquitos a determinados productos.
La prevención también incluye estrategias farmacológicas específicas para poblaciones vulnerables y medidas destinadas a facilitar el diagnóstico temprano.
La combinación de intervenciones resulta necesaria porque ninguna herramienta aislada puede resolver todas las dificultades asociadas con la transmisión del parásito.
Las vacunas representan un avance complementario
Durante mucho tiempo, el desarrollo de vacunas contra la malaria presentó dificultades debido a la complejidad del ciclo biológico del parásito.
A diferencia de muchos agentes infecciosos, Plasmodium atraviesa diferentes etapas de desarrollo dentro del mosquito y del organismo humano.
Estas transformaciones dificultan la identificación de respuestas inmunitarias capaces de proporcionar una protección suficientemente amplia y duradera.
Los avances científicos permitieron desarrollar vacunas como RTS,S/AS01 y R21/Matrix-M, recomendadas por la Organización Mundial de la Salud para prevenir la malaria por Plasmodium falciparum en niños que viven en zonas donde la enfermedad es endémica, conforme a los criterios sanitarios establecidos.
Estas vacunas no proporcionan una protección absoluta ni sustituyen los tratamientos o las medidas de control de mosquitos.
Su incorporación a los programas sanitarios busca reducir la enfermedad y sus consecuencias, especialmente entre la población infantil.
Mundo de la Salud ha abordado anteriormente las dificultades científicas y sanitarias que han acompañado el desarrollo de vacunas contra la malaria, incluida la complejidad del parásito y las barreras que enfrentan los países afectados.
La vacunación forma parte de una estrategia integral que debe combinarse con vigilancia, prevención y acceso a servicios médicos.
El acceso desigual a los tratamientos sigue siendo un desafío
La historia colonial de los medicamentos contra la malaria tiene conexiones con los debates actuales sobre equidad sanitaria.
La disponibilidad de un tratamiento eficaz no significa que todas las personas puedan recibirlo oportunamente.
En determinados territorios, las dificultades económicas, las distancias hasta los centros sanitarios, las interrupciones del suministro y la insuficiencia de recursos diagnósticos pueden retrasar la atención.
La enfermedad también puede generar consecuencias económicas para las familias cuando una persona enferma necesita desplazarse, recibir tratamiento o interrumpir sus actividades habituales.
Estas circunstancias afectan especialmente a comunidades que ya enfrentan otras condiciones de vulnerabilidad.
La investigación farmacéutica debe considerar, por tanto, no solamente la eficacia de los medicamentos, sino también su estabilidad, facilidad de administración, seguridad, coste y disponibilidad.
En este contexto, el desarrollo de mejores fármacos para enfermedades parasitarias constituye una prioridad que requiere conectar los avances de laboratorio con las necesidades reales de los sistemas de salud.
Los tratamientos que funcionan adecuadamente en condiciones experimentales pueden tener un impacto limitado si no llegan a las poblaciones que más los necesitan.
La cooperación internacional es decisiva para enfrentar la malaria
La investigación contra el paludismo se desarrolla actualmente mediante redes internacionales que reúnen universidades, centros de investigación, organismos sanitarios, empresas farmacéuticas y autoridades nacionales.
Estas colaboraciones permiten compartir información sobre resistencia a medicamentos, resultados clínicos y distribución geográfica de las infecciones.
También contribuyen a evaluar nuevas combinaciones terapéuticas y a fortalecer los programas de diagnóstico y prevención.
Sin embargo, la cooperación científica plantea preguntas sobre la participación de los países donde se realizan las investigaciones y sobre el acceso posterior a los resultados.
La inclusión de instituciones locales, la formación de investigadores y el fortalecimiento de capacidades sanitarias son aspectos importantes para evitar relaciones desiguales.
El reconocimiento de las contribuciones científicas también requiere considerar el papel de investigadores y comunidades que históricamente tuvieron menos oportunidades de participar en la definición de prioridades internacionales.
Estas cuestiones forman parte de una discusión más amplia sobre cómo desarrollar una investigación médica que responda a las necesidades de las poblaciones afectadas.
La historia de la malaria ofrece lecciones para la medicina actual
La trayectoria de los tratamientos antipalúdicos muestra que los avances médicos pueden surgir en contextos muy diferentes y mediante la combinación de conocimientos procedentes de distintas tradiciones.
La corteza de quina, los compuestos sintéticos desarrollados durante el siglo XX y la artemisinina representan etapas fundamentales de una búsqueda que continúa abierta.
También demuestran que las decisiones políticas, los intereses comerciales y los conflictos internacionales pueden influir en las prioridades de investigación y en la distribución de los medicamentos.
La resistencia farmacológica obliga a mantener la vigilancia y desarrollar nuevas alternativas, mientras que la persistencia de la enfermedad exige mejorar el acceso a diagnósticos, tratamientos y medidas preventivas.
El análisis histórico no pretende reducir los descubrimientos médicos a sus circunstancias políticas, sino comprender cómo esas circunstancias contribuyeron a orientar la investigación.
Reconocer las aportaciones de distintas sociedades y examinar las desigualdades del pasado puede ayudar a diseñar modelos de cooperación científica más equilibrados.
La experiencia acumulada durante siglos también recuerda que el control de una enfermedad infecciosa depende tanto de los conocimientos biomédicos como de la capacidad de aplicarlos de manera sostenida entre las poblaciones que necesitan protección.
Fuentes referenciales:
The Conversation — Así han marcado el colonialismo y las luchas científicas la búsqueda de un tratamiento contra la malaria
Organización Mundial de la Salud — Malaria: información sanitaria y estrategias de prevención y tratamiento
Fundación Nobel — Tu Youyou y el descubrimiento de la artemisinina

