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El dolor aumenta con más fuerza antes de los 55 años


Un análisis de 6,1 millones de personas en 118 países revela que la carga del dolor no crece de manera lineal con la edad y señala la adultez temprana y media como etapas clave para la prevención.


Redacción: Redacción Mundo de la Salud
Editor: Eduardo Schmitz


La idea de que el dolor simplemente aumenta a medida que envejecemos no refleja lo que ocurre a lo largo de la vida. Un estudio internacional publicado el 5 de octubre en Nature Medicine, basado en datos individuales de más de 6,1 millones de personas de 118 países y territorios, encontró que la prevalencia del dolor aumenta con mayor rapidez antes de los 55 años y que su trayectoria cambia considerablemente según la parte del cuerpo, el sexo y las condiciones socioeconómicas.

El trabajo, liderado por investigadores de McGill University, en Canadá, construyó curvas de referencia globales para 11 localizaciones anatómicas. Los resultados muestran que algunos tipos de dolor alcanzan su máxima prevalencia mucho antes de la vejez, mientras otros, especialmente los relacionados con zonas que soportan peso como espalda, cadera y rodilla, continúan aumentando durante las últimas etapas de la vida.

Más de 6,1 millones de personas permitieron reconstruir la evolución del dolor

Los investigadores armonizaron información sobre dolor autoinformado procedente de 902 fuentes de datos poblacionales recopiladas entre 1990 y 2025. En total, el análisis reunió 6.125.459 participantes con edades comprendidas entre los 5 años y más de 100 años.

Las áreas estudiadas fueron cabeza, cara, cuello u hombro, pie o tobillo, mano o muñeca, codo, pecho, espalda, estómago o abdomen, cadera y rodilla. Los científicos utilizaron modelos estadísticos capaces de representar trayectorias no lineales con la edad en lugar de asumir que el dolor aumenta progresivamente de la misma manera durante toda la vida.

La prevalencia global mostró grandes diferencias según la localización: osciló desde aproximadamente 2 % para el dolor facial hasta alrededor de 40 % para el dolor de espalda. Precisamente, el impacto de este último puede ser considerable en determinadas ocupaciones: una investigación reciente mostró una elevada carga de dolor de espalda entre trabajadores del sector hortícola estadounidense, donde el esfuerzo físico forma parte habitual de la actividad laboral.

La mayor aceleración aparece antes de los 55 años

Uno de los principales resultados del estudio es que la prevalencia del dolor no sigue una línea ascendente uniforme. Considerando las diferentes localizaciones analizadas, los incrementos más pronunciados aparecieron antes de los 55 años.

En siete de las 11 zonas estudiadas se observó una trayectoria semejante a una U invertida: la prevalencia aumentaba hasta alcanzar un máximo durante la adultez y posteriormente disminuía. El momento exacto del pico variaba considerablemente dependiendo del tipo de dolor.

El dolor de cabeza, por ejemplo, alcanzó su máxima prevalencia estimada alrededor de los 34 años, mientras el abdominal lo hizo aproximadamente a los 23. El dolor facial alcanzó su máximo alrededor de los 45 años, el de codo a los 59 y el de cuello u hombro alrededor de los 62.

Los investigadores consideran que este patrón cuestiona la percepción de que el dolor constituye principalmente un problema de la vejez. Los datos sugieren que una parte sustancial de su carga se desarrolla durante los años de actividad laboral.

Espalda, cadera y rodilla siguen un patrón diferente

No todos los dolores disminuyen después de la mediana edad. Las localizaciones musculoesqueléticas sometidas a carga mecánica mostraron una evolución distinta.

El dolor de espalda, cadera y rodilla aumentó progresivamente durante la edad adulta, con incrementos especialmente rápidos entre los 20 y los 55 años, y alcanzó sus niveles máximos alrededor de los 75 años o posteriormente.

Los investigadores señalan que esta diferencia es compatible con una mayor influencia de la carga mecánica y los procesos degenerativos acumulativos en las articulaciones y estructuras que soportan peso.

El dolor lumbar, además, puede convertirse en un problema persistente cuyo tratamiento no siempre cuenta con evidencia sólida para todas las intervenciones disponibles. Una revisión Cochrane analizada recientemente por Mundo de la Salud concluyó que las fajas lumbares todavía no han demostrado un beneficio claro para el dolor lumbar crónico, tras evaluar ocho ensayos clínicos con 501 adultos.

La intensidad del dolor alcanzó su máximo cerca de los 48 años

El estudio no se limitó a determinar si las personas experimentaban dolor. Los investigadores también analizaron su intensidad y otras manifestaciones relacionadas con discapacidad y afectación de varias zonas corporales.

Entre quienes reportaban dolor, la intensidad promedio siguió igualmente una trayectoria no lineal. Alcanzó aproximadamente 5,0 puntos en las mujeres y 4,6 en los hombres alrededor de los 48 años, para después disminuir durante las etapas posteriores de la vida.

El dolor de alta intensidad y el dolor generalizado también mostraron máximos alrededor de la mediana edad. Esto introduce una distinción importante: la probabilidad de experimentar algún dolor puede continuar aumentando con los años, mientras determinadas formas más intensas o extendidas alcanzan sus mayores niveles antes.

Otros estudios han mostrado que el dolor persistente puede tener consecuencias funcionales incluso cuando su intensidad no es extrema. La evidencia disponible indica que mantener durante años un dolor leve o moderado puede asociarse con limitaciones posteriores en actividades cotidianas, lo que refuerza la importancia de no considerar el dolor persistente como una consecuencia inevitable del envejecimiento.

Las mujeres reportaron más dolor en las 11 áreas estudiadas

Las diferencias por sexo fueron consistentes. Las mujeres presentaron una mayor prevalencia de dolor que los hombres en las 11 localizaciones anatómicas analizadas.

Las mayores diferencias aparecieron en el dolor facial, donde la prevalencia relativa fue 83 % superior en las mujeres; el dolor de cabeza, con una diferencia relativa de 74 %; y el dolor abdominal, con 60 %.

El estudio describe estas diferencias, pero no establece un único mecanismo que permita explicarlas. Los autores señalan que podrían intervenir factores biológicos, hormonales, inmunitarios, neurológicos y sociales.

Esta diferencia entre hombres y mujeres coincide con una línea creciente de investigación sobre los mecanismos del dolor. Estudios anteriores han encontrado diferencias inmunitarias que podrían contribuir a explicar la mayor persistencia del dolor crónico en mujeres, mientras otros trabajos han mostrado que algunos mecanismos relacionados con el dolor neuropático también varían según el sexo.

Los países con menor desarrollo presentan una carga mayor

La investigación identificó además importantes desigualdades geográficas. A partir de los 40 años, la prevalencia del dolor corporal, articular y de espalda aumentó más en los países situados en los niveles inferiores del Índice de Desarrollo Humano.

La diferencia se amplió progresivamente con la edad. Entre las personas de 80 años o más, la prevalencia de cualquier dolor corporal fue aproximadamente 31 puntos porcentuales superior en los países con menor nivel de desarrollo humano respecto de aquellos situados en los niveles más altos.

Los autores advierten que el índice no permite identificar directamente qué factores provocan esa diferencia. Entre las posibles explicaciones se encuentran años de trabajo físicamente exigente, inseguridad alimentaria y un acceso más limitado al tratamiento del dolor y los servicios de rehabilitación, pero el estudio no pudo determinar cuánto aporta individualmente cada factor.

Tabaquismo, obesidad e ingresos mostraron asociaciones diferentes

Los investigadores también estudiaron características modificables y socioeconómicas relacionadas con el dolor. Las personas fumadoras tendieron a reportar una mayor prevalencia en todas las partes del cuerpo, con diferencias especialmente visibles desde la adolescencia hasta aproximadamente los 65 años.

En las personas con obesidad, las asociaciones más fuertes aparecieron en las estructuras sometidas a carga, principalmente rodillas, caderas, pies y tobillos. Esto es compatible con mecanismos relacionados con la carga articular y procesos inflamatorios, aunque el estudio no permite determinar qué mecanismo explica el dolor de cada individuo.

Los ingresos también mostraron una asociación marcada. Las personas situadas en los niveles económicos inferiores informaron más dolor en todas las regiones corporales, con una diferencia especialmente destacada para el dolor torácico.

El estrés y las dificultades para dormir figuran entre otros factores que podrían contribuir a determinados patrones de dolor durante la edad adulta. Como ha explicado Mundo de la Salud, el estrés crónico puede acompañarse de problemas de sueño, tensión muscular y otras alteraciones físicas, aunque el nuevo estudio no establece que estos factores sean responsables de las trayectorias observadas.

Los datos no explican qué causa cada trayectoria

Una limitación importante es que el trabajo se basa en dolor autoinformado procedente de numerosos estudios poblacionales. Su objetivo principal fue construir referencias comparables a escala mundial, no identificar las causas médicas concretas responsables del dolor de cada participante.

Los autores tampoco sostienen que cumplir determinada edad provoque una reducción o un aumento específico del dolor. Las curvas representan patrones poblacionales y no predicen necesariamente cómo evolucionará una persona individual.

Asimismo, el dolor puede responder a enfermedades y mecanismos muy diferentes. En algunas condiciones, el síntoma persiste durante años y tiene consecuencias físicas, psicológicas y sociales importantes. Es el caso de patologías como la vulvodinia, para la que el dolor crónico puede alterar actividades cotidianas, ejercicio, relaciones y calidad de vida.

La prevención podría comenzar décadas antes de la vejez

Los resultados llevan a los investigadores a señalar la adultez temprana, aproximadamente entre los 20 y los 40 años, como un período potencialmente importante para estudiar intervenciones destinadas a prevenir o limitar la acumulación posterior de dolor.

Esto no significa que exista una estrategia preventiva universal. Las causas pueden incluir lesiones, exigencias físicas del trabajo, enfermedades musculoesqueléticas, factores psicológicos, sueño insuficiente y numerosas condiciones médicas, por lo que cualquier intervención debe responder al origen y características del problema.

La principal aportación del estudio consiste en cambiar la escala temporal desde la que se observa el dolor. En lugar de considerarlo una consecuencia que aparece fundamentalmente al final de la vida, las nuevas curvas muestran que muchos de sus incrementos más pronunciados ocurren durante décadas en las que las personas estudian, trabajan, forman familias y mantienen una elevada actividad física y social.

Los investigadores han convertido las curvas obtenidas en una herramienta abierta de referencia que permite comparar conjuntos de datos externos con los patrones mundiales de dolor. Esta plataforma puede ayudar a estudiar poblaciones concretas y detectar cuándo una región o grupo presenta niveles diferentes de los esperados para determinada edad.

El análisis global demuestra así que hablar de “dolor y envejecimiento” como un único proceso lineal simplifica excesivamente un fenómeno mucho más complejo: algunas formas de dolor alcanzan su máximo durante la juventud o la mediana edad, otras continúan aumentando hasta edades avanzadas y las trayectorias difieren significativamente entre hombres y mujeres y entre distintos contextos sociales y geográficos.

Fuentes referenciales:
Nature Medicine – Global and regional reference curves for pain across the lifespan in 6.1 million individuals in 118 countries
Agencia SINC